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martes, 5 de marzo de 2024

Entrevista al escritor Gustavo Di Pace en Diario de una naturalista

 


Entrevista al escritor Gustavo Di Pace

«Para lograr textos genuinos debemos imaginar, correr el velo y acercarnos tal vez a la cosa en sí, a lo real, a la voluntad ciega… Mientras los pulmones respiren y la sangre bulla, mientras el transcurso nos afirme el presente, hurgaremos como topos en lo que no tiene nombre, y quizás, la belleza tome forma».


Al llegar, Gustavo Di Pace rompe con cualquier estereotipo. Tiene el pelo largo y canoso como el de un rockero de los años setenta. Viste jeans, remera blanca, una cruz egipcia y zapatillas Topper negras. Pasó apenas los cincuenta años, busca minuciosamente en el aire cada palabra que dice y mira a los ojos cuando habla. En su obra leemos a un escritor distinto, basta hojear libros como El chico del ataúd, Mi yo multiplicado, La escritura del Grito Primitivo o Plan para la máquina de espejos, entre otros, para comprobarlo.

ED: Bueno, imagino que ya te lo habrán dicho… antes que un escritor parecés un músico de rock.

GDP: Sí, sí, me lo dijeron, pero para mí ambos mundos van de la mano. Ahí tenés gente como Jim Morrison, Bob Dylan, los Iron Maiden, todos se nutren de la literatura. Y acá tenemos al mismísimo Charly y al Flaco Spinetta haciendo poesía en cada canción. En mi caso, yo leí y escribí desde que tengo uso de razón ¿sabés? y en su momento también toqué la guitarra eléctrica, mi banda se llamaba Grito.

ED: Ah, ahora entiendo la conexión con tu Grito Primitivo…

GDP: Claro, siempre estuvo ese concepto, fijate que al principio, allá por mis años adolescentes, se respiró como rebeldía, y ahora se transformó en un grito de identidad artística, la máxima aspiración, me parece.

ED: Estoy de acuerdo. Y seguramente debe haber otro vínculo entre el Di Pace lector y el que escribe…

GDP: Creo que sí, lo noto en la variedad de lecturas y en lo que escribo después. A mí me gusta leer de todo, la ciencia ficción de Stanislaw Lem y Philip Dick, admiro profundamente la poesía de Hugo Mujica y Laura Yasan, en el género cuento Felisberto Hernández me encanta, adoro los escritos de René Daumal también…Todas estas lecturas dejan su huella en la escritura, y aunque después nacen textos muy diferentes de los leídos, es cierto que hay un coqueteo con diversos géneros, estilos, formas.

ED: Siguiendo con lo que decís, tus libros son distintos entre sí, La escritura del Grito Primitivo, por ejemplo, se constituye casi como un manifiesto, con relámpagos de poesía y de ficción. Y Plan para la máquina de espejos, tu nuevo trabajo, se ubica dentro del género cuento, pero considerando su estructura ¿podría ser también un diario personal novelado?

GDP: Sí, sí, podría ser, un diario personal en el que el protagonista, Lucio Pietrángelo, anota las historias que ve en los paneles de la máquina que inventa. No le pone fecha, pero es de algún modo un diario, tenés razón.  

ED: Claro, y tambíén me llamó la atención la portada, que cuenta con un dibujo de Robert Fludd titulado La dualidad primordial. Si recordamos otro de tus libros, Mi yo multiplicado, no creo que sea inocente esa ilustración...

GDP: Bueno, aunque yo no elijo las portadas de mis libros, es cierto que esta última se la sugerí yo al editor (se refiere a Juan Carlos Maldonado, de Alción Editora, los libros de Gustavo Di Pace fueron publicados en su mayoría por este sello). Creo también que, efectivamente, habría una posible conexión entre ambas tapas. En la de Mi yo multiplicado hay dos hombrecitos sentados leyendo espalda con espalda, y es fragmento de una obra de Pieter Brueghel el Viejo. Por otro lado, la tapa de Plan para la máquina de espejos, que en realidad refiere a una visión hermético-cristiana y esotérica que nada tiene que ver con el aparato tecnológico al que se refiere en el libro, podría vincularse con la ilustración de Mi yo multiplicado… o sea, las duplicaciones, los espejos como metáforas de la identidad…

ED: La ucronía “Efecto Eckels” es un homenaje a Ray Bradbury, a quien incluso has conocido personalmente. ¿Cuánto influenció en tu obra?

GDP: Hum, no lo sé, pero todo es influencia: lo que vivimos, los libros que leímos, las películas que vimos, los sueños, las historias que nos contaron… Y sí, tuve el gusto de estrechar la diestra del gran Bradbury allá por 1997, cuando vino a la Feria del libro local.

ED: Bueno, antes de recomendar a los lectores tus dos últimos libros, finalizo esta entrevista con una pregunta que será un clásico en el Diario. 

Goethe consideraba las tendencias vertical y espiral como los principios esenciales que modelan a todas las plantas y los árboles. Manifestó que hay siete formas morfológicas como metamorfosis de la forma original de la especie: 1) las plantas herbáceas, en equilibrio con su tamaño y entorno; 2) los árboles frondosos, en donde predomina lo vertical y el ramaje que pone distancia al entorno; 3) las enredaderas, siempre en la búsqueda de luz; 4) las coníferas, totalmente verticales y rígidas; 5) las cactáceas, donde predomina lo periférico y absorbe todo lo que acontece en su entorno; 6) los arbustos, que se contentan con haber crecido sólo un poco, sin importarles llegar a ser un árbol; 7) las plantas montañosas, que llevan su energía a la consecución de la belleza: su flor, sin derrochar energía en el follaje.

Siguiendo esta idea, ¿podrías encontrarte dentro de alguna de estas categorías? ¿Cómo serían tus características humanas según estas morfologías? ¿Más arraigado a la tierra, más conectado con la luz, a merced del viento, o un híbrido de todos ellos?

GDP: Uy, qué grande es Goethe, digo, ese poder de observación. No sé, me parece que respondería un poco a cada una de estas categorías… según el día, el tiempo, la humedad, ja ja. A veces busco el equilibrio, otras me dejo llevar, y muchas veces necesito la luz. En la escritura, me parece, elijo las opciones según lo que el texto me pide, él (y no yo) es siempre la prioridad. Tierra, viento, luz. ¡Y que la literatura sea!



Gustavo Di Pace (1969). Publicó los libros de cuentos Los patios interiores, Libris de Longseller, 2003, Mi yo multiplicado, El chico del ataúd y Plan para la máquina de espejos, Alción Editora, 2011, 2014 y 2022 respectivamente, la novela Tuya es la sangre, en 2016 y el ensayo La escritura del Grito Primitivo, en 2018, bajo el mismo sello. Escribió además Para entrar en estado literario, Leer a Borges es como mirar el mar, Conceptuario (ensayos), Meditaciones, un ejercicio de escritura y respiración (poesía) y Crucifixión (novela) aún inéditos.

Publicó diversos textos en antologías y revistas de Argentina, México y España. Colaboró en la revista Reflexiones y Debates con su columna Mismidades y egomanías de un tal Vorazip y en CAM, la Web Cultural con reseñas de libros, películas y obras de teatro. 

Actualmente, coordina actividades literarias en el Centro Cultural San Martín y en su propio espacio: El Respiradero, Cursos & Talleres literarios, un lugar que intenta promover la creatividad y la expresión artística, no sólo con las herramientas clásicas de un taller literario, sino también a través de la lectura de textos y la reflexión sobre distintos temas inherentes al arte y el pensamiento, metodología primordial para lograr los objetivos.


Fuente: https://www.diariodeunanaturalista.com/entrevista-al-escritor-gustavo-di-pace/

miércoles, 14 de junio de 2017

DIOS GUARDE A VUESTRA SEÑORÍA, Gustavo Di Pace, El chico del ataúd, Alción Editora, 2014




                          
                              “Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu”
                                                                                                                          Antonin Artaud



El asunto es comenzar. Encontrar el momento o la voluntad. A veces con una idea es suficiente. Otras alcanza con un muerto. Sobre todo en un lugar como este: ventanas pintadas de negro, pinceladas desprolijas de la brocha, columnas erosionadas, carcomidas. Mi función es pasar en limpio, sin metáforas, sin imaginación. ¿Anotar el peso de un cerebro es un modo de entender? ¿Y describir las vísceras de un frasco? Quién sabe. El forense ni se lo plantea, su profesión excede esta clase de preguntas. Menos lo hacen el obductor o el eviscerador. Con el trabajo de estos tipos el lenguaje se me estrangula. ¿Cómo referirse al serruchado de cuerpos, la quita de vísceras y su enfrascado, para luego devolver el contenido a su lugar original, a semejanza de las bolsitas con los menudos del pollo en el supermercado? Nada de imaginación ante una bola de papeles de diario en el espacio craneal donde antes hubo un cerebro. Palabras más muertas que los muertos. Y yo acá, tratando de no volverme loco, en un intento de resucitación de lo que queda de mí, contaminado por los pisos llenos de agua y de sangre de aquella sala, con esta mirada rota, sola y silenciosa con el correr del tiempo y mis recibos de sueldo.
Quiero imaginar un rato antes de que llegue el otro informe: la historia del hombre que tiene un sueño recurrente y descubre que en realidad ese sueño fue su otra vida, o aquella en la cual alguien intenta recordar sus primeros dos años a través de la técnica del grito primitivo, o preguntarme qué se muere cuando alguien se muere. Por supuesto, es difícil concentrarse en este lugar. No me olvido de que estoy trabajando. Como sea, somos todos parásitos acá dentro, la fauna cadavérica acumulada en la parte de atrás de una morguera que junta cuerpos para hacer menos viajes. Tal vez no me diferencie del forense, ni del obductor, ni del eviscerador. Quizás yo tampoco nací para la reflexión o los grandes pensamientos. Con suerte llego a la queja o a estas digresiones. Y ni siquiera estoy muerto, como el que vivirá en estos párrafos, porque me llega un informe nuevo. Me lo dan como si me dieran una taza de café. Una nueva nada que me obliga a escribirla, en este mismo instante y, de repente, llena de voluntad. Es que esto es algo así como la muerte y su descripción, la muerte y sus palabras. Sin metáforas, sin imaginación.

Autopsia número 453, de la hora 09.15.

En cumplimiento de lo dispuesto por Vuestra Señoría hemos practicado en la Morgue Judicial la autopsia al cadáver de un hombre, remitido por la Policía Seccional 7º como perteneciente a quién sabe si es importante el nombre de esta muerte que ahora se escribe y nace como Pedro Oscar Corradini, de nacionalidad argentino, de 81 años de edad, domiciliado en Av. Rivadavia 3132, el 2 de agosto de 2008, a las 23.00 hs, en su domicilio y sin vida.

Actuaciones: Muerte por causas dudosas de criminalidad.

Y claro, se viene la duda porque este muerto parece que dio el último respiro con la sorpresa de alguien que abre los ojos en mitad de la noche y se queda quieto, quietito como el cadáver de un hombre de buen desarrollo óseo y muscular, en buen estado de nutrición, de talla 1.80 mts. Color blanco, cabello canoso, ojos negros, nariz, boca y orejas medianas, peso en kgs: 80, envergadura 1.75 cms. De la dentadura del tipo, perdón, del cadáver, se solicita informe odontológico. Me resisto, me duele escribir así, pero debo seguir con mi trabajo y pasar en limpio las córneas opacas, las pupilas dilatadas y la rigidez parcialmente conservada, un examen traumatológico que a la inspección de este tipo, perdón, de este cadáver, presenta las siguientes lesiones: orificio de bala en región epigástrica y sí, pobre el hombre yéndose de a poco, de repente, sin esperar la víspera, sorprendido, porque acá no llegan las muertes soñadas, aunque pensándolo bien las muertes son todas iguales, y lo único que cambia es si uno está despierto o dormido, y si está dormido mejor, así la conciencia no se entera de lo que se viene, no se entera de esta masa encefálica que pesa 1500 gr, edema leve, huesos del cráneo sin lesiones y meninges: congestión. Así es la parca, se va apoderando de todo y lo hace sin meterse más que con un pedazo de plomo, bien adentro y ahí se termina la cosa, así de fácil para este Pedro Nosecuánto con mucosa en los labios y lengua normal, con faringe y esófago sin particularidades y laringe y tráquea sin particularidades y con tórax normal también,

Mediastino: Normal.
Pleuras: Sin adherencias, cavidades vacías.
Pulmón derecho: Sin particularidades, pesa 480 g.
Pulmón izquierdo: Sin particularidades, pesa 460 g.
Pericardio: Vacío libre.
Corazón: tamaño normal, pesa 350 g, coágulos cruóricos.
Válvulas: Sin particularidades.
Aorta: Ateromatosa. Válvulas: Sin particularidades.
Pulmonar: Normal.

Y acá estoy, más muerto que este muerto que escribo, y que los términos sean los de la ciencia porque si no, se mea fuera del tarro. Quisiera extraviar este lenguaje prestado, como hacen los buenos artistas, evitarlo para recuperarme, para ser ese que fui y se malogró hace años, antes de que los estados crepusculares se conviertan en esta larga noche, el comienzo de esta muerte, de este diafragma que es normal, un estómago con solución de continuidad de aspecto traumático y 1,5 cm x 0.4 cm en cara anterior, y cómo terminar con esto que nunca debió haber comenzado, la potente claudicación de los sueños, el ominoso camino hacia la locura, la historia de este muerto que me abruma, la de su mucosa con intensa hemorragia, su hígado congestivo, la vesícula normal, el páncreas congestivo, los intestinos meteorizados, la cavidad peritoneal que es una colección hemática de aproximadamente 2 litros, y esto sigue feo para cuando llego a los riñones y están congestivos, y la próstata es normal y ni siquiera pudo echarse un cloro el ñato, porque tiene 500 cm3 de orina clara, y qué alivio mear fuera del tarro, es como echarse el cloro que no se echó este muerto, salirme de sus restos y olfatear la libertad, porque tal vez aún no soy un fantasma, quizás Pedro Nosecuánto pueda revivir en esta autopsia, y los testículos y pene normales y el recto, periné y esfínter sin particularidades, ¿no?
Pero… es raro este informe. Es que uno hace tiempo que no se come los mocos, porque si las conclusiones dicen que la muerte del tipo, perdón, del cadáver, fue producida por una herida de bala, en región epigástrica que efracciona piel, plano musculoaponeurótico, peritoneo y pared de cara anterior gástrica, con hemorragia masiva hacia la cavidad peritoneal, entonces algo no está bien porque yo no estuve ahí, pero me pregunto qué tienen que ver los pulmones llenos de agua con la herida de bala, y encima se pide

examen histopatológico de encéfalo, corazón, fragmento de pulmón y riñones cuyos resultados nos sean remitidos por el Servicio de Histopatología de la Morgue Judicial,

y además se pide

examen de grupo sanguíneo y factor RH cuyo resultado se eleva.

Y por si fuera poco se pide

investigación de alcohol etílico y metílico en sangre cuyo resultado se eleva.

Y

se solicitan dos radiografías, cuyo informe será elevado una vez que nos lo remita el Servicio de Radiología de la Morgue Judicial.

Además se piden

fotografías,

sí…

fotografías que serán elevadas una vez que nos lo remita el Servicio de Fotografía de la Morgue Judicial,

o sea, lo único que puedo sospechar es que acá hay gato encerrado aunque guardemos

vísceras en frasco Nro. 1,
estómago y su contenido; en frasco Nro. 2,
trozos de distintas vísceras, en frasco Nro. 3,
orina para que los Sres. Peritos Químicos efectúen el estudio toxicológico de las mismas, cuyo resultado será elevado directamente a ese Tribunal por el Servicio de Toxicología de la Morgue Judicial.

Sí, me quiero salir de este modo de escribir, porque encima es absurdo que se pida también

Humor vítreo para investigar droga.
Hisopado rectal para investigar esperma.
Hisopado nasal para investigar cocaína.
Hisopado bucal para investigar esperma.

¿Se creen que soy boludo?
Debo resistirme a estas paredes frías y falsamente asépticas. Debo recuperar aquellos estados de felicidad y ese espíritu de mis redacciones, el del pequeño lector que iba a la biblioteca del colegio a retirar un ejemplar de la colección Robin Hood, para tolerar mejor el otro lado de la película, el que nadie quiere ver y yo veo acá por unos mangos a fin de mes. Pero apenas si puedo recuperar a Pedro Nosecuánto. Apenas porque ahí entra el forense, él y su culo alevosamente sucio, porque no hay lenguaje técnico que defina mejor la profunda y casi literal significación de estas palabras. Ahí está, mirándome siempre hacia algún lugar por arriba de las cejas, como hacen los locos. Así y todo, si él anota que los pulmones están llenos de agua y a su vez hay una herida de bala que provoca esos pulmones llenos de agua, yo tengo que dar cuenta de eso y por escrito. Tal vez me animo y le digo que si se quiere falsear un protocolo de necropsia no puede caer en semejante error, que la estupidez en su caso es un miedo atroz a la inteligencia. Pero seguro que a él no le importa. Nada importa en un lugar cómo este. El ambiente nos sopla en la cara su aire de finitud.
Ahora él me mira otra vez hacia algún lugar de mi frente, con su cara estereotipada y recibida, y me pregunta si terminé mi trabajo. Yo le pongo cara de tipo aplicado y le digo que ya casi. El tiempo se despereza hasta que llega la unidad de traslado otra vez. Un ciclo que se cumple a rajatabla, porque hace años que vienen llegando las morgueras, y yo estoy aquí, viendo las camillas con las bolsas negras y el olor negro y acre que lo contamina todo. Es una pena que la mayoría de las veces uno que espichó sea el detonante de mis palabras. No hay caso, la parca es la gran motivadora. Pero ahora el forense me desconfía, lo veo acercarse, quiere ver en qué ando, y yo debo evitar que él vea lo que escribo.
Ahí viene nomás, lo hace a grandes pasos, como si la velocidad fuese posible en este sitio lento, soporífero. Se me ocurre atajarlo con el recurso más simple, le pregunto por la familia, esa familia pseudo perfecta que se ve en el portarretrato de su escritorio. Con esa mujer que probablemente escucha sus historias de laburo día a día: “hola, mi amor, hoy llegaron cinco muertos, el último lo dejé para mañana” o “no sabés, nos llegó el cadáver de tal famoso” o “adiviná cuántos gusanos contamos en el cuerpo de un viejito la otra tarde”. Y lo peor de todo, ese hijo que se ve en la foto. Pobre pibe, me digo, admirar a un padre como este.
El forense se detiene, se queda como una estatua y sonríe. El choque entre sus palabras científicas y mis palabras desesperadas no se concreta. Respiro aliviado, y le digo “ya casi” otra vez.
Qué ganas de mandarlo al frente, yo que salía mejor compañero en el colegio, que me votaba todo el mundo, que veía el pizarrón con mi nombre lleno de cruces. Pero sería como una confirmación de que la vida y la muerte me pasaron por encima. Sí, demasiadas cruces, demasiados votos que no terminaron en nada. Hace rato que dejé de ser una promesa.
 Resisto, en esta vulnerable dignidad que aún se sostiene, por azar, por negligencia o por magia. Ventanas pintadas de negro, pinceladas desprolijas de la brocha, columnas erosionadas, carcomidas. El tiempo vago, los frascos, las camillas, los delantales de plástico y las paredes cómplices.
Entonces el forense contesta, dice que su familia está bien, y no agrega más que los comentarios típicos. Habla del tiempo, del dólar, del partido ganado por Independiente a Boca, de la Copa Davis. Luego, mira para otro lado y yo le digo que no se preocupe, que el protocolo ya casi.
Rato después se va con el caminar correctísimo que tienen los individuos como él, y al que se le revuelven las tripas es a mí, porque no sé qué hacer con todas estas palabras, tajantes como los cuchillos que usan acá, porque los bisturíes se oxidan y se van del presupuesto. El inconsciente líquido se me derrama sobre los hechos y me abandona, llega hasta los pisos llenos de agua y de sangre de aquella sala.
Perdoname, Pedro Nosecuánto, porque no me voy a meter donde no debo, que alguien que no soy yo se crea entonces que te moriste de un paro cardiorrespiratorio no traumático, igualito que mi vieja, a la que también le hicieron una autopsia porque viste cómo es esto, ahora le hacen una autopsia a todo el mundo, hasta a una señora de ochenta y pico de años muerta con una lapicera en la mano mientras miraba el noticiero. Olvidémonos lo de la bala y lo de los pulmones llenos de agua.
En fin, andá a saber qué fue lo que se murió cuando te moriste, o si tuviste un sueño que en realidad era tu vida anterior, o si llegaste a dar el grito primitivo y te acordaste de tus primeros dos años. Lo escribiré en otro momento, en otro lugar, y con un poquito más de ánimo. Por ahora, que vivan tu mediastino, tu pleura, tus pulmones, tu pericardio y el resto de tus tripas. Y que pidan los informes que quieran. Radiografías cuyo resultado se eleva, fotos cuyo resultado se eleva y estudio toxicológico cuyo resultado se eleva.
A esta altura es mejor ser uno más y a la mierda las metáforas y la imaginación, porque si abro el pico y el forense o algún buchón de la Morgue se entera, hasta capaz que pierdo el laburo, y además de sentirme un pobre tipo que ni siquiera merece estas palabras que vos sí mereciste, a mi modo, como pude, lo único que me faltaría es no tener un mango ni para cigarrillos.                                                                                            

Dios guarde a Vuestra Señoría

jueves, 25 de mayo de 2017

Delfines del Plata, por Gustavo Di Pace

Unos delfines como los de esta estampilla sirven de marco histórico a aquel cuento de El chico del ataúd, publicado por Alción Editora en 2014. Una revolución de mayo distinta, y que adoré escribir. Los invito a conocerla, y que la literatura sea.
Delfines del Plata,
El chico del ataúd, Alción Editora, 2014

¿En qué realidad vive ese hombre? se pregunta don Mariano Santa Coloma, al regresar por la calle Arce hasta su casa. Ese parroquiano con el que se cruza en la Fonda de los Tres Reyes le habla del intenso color marrón del río, de delfines que surcan las aguas, de una aldea que descree de las aptitudes de gobierno del Virrey y sus asesores. Tal vez no sea extraño, se dice, que esos pensamientos provengan de un hombre como aquel. Ambos son criollos, pero en el otro fluye sangre mestiza. Los descendientes de europeos como él, blancos, más puros, no tienen de qué quejarse. Pero a ellos, a ese parroquiano, el resentimiento los marca, piensa don Mariano, y vaya a saber si las copas no han acrecentado su imaginación.
Sin embargo, simpatiza con ese hombre, que dice llamarse Juan. Lo trata incluso con la amabilidad que ostenta ante los mercaderes ingleses.
En los encuentros de las últimas dos semanas —porque son varios los encuentros que tiene con él— Juan le ha contado muchas cosas. Y él lo deja hablar. Es que algunos mestizos dicen cosas interesantes. A medida que el vino entra en los cuerpos, la confianza sale por la boca y se convierte en palabras; es por eso que los mundos comienzan a cruzarse. El del parroquiano sorprende a don Mariano, se cuela en su escepticismo y lo desafía, a la par del ruido y las risas de los otros, abundado el lugar de españoles, criollos y, de vez en cuando, algún indio, que el bienintencionado del dueño deja entrar. El ámbito lo ayuda a disfrutar esa música distinta, aunque a veces el mundo de Juan no es afable, máxime cuando habla de los carnavales o del fandango, ese baile de otros tiempos. Por suerte, dichas costumbres herejes han sido abolidas, piensa don Mariano. Al despedirse del parroquiano, le asoma por dentro una tímida angustia. Santa Coloma envidia el entusiasmo, la alegría de ese hombre. Es verdad que muchas veces, en la Fonda de los Tres Reyes, la gente es propensa a la felicidad. Pero la felicidad del nuevo amigo es una felicidad distinta. A ese hombre el trabajo o la vida cotidiana no lo han abrumado, como le pasa a él que, con suerte, se permite disfrutar de la familia. La vida de Santa Coloma fluye sin mayores inconvenientes, o así lo hizo hasta que conoció a Juan y sus historias. Don Mariano comprueba que las necesita, que le hacen bien. La Fonda de los Tres Reyes acuna estas historias, la de los indios que pueden entrar, la de los criollos y los españoles. Las cuida y las alimenta. Pero no todo es camaradería entre Santa Coloma y el otro, porque al encuentro siguiente algo amenaza con romperse. Es que Juan, con la segunda copa en la mano, confiesa lo de las reuniones en la jabonería, y que no son pocos los asistentes. Es más, dice que hay abogados, comerciantes incipientes, un fraile. Don Mariano no puede creerlo. ¿Quién es ese hombre que se anima a referir tales confabulaciones? ¿De dónde vino? Lo vuelve a escrutar: estatura media, piel oscura, ojos negros. Nota, además, que la boca del hombre no es grande, aunque está claro que su indiscreción sí. ¡Ni sus esclavos son tan distraídos como para andar contando tamaños secretos!
Santa Coloma pasa el día nervioso; sabe que si esas reuniones existen, incidirán en el comercio y en la calma de la aldea. Durante varios días hace preguntas a colegas y vecinos y a los esclavos también. Pero los colegas, los vecinos y los esclavos lo miran desconcertados. El reino de Fernando VII sigue en pie, le dicen. ¿En qué mundo vivimos? le pregunta a otro comerciante. Para contrarrestar de algún modo tales infidencias, Santa Coloma visita al día siguiente el río y su amanecer. Quiere quedarse con esa imagen que recuerda por las noches: frente al inmenso marrón, Santa Coloma curiosea la superficie con todas sus fuerzas; quiere ver los delfines de los que habla Juan. Quiere asomarse a esa realidad que le pinta mientras beben e intercambian el relato de sus vidas. Si una copa de vino ayudase, iría por ella, pero… don Mariano se queda ahí, con la brisa acariciándole la cara, viniendo de tan lejos para encontrarse con él. Ve a las mujeres caminar hacia el río, con las canastas enormes llenas de ropa; y el tiempo pasa, se estira, lo abruma, se le pega a las extremidades, y ningún delfín aparece.
Otra jornada, Santa Coloma se entera de la llegada de un barco: traen más negros. Y ellos, por desgracia, traen sus ritos. Prohibírselos sería peor, motivo por el cual el Virrey, en su infinita generosidad, permite aquellos bailes en los extramuros, esos lupanares donde la concupiscencia se hace carne en cada movimiento. Don Mariano se resigna, y aunque alguna noche tratará de que el sueño le permita hacer oídos sordos a esas manifestaciones, concluye que esa es la aldea en la cual vive y no quiere que cambie.
Luego de asistir a la llegada de aquel barco, Santa Coloma camina por La Recova y se encuentra con Juan. Tantos encuentros parecen premeditados o sujetos a un plan superior. El otro lo saluda contento, casi eufórico. Don Mariano agradece la emoción y escucha al parroquiano, que cuenta sobre la llegada de los paraguas ingleses, que algunos ricos, ese mediodía y con el sol alto, los lucieron como trofeos. Santa Coloma se extraña ante tales descripciones. ¿Paraguas ingleses? ¿De qué habla ese hombre? Estas palabras nuevas rondarán su cabeza durante la noche, y el sueño les moldeará formas diversas.
Después hablan de caballos, de guisos, de tabacos. Y discurren temas nuevos: don Mariano cuenta de su esposa y sus hijos; Juan, de su soledad. “Sería un honor para mí conocer a su familia”, se sincera el otro. Y don Mariano reflexiona que sería grato ir juntos a una función de teatro en el Coliseo Provisional.
Quizá las reuniones en la jabonería tengan un afán de justicia, porque se refieren, según cuenta Juan, a las contradicciones españolas, que hablan de moral y buenas costumbres para luego descubrirse que los funcionarios se acuestan con las esclavas. ¡Con las madres, con las hijas! Es verdad que Santa Coloma se enorgullece de sus raíces, pero es verdad también que no se ufana de tamañas ofensas. Pero lo que lo hace estar cerca del parroquiano es la historia de los delfines. Presiente que es la que conecta realmente sus mundos. Lo sabe con la fuerza de aquella pequeña intimidad construida con el correr de las copas y las vidas contadas.
Esa noche, Santa Coloma no escucha los ritos de los negros recién llegados. La noche lo sorprende con una visión más agradable porque sueña que ve a los delfines en el inmenso marrón; y el parroquiano, que está a su lado, festeja como un chico. Santa Coloma agradece, maravillado, porque su mundo se hace amigo del mundo del otro; porque la realidad, por una vez, lo asombra.
No obstante, la felicidad se esfuma con el correr de los días cuando Juan le cuenta sobre los barcos cargados de esclavos y mercaderías del viejo mundo. En dicha ocasión, el parroquiano relata que el Virrey los ha encallado, para que no llegasen los diarios ingleses y Trinidad no se enterase de lo sucedido en España.
Y de nuevo el desconcierto, no para Juan, sí para Santa Coloma. Por si fuera poco, el encuentro termina con un agravio a su buen nombre, porque al despedirse el otro afirma: “Soy parte de la chusma, un chispero, como dicen por ahí, pero quiero lo mejor para la aldea y esto incomoda a ciertas familias acaudaladas”.
“¿Lo dice por mí?”, se pregunta don Mariano. ¿O será efecto de la caña, que fluye como el vino? El día de la confesión, Santa Coloma se desespera, porque sabe que está entre dos mundos, y le parece dudar a cuál de los dos pertenece. Conseguirá un ejemplar de un diario inglés y se enterará ese mismo día que ningún barco ha llegado ni se ha encallado por orden del Virrey. Concluir que Juan es un fabulador no es muy desatinado, piensa don Mariano. Si es por la caña o el vino que cuenta lo que cuenta, no le importa, porque, en definitiva, Santa Coloma adora esos relatos. Ya no necesita consultar a los esclavos ni a los colegas; está convencido de la magnitud de aquellas imaginerías.
Ahora llueve; don Mariano lo comprueba al salir de la Fonda de los Tres Reyes. Al traspasar el lodazal, ve a algunos jóvenes intelectuales ir al Café de Marco. No llevan en la mano ese invento del que le habló Juan.
Santa Coloma recuerda la última vez que vio al parroquiano, cuando le habló de las reuniones en la casa de Rodríguez Peña. ¿Es posible que haya insurgentes en un clima que, si bien no es el más propicio, respira un crecimiento incipiente de la aldea y sus instituciones? Aquella tarde la despedida no es afectuosa. No puede asir su mirada ni las manos estrechándose, pero está seguro de que la nostalgia del despedirse habitual no está, ha sido reemplazada por una nueva forma de fe y lealtad. Antes de volver a su casa, don Mariano monta su caballo y va hasta la casa del brigadier Quintana. Una fuerza antigua lo impulsa. Sabe que lo que hace no es algo que desea hacer, pero sabe también que un buen súbdito de la corona de Fernando VII no puede quedarse de brazos cruzados ante esas revelaciones. A la par de la lluvia, el aroma del rocío y de las cosas mojadas, Santa Coloma evoca las palabras del nuevo amigo, cuando le dijo que sería un honor para él conocer a su familia. Pero el cielo oscurece apurado, y al fin Santa Coloma llama con el puño cerrado a la puerta de Quintana. Todavía hoy le duelen los nudillos. En un segundo vislumbra la esperanza de que no esté, pero Quintana, el mismísimo brigadier, abre la puerta. El hombre le ofrece entrar y don Mariano, debido a la insistencia, acepta.
Enseguida, y ante ese modo tan realista de contar de Santa Coloma, la cara del brigadier se transforma en una mueca.
Don Mariano le cuenta sobre las actividades facciosas de gente como Castelli, Paso, Belgrano, Chiclana y Darregueira. Le cuenta de los diarios ingleses que transportan los barcos, que informan que algo importante sucedió en España; le cuenta del color del agua del río, de sus delfines. Pero Quintana, lleno de asombro, piensa lo que él mismo piensa del hombre de la Fonda de los Tres Reyes: que es un fabulador o que bebe demasiado. Agradece la información y esgrime que si tales encuentros revolucionarios ocurrieran, él mismo ya lo sabría, que no hay tanta gente en Trinidad como para no enterarse de una confabulación.
“En todo caso, mi estimado amigo, los encuentros revolucionarios son los suyos”, remata Quintana, con suprema ironía.
Don Mariano Santa Coloma vuelve con alivio a casa. Ha cometido una villanía, pero no surte efecto. Entiende que el brigadier tiene razón. Hace mucho que su vida transcurre en una línea recta sin mayores contratiempos que los cotidianos. Hasta el contrabando se ha convertido en una alternativa amigable.
Los días sucesivos el tiempo mejora, no hay rastro de lluvia ni de barro. El lunes veintiuno por la mañana, Santa Coloma encuentra una carta debajo de la puerta. En ella se invita a un Cabildo Abierto a congregarse al día siguiente. También hay una cintita blanca y celeste. Sabe que fue Juan el que dejó la carta. Santa Coloma sale y recorre las calles con especial atención. Siente que sus pasos vacilan, como si algún remoto misterio de la aldea no quisiera dejarse descubrir. Allí están los criollos en sus caballos que andan sobre la tierra seca. Allá están las carretas y los mercaderes ingleses; más acá, las mujeres con sus canastas; en el medio, algunos milicianos conducen un grupo de esclavos. De repente, lo ve al sabiecito de Moreno y después a French, pero no parecen actuar de un modo distinto a otras veces. Más tarde, se detiene frente a la Plaza de la Victoria, el Cabildo, el fuerte. Su tiempo es como una ensoñación; Trinidad fue y es la misma de siempre. Se cruza con Beruti y le pregunta si la gente irá al Cabildo Abierto, si acaso se sospecha alguna revolución. El otro lo mira azorado… ¿un Cabildo Abierto, una revolución? pregunta Beruti. La voz interna de don Mariano Santa Coloma comienza con las preguntas: ¿de dónde viene Juan? ¿De qué lugar proviene la carta? Piensa en volver a lo de Quintana, mostrarle aquella invitación, pero… ¿qué podría decirle?
Entonces, llega la angustia, la sensación de que vive en un mundo insípido, hostil, porque el veintidós no hay ningún Cabildo Abierto, ni ocurre nada significativo los días siguientes. Tal vez aún pueda encontrar al parroquiano. Se dirige a la Fonda de los Tres Reyes y busca a Juan. La vergüenza ha cedido ante la ansiedad de escuchar esas mentiras. Pide un aguardiente y espera. La charla del criollo, de aires subversivos, le hace bien. Busca y busca, pide una caña, sigue esperando. Pero el parroquiano no aparece. Santa Coloma intuye que no debe sorprenderse por aquella ausencia. Esa carta alude a una despedida, a una confirmación de aquel mundo distinto. Nace otra distancia o es la misma, pero ya sin puntos de contacto posibles. El hombre se ha ido, y la carta y la cintita blanca y celeste son su forma de decir adiós. Santa Coloma paga los tragos y ya no visita la fonda, se anima a las tertulias de lo de Marco. Los otros lo observan, saben de su fama absolutista. Pero él no se inmuta, pide sus copas y bebe solo. Otras veces, por la mañana, cruza la Plaza de la Victoria, mira de costado el Cabildo, evita la Fonda de los Tres Reyes y, bordeando la parte lateral del fuerte, se acerca al río. Algunos milicianos lo observan indiferentes. Bandadas de gaviotas cortan el firmamento en dos. Don Mariano entrecierra los ojos para ver si llega algún barco. Observa las aguas sin visos de ese marrón intenso que describió aquel hombre y, con la mano a modo de visera, que contrarresta ese sol de mayo, trata de sorprender algún delfín.
¿En qué realidad vivo yo? ¿Y en cuál vive Juan? se pregunta don Mariano Santa Coloma, otra vez.


Nota: en las aguas del río de la Plata del siglo XIX, abundaban los avistajes de un delfín de tamaño pequeño color ocre amarronado conocido como delfín del Plata o Franciscana (Pontoporia blainvilleii). En la actualidad, sólo puede ser visto desde la bahía San Blas, o en Bahía Blanca, San Clemente y Las Toninas. Debido a la contaminación y la pesca, entre otros factores, su población ha disminuido notoriamente y está en peligro de extinción.