miércoles, 22 de abril de 2026

El chico del ataúd, Gustavo Di Pace

 



Hubo una época de mi vida en la que volvía siempre al mismo sueño. Recuerdo que Howlin me contó sobre su capacidad para entrar en una ciudad que sólo existía en sus noches. Una vez me dijo que estaba pavimentada de estaño; otra, que la flanqueaban torres de aluminio y la sobrevolaban cometas. Howlin iba a este lugar que no reconocía en la vigilia y volvía a él como si la voluntad fuese suficiente. Le aseguré sobre el carácter de recuerdo de aquellas arquitecturas, fruto de sus constantes viajes, pero Howlin me dijo que no, que era su “voluntad poderosa” la que le permitía aquella aventura íntima. Me dijo, como en una nostalgia, que la ciudad de sus sueños no era como Monschau, Ravello o Portree. Que era más pintoresca, me dijo, y que mientras la andaba, era feliz. El lugar al que yo volvía, por el contrario, era un sitio más modesto. En mi sueño la ciudad era un barrio, y ese barrio era el Wilde de mi infancia. En esas noches mías caminaba y tocaba los timbres de las puertas de los vecinos, y a mí no me agradaban las caras que ponían al verme. Era comprensible la actitud, porque yo en aquel entonces era un chico de nueve años que cargaba con un ataúd, como si fuese un portafolios, y en ese ataúd-portafolios, estaba su (mi) padre muerto.

Me acuerdo de que una vez visité a una vecina que estaba loca. Se murmuraba que cuando se dejaba ver estaba en plena crisis, y que por eso no era recomendable tratar con ella. Pero yo jamás hice caso a los comentarios insidiosos y fui a su casa igual. Creo que la señora se llamaba Lucrecia. Era viejísima y tenía cara de pájaro. Me atendió con una sonrisa, pero al minuto siguiente me corrió con una escoba. Yo corría y corría con el ataúd de mi papá y la loca me insultaba y me tiraba escobazos. La gente nos miraba y se quedaba estupefacta. Muchos se reían.

Otra noche, fui a lo de un vecino al que le habían cortado las piernas, que en un tiempo se creyó, según mi madre, amigo de mi viejo. Este señor, un hombre altanero como pocos, me recibió y me dijo: “Pero si sos el chico del ataúd”. Luego miró el cajón y fingió una pena casi graciosa. Agregó también unas palabras que se me perdieron, y ya no me acuerdo qué pasó después.

En estos sueños yo no era feliz, como sí lo era Howlin en los suyos.

Por si fuera poco, al día siguiente, en la escuela, sufría un ataque de llanto. Prandoni, mi maestro de cuarto grado, me consolaba, que sólo era un sueño, me decía. “Sí, pero mi papá está muerto en todos lados”, le respondía yo. Y Prandoni se quedaba ahí, tan alto, tan sorprendido.

Décadas más tarde volví a esas calles de Wilde que visitaba en las noches de mi niñez. Era como si el sueño se hubiese quedado dormido y, de pronto, se hubiese despertado. En él no tenía nueve años sino los que tengo ahora, pero los vecinos sí tenían la misma edad, y el barrio seguía siendo el de antes, con las mismas casas, los mismos ritos y las mismas costumbres. Todavía pasaba el lechero, todavía festejábamos el carnaval entre los vecinos y se contaban las mismas historias. En la mano, como siempre, llevaba el ataúd de papá. Y escuchaba de nuevo, mientras tocaba un timbre o doblaba una esquina, aquel comentario, como un murmullo bajito, como lo son todos los murmullos: “Miren, miren, ahí va el chico del ataúd”.

Esta perpetuación del sueño inquietante no me hacía bien. Y lo peor, parecía competir con mi vigilia, porque hasta los espacios en que mi hija de seis meses se despertaba y mi mujer le daba el pecho, se convirtieron en pequeñas treguas antes que en interrupciones al descanso. En la penumbra cómplice, asistía al sabroso cuadro del amamantamiento y cavilaba sobre lo que pasaría cuando apagásemos la luz. Era como si el presente y el pasado, el sueño y la vigilia, reclamasen mi atención y luchasen por tenerme consigo.

Supuse que Howlin podría ayudarme. Si él podía entrar a la ciudad de la que me había hablado, tendría buenos consejos para mí. Esa misma tarde lo llamé, y al día siguiente nos encontramos en el primer piso del bar Manhattan, en Belgrano. Le conté acerca del barrio de mis noches, de la loca que me corría con la escoba, del hombre sin piernas que se decía amigo de mi viejo, y también de Lázaro, con quien me había encontrado la noche anterior (dentro del sueño) y me había dado un abrazo fuerte fuerte, como de reencuentro.

Howlin me escuchó como siempre lo hacía, con gran concentración. Y no sólo eso, él, tan celoso de su vida personal, me contó que había comenzado a soñar con aquella ciudad suya de chico, y que con el nacimiento de su primer hijo, también había vuelto a ese lugar. Le pregunté si ya era grande en ese sueño renacido. Howlin me miró como si hubiese preguntado una obviedad. Tomó un sorbo de café y me dijo que sí. Luego, reflexivo, agregó algo que me asombró. Dijo que a veces llevaba a los hijos a esa ciudad. “Quizás si lograses llevar a tu hija a ese sueño tuyo, las cosas serían de otro modo”.

Una noche (más o menos pasado un año y medio porque mi hija ya balbuceaba sus primeras palabras), mi sueño cambió. Apagada la luz, no volví al barrio de mi niñez, sino a un lugar distinto. No retuve los detalles, sólo sé que era un sitio con innumerables cañerías de agua y muchos pozos. Un entusiasmo inédito me llevó a recorrer aquel paisaje. Imaginé que algo así debía sentir Howlin cuando llegaba a una ciudad nueva, a Monschau, Ravello o Portree. Me pregunté si habría actuado en mí aquella voluntad poderosa que él pregonaba. La noche de la que hablo, dos veces nos despertamos porque la nena lloraba, y dos veces, al apagar la luz, volví a ese mundo otro, que mantenía elementos del sueño primordial.

Una vez, por ejemplo, caminé por una especie de recova antigua y, en un instante, el lugar se llenó de iguanas. Trepaban por las columnas, merodeaban por los corredores vacíos con las papadas enormes y los ojos vigilantes. En otra ocasión, vi a una mujer que reconocí enseguida: esa cara de pájaro aún no era viejísima (y aún no estaba loca).

Al despertar me sentí aliviado, porque en ese sueño, a pesar de que llevaba el ataúd, nadie me señalaba por eso, nadie se reía. “Fue más agradable y podría llevar a mi hija”, pensé mientras la ayudaba a pegar calcomanías en un álbum. Debía volver. Estaba claro que la conversación con Howlin había propiciado ese sueño distinto. Eso sí, debía resolver el asunto del ataúd. Estaba cansado de que mi viejo estuviese muerto en todos los lugares y, ahora, en aquella ciudad también.

“¿Y si desarrollase la voluntad poderosa de la que hablaba Howlin?” le dije a mi hija, que me miraba sonriente. ¿Y si pudiese lograr que mi viejo saliese de ese cajón?

A partir de este pensamiento, cada noche se transformó en una esperanza. Mi viejo saldría del ataúd y yo se lo presentaría a mi hija.  “Este es tu abuelo”, le diría a ella; “esta es tu nieta”, le diría a él. Y yo, traspasadas las puertas del tiempo y del espacio y del dolor, dejaría de ser “el chico del ataúd”. Una noche de invierno, cuando mi hija y mi mujer se durmieron, comenzó ese pedido. “Salí, papá”, le pedí a mi viejo, “salí que te quiero presentar a tu nieta”. El ataúd seguía allí, silencioso y en mi mano. Le hablé en voz baja para que los vecinos no intuyesen lo que me proponía. No hubo respuesta. La noche siguiente yo tenía una llave. Era una llave extrañísima y sospechaba que abría toda clase de puertas. Comencé mi peregrinaje por el barrio (sí, había vuelto) y toqué varios timbres. Muchos vecinos pusieron las habituales caras de hartazgo, otros me recomendaron volver a casa, o ir a jugar por ahí (como si no viesen que yo tenía la edad que tengo hoy). Al instante, me crucé con el hombre sin piernas, y él hizo lo que otros no se habían animado a hacer: me preguntó por la llave. Con gran seguridad, le dije que la llave era para abrir el cajón de mi viejo. Entonces el hombre sin piernas estalló en una carcajada que debe haber oído hasta mi esposa, que dormía a mi lado. Luego, el hombre sin piernas se relamió el bigote y dijo que los ataúdes no están hechos para abrirse, sino para cerrarse. “Ay, este chico del ataúd”, agregó, y se fue de lo más tranquilo.

Mientras, la nena crecía, tanto como mi ansiedad por presentarle a su abuelo. ¿Cuándo sería el momento apropiado? Al fin, decidí abrir yo mismo el cajón. Llevaría el ataúd al jardín del fondo de casa y Lázaro me ayudaría con las herramientas de la ferretería del padre. La “arbitrariedad lúdica” haría eficientes un par de destornilladores y martillos. El problema fue que por dicha arbitrariedad lúdica, frente a la tapa silenciosa y la cruz, me despertaba. “La próxima noche lo abrimos”, le decía a Lázaro, o a mi voluntad poderosa.

Desesperado, una mañana llamé a Howlin. “Se fue a China, a Filipinas, a Europa del este”, me dijo su mujer. Como Marco Polo, Howlin seguía su vida tan distinta a la mía. Me pregunté qué ciudades conocería esta vez. Le mandé e-mails que no respondió (nunca lo hacía) y me sentí extrañado, tanto como Prandoni, mi maestro de cuarto grado cuando desestimaba sus palabras de aliento.

Por si fuera poco, tuve la mala idea de contarle a mi mujer sobre el sueño. Le conté de mi viejo en el cajón, de mis ganas de abrirlo para que saliera, de mis deseos de invitar a nuestra hija al sueño para presentarle al abuelo, le conté de Howlin y de su ciudad.

“Vos y tus amigos”, me dijo.

La noche de la discusión con mi mujer (debido a su comentario, obviamente, discutimos) escuché algo que me dejó atónito. Eran como las crepitaciones de la noche, a las cuales se les encuentran los significados más fantásticos. La nena y la madre ya se habían dormido. Vislumbré sus caras como quien asiste a un rito y, al taparme con la frazada, adentrándome en el necesario e inminente abandono de mí, los sentidos se confundieron y me encontré sobre un precipicio. ¿Dónde estaba? Advertí la existencia de muchísimas cuerdas y una bola de fuego que, sorpresiva e intimidante, rayó el cielo. Comencé a temblar. Era un cometa. Y pasó otro y otro. Cometas que atravesaban el cielo mientras caminaba esas calles desconocidas con el ataúd en la mano. “No tengas miedo, papá”, dije mirando al cajón. Lo que ocurrió tras aquel espectáculo inimaginable, confirmó lo que me figuraba al ver los cometas: estaba en la ciudad de Howlin. Mientras cruzaba una plazoleta, vi a uno de sus hijos caminar entre la gente. Llevaba con mucho cuidado una pecera. La imagen de ese chico con la pecera, más grande que él, me pareció más alucinante que los cometas de ese cielo extranjero. Ni que hablar cuando agudicé la vista y me pareció que dentro de la pecera estaba el mismísimo Howlin, nadando feliz en su mundo de agua. Boquiabierto, me oculté detrás de una escultura (en el lugar había estatuas, obeliscos y otros monumentos), pero aún así creo que el chico me vio. Llevado por el miedo, salí corriendo como si la loca con la cara de pájaro me persiguiese con la escoba.

Tiempo después, sentí que había llegado el momento apropiado para que mi hija conociese al abuelo. Una noche, en su habitación y al apagar la luz de la lámpara, le dije: “Hoy, cuando estemos durmiendo, nos vamos a encontrar y te voy a presentar al abuelo”. Yo no sabía cómo le iba a presentar a su abuelo porque todavía no había abierto el ataúd para que él saliera, pero ella me miró con esa carita que tiene y me dijo: “Pero, papi, ¿el abuelo no está en el cielo?”. Miré al cielorraso de la pieza y le dije que sí, pero que era otro cielo, “un cielo que en este sueño mío se puede alcanzar”. Antes de que cerrara los ojos, la miré cómplice, pero ella no me devolvió el sentimiento. Apenas me metí en la cama, mi mujer me dijo por enésima vez (aún semidormida podía hacer estas cosas) que no me olvidara al día siguiente de llamar al sodero, al electricista y a la administración del edificio. Me acosté con un hueco en el estómago, pero se me pasó mirándola dormir. Como era de esperar, esa noche mi hija no vino. A la mañana siguiente, el reproche se me escapaba hasta en mi forma de besar a la nena, de darle las galletitas para el desayuno. Mi mujer me preguntó qué me pasaba y le dije que nada. Nuestra hija estaba tan contenta como siempre, armaba un rompecabezas y parecía haber olvidado lo que le había dicho la noche anterior.

Un día, Howlin llegó. Me acuerdo de que me enteré por Facebook y le escribí, pero no respondió a mis mensajes (nunca lo hacía). Al final lo llamé por teléfono. Su voz sonaba como vencida, me dije que hasta Marco Polo podía agotarse ante los constantes viajes de Howlin. Quedamos en hablar, porque “la semana viene complicada”, me dijo. No sé cuántas veces lo llamé (él nunca lo hacía). Los meses pasaron. Nunca podíamos combinar un encuentro. ¿Le habría contado el hijo que yo había entrado en su ciudad? En mi interior, me enojé con él, parecía un buen pibe cuando cargaba aquella pecera enorme con el mismísimo Howlin nadando feliz en su mundo de agua.

Por la noche, movido por un deseo de revancha, regresé a esa ciudad que no era mía y vi a Howlin besándose con una mujer negra de la que me había hablado. Me oculté otra vez y pensé qué diría la esposa si lo viera. Me sentí un poco tonto. Ella no tendría por qué enterarse y yo no sería un delator. Por supuesto, eso no me excusó. Comprendí que estaba llegando demasiado lejos. Acaso mi voluntad poderosa no era tan mía tampoco, porque yo no pertenecía a ese sueño, sino al del Wilde de mis noches: con vecinos que se burlaban de mí pero que habían sido solidarios cuando mi madre murió (si hasta me abracé con algunos de ellos cuando la descubrí en la cama fría, si hasta me abracé con una mujer policía también). Así, no sólo comencé a tener miedo de encontrarme con Howlin en su ciudad, sino también de toparme con él en la vigilia. Dejé de llamarlo. Si algún día el azar lo disponía, nos encontraríamos. Además, no sabía cómo reaccionaría ante lo que había pasado; con suerte se reiría, porque todos se reían del chico del ataúd.

Durante el desayuno del día siguiente, no pude evitar contarle a mi mujer acerca del sueño, esta vez, con lujo de detalles, excepto el asunto de Howlin con la mujer negra (yo mismo había pensado en ella las últimas dos veces que habíamos tenido sexo). Le hablé de los cometas, le reiteré en voz baja que deseaba abrir el ataúd para que nuestra hija conociese al abuelo. Mi mujer, tal vez porque no encontró un gesto más apropiado, frunció el ceño y lo que seguro quiso decirme, me lo dijo al final la nena, riéndose, con la boca llena de Mendicrim: “Papi, mamá dice que estás loco”. Será por eso que no le conté de mis siguientes sueños en aquella ciudad que no era la mía (no me costó asumirme como un intruso, casi un traidor). Tampoco le conté de la vez en la que me crucé con Lázaro y que, al final, frente a la tapa silenciosa y la cruz, no nos animamos a quitarla, porque incluso dentro del sueño teníamos miedo de violar alguna ley suprema.

Tras varias semanas, el azar dispuso el encuentro con Howlin. Fue en el Barrio Chino, frente a un bazar. Yo estaba nerviosísimo. Buscamos un bar, nos sentamos y pedimos un café. No era digno de sentarme frente a él. Me costaba mirarlo a la cara. Sus ojos no eran los mismos. Me pregunté qué habrían visto en ese viaje último, qué ciudad nueva. “¿Pudiste llevar a tu hija a tu sueño? Decime, decime”, dijo, y me miró como si yo tuviese algún secreto que revelar. Me quedé mudo. Howlin volvió a preguntarme. Sus manos estaban rígidas sobre el pocillo. Yo no sabía qué hacer. Al final le conté un sueño que no había soñado. Le conté que mi hija conoció mi barrio, que tenía puesto un vestidito así y asá, unos zapatitos azules, y que le había presentado al abuelo, que al fin había salido del ataúd. Le conté que los vecinos nos saludaban y nos felicitaban. Y que estábamos contentos, llegaba mi mamá, y hasta venía la mujer policía con la que lloré la muerte de mi mamá. Howlin se mostró conmovido. ¿Qué está pasando? me pregunté. “Vas a ver que ahora vas a dejar de ser el chico del ataúd”, me dijo. “Ya somos padres, Di Pace”. Yo puse una cara que tenía que ver más con el desconcierto que con la felicidad. Acto seguido hablamos de su viaje, de música, de libros y hasta de lo mucho que le gustaba el budín de pan. Cuando nos despedimos, sospeché que Howlin ya sabía lo que estaba ocurriendo. Ojalá, porque a mí me hubiese gustado contarle que en realidad el sueño de la noche anterior había sido otro. En él, yo recorría su ciudad otra vez; en él, volvía a escuchar el mismo comentario estigmatizado: “miren, miren, ahí va el chico del ataúd”. No le conté que el ataúd estaba más liviano. Recuerdo que buscaba a Lázaro para que me ayudase a abrirlo pero no lo encontraba (debía estar en mi otro sueño). Decepcionado, volvía a mi casa y abría el cajón yo, sin herramientas, sin hacer fuerza, y descubría que mi viejo no estaba. Veía el tul que recubría el interior, los volados como flores tristes, pero yo no me sentía feliz: él se había ido. Yo salía a buscarlo y, de repente, veía a la mujer negra que había estado con Howlin, que se acercaba felina, en dulcísimo tabú, mirándome fijo a los ojos. Yo me excusaba ante mí mismo diciéndome que esa mujer no había sido su novia. “No es la novia de Howlin, no es la novia de Howlin”, me decía. Entonces, dejaba el ataúd a un costado, la encaraba y teníamos sexo contra un paredón. A continuación, escuchaba la voz de mi hija, que tenía unos siete años y venía desde el extremo opuesto del muro. Me preguntaba por el abuelo, mientras señalaba el ataúd que estaba a mi lado. Yo le decía que el abuelo se había ido y le mostraba el interior del cajón. Ella miraba y yo, para que no se afligiera, la invitaba a tomar un helado. Esto es lo que no pude contarle a Howlin. Y no le conté lo que más culpa me daba, que no busqué por mucho tiempo más a mi viejo, que el ataúd lo dejé en una especie de baldío en esa ciudad que era suya, disimulado entre un montón de ramas cortadas.

Esa fue, al menos hasta hoy, la última vez que vi a Howlin, que miró el pocillo y dijo que tenía que irse cuanto antes, que la familia lo esperaba porque esa noche cenaban afuera. Recuerdo que me miró con ojos transparentes, acuáticos, se calzó la mochila que siempre llevaba y se fue, sin mayores preámbulos ni epílogos. Al rato vino el mozo y pagué el café. Somos padres, me había dicho Howlin. Sí, es verdad, Howlin, me dije a mí mismo, mientras lo veía perderse entre la gente, allá afuera. Con el gusto del café aún en la boca, presentí que había perdido un amigo.

Al rato llamé a mi mujer y me contó que la pediatra había dicho que la nena estaba bien, que vuelva para control en un año. Un atisbo de felicidad asomó en mi espíritu machucado, infeliz. Después dijo que pasarían por la casa de mis suegros. Salí del bar y ya comencé a extrañarlas. Miré alrededor, pensé que si me hubiesen dado a elegir, hubiese preferido transitar el barrio de mis sueños, o la ciudad de Howlin donde había abandonado el ataúd de mi padre, antes que asomarme a esas calles y a ese cielo sin cometas. Anduve como un zombi y pensé que al llegar a casa escucharía un disco de Rush, podría andar desnudo por los cuartos, leería algo de Iannelli. Apuré el paso, con una libertad agridulce, de perro sin dueño, de hombre abrumado. ¿Estaré loco? ¿Tendrá razón mi mujer?

Al salir de la ducha, ella llamó… que se quedaban a cenar en lo de mis suegros, que más tarde nos veríamos en casa, que no me preocupe. Mi soledad y yo estaríamos juntos un rato más. Puse Moving pictures y me tiré en el sillón del living. Me acordé del momento del parto, me acordé de la primera vez que besé a mi hija, me acordé de ese abrazo que nos dimos con mi mujer, me acordé de una foto en blanco y negro en la cual estábamos mi viejo y yo abrazados, y de cuando mi hija y yo miramos la foto, como espejados los tres; él y yo desde la foto en blanco y negro, ella y yo desde este presente. El ciclo, el todopoderoso, se cumplía.

¿Dónde estaría él, ahora? Porque si había salido del ataúd, había despertado de la muerte, por lo menos, de esa muerte. En estas reflexiones estaba cuando, como una revelación, sonó el timbre.

 

© Gustavo Di Pace, de El chico del ataúd, Alción Editora, 2014


miércoles, 13 de agosto de 2025

Efecto Eckels, Gustavo Di Pace



                                                                                                                                                       a Ray Bradbury


En 1938 se descubrió la fisión nuclear; Leopoldo Lugones se suicidó en una isla de Tigre; y ese mismo año Superman comenzó a pelear contra el mal en una historieta eterna. Además, llegó a la Argentina, exactamente el 2 de febrero, el Kerguelen, un barco proveniente de El Havre que transportaba a muchos inmigrantes, entre ellos, el matrimonio de Konrad y Anny, y sus hijos Katarzyna, Michal y Maria. El barco fue desguazado en 1955.

En dicho año también pasaron muchas cosas.

En 1955 nació, por ejemplo, la actriz Isabelle Adjani; en Alabama, Rosa Parks negó el asiento del ómnibus a un blanco; y Allen Ginsberg leyó su poema Howl en la Six Gallery de San Francisco. Asimismo cayó el gobierno de Perón, tras su intento de asesinato en el bombardeo que las fuerzas rebeldes perpetraran en la Casa de Gobierno (él estaba en el Ministerio de Guerra). Muchos lo recuerdan: volvería a la presidencia recién en 1973.

El enigma al que llamamos tiempo continuó y, en este año, 1973, también pasaron muchas, muchísimas cosas.

Michal, hermano de Katarzyna y Maria, estudió el idioma de los cetáceos (pronto sus anhelos de conocimiento derivaron a la exobiología). Ya había pasado el Domingo Sangriento en Irlanda del Norte; ya se habían separado los Beatles tres años antes y, por si fuera poco, San Lorenzo ya había ganado el campeonato Metropolitano que dejaría de jugarse en 1984.

Este será un año muy particular en la vida de aquellos inmigrantes que llegaron en el Kerguelen antes del desguace definitivo en un astillero de Alemania. Porque más allá de que Konrad y Anny habían muerto hacía mucho y la biblioteca global era un secreto a voces, Katarzyna y Maria se habían casado y separado y, en el medio, la maternidad las iluminó. Sí. Dos hermanas europeas con hijos argentinos mientras el mundo paría y paría: hijos ideas muertes sobrevidas locuras y grandezas diversas.

Luego, la hija de Katarzyna probaría en poco más de dos décadas y durante unas vacaciones, las branquias artificiales en el lago de un país centroamericano. Después, el hijo de Maria sería el futuro desarrollador de las velocidades hiperlumínicas que permitirían, entre otros descubrimientos, los viajes en el tiempo.

Corría el año 1992 cuando Nelson Mandela ganó el Nobel de la Paz que en 1984 ganó su coterráneo Tatu, cuando Israel y el pueblo de Palestina firmaron la paz, por lo menos hasta el año en que Nirvana revolucionó el mundo del rock con Smells like teen spirit y Ruanda sufría sus etnias encontradas, que los hijos de los hijos de los muertos, por fin, nacieron.

Los años comenzaron a derretirse ante la capa de ozono mientras los occidentales compraban los regalos para esa Navidad que, sin dilación, fue la del 2001 y las Torres Gemelas caídas. A su vez, llegó el 2010 con China y su obvio liderazgo mundial en la Ciudad Flotante de la Nueva Tierra.

Acto seguido, el hijo de la ya muerta Maria chequea su crédito y llama a través del teléfono celular a un vehículo DAV que desciende en la terraza del edificio. Y la hija de la ya muerta Katarzyna programa su control de herencia para agrandar la familia y lee las nuevas noticias sobre los mapas de Piri Reis, hacía cientos de años tan enigmáticos y ahora tan claros.

El tiempo es manipulado en el número del calendario digital de cada hogar, el tiempo fijo por el que pasamos y que acusa ya el año 2014, vacila, se ablanda. Por eso hay que cuidar el recuerdo, alimentarlo, mientras vuelven a la vida los primeros aventureros de la criogenia, mientras se viralizan por Internet las fotos de la pelea que Ringo Bonavena le ganó al recién bautizado Muhammad Ali hace tantos años atrás o Argentina pierde el Mundial 86 frente a la Alemania comunista.

Es entonces cuando la cuarta mujer del hijo del hijo del hijo de Maria, fanático de aquel antiguo cantante Michael Kiske y minero espacial, ve con su fotoscopio el contorno de la aún vigente Ciudad Flotante de la Nueva Tierra y sospecha que algo no es como siempre. El testimonio se confirma: está llegando la séptima camada de viajeros espaciales y dicen no reconocer el entorno. No lo afirman por la nueva geografía y las pocas banderas que quedaron, ni por los libros apócrifos de las pocas bibliotecas subterráneas actuales, ni por la base extraterrestre habilitada en el fondo del Mar X2 (varias décadas atrás conocido con el nombre de Océano Índico) sino porque otros hechos en apariencia insignificantes no concuerdan con lo que ellos sabían o creían saber antes de regresar al año del cual partieron, el 2055.

Se arma una junta de investigaciones secreta y llegan a fantásticas conclusiones: la primera es que la historia, ligeramente reescrita, ya no tendría sentido en un mundo así porque las versiones se multiplicarían ad infinitum; la segunda resulta ser de índole policial: uno de los viajeros, un tal Eckels, violó una de las reglas básicas del tour de caza de dinosaurios en el que participó. ¿La prueba? Una mariposa muerta reposaba su fin y su don de destino en la suela de una de sus botas.

Apostilla:

¿Y qué de Michal, Katarzyna, Maria y sus respectivos hijos? Michal no tuvo descendencia aunque coqueteó muchos años con una androide. Su sino fue incierto: la avioneta solar que piloteaba nunca apareció, se sabe que sobrevolaba el Gran Río de los Delfines. Respecto a Katarzyna y Maria, sus cuerpos fueron exhumados de los antiguos cementerios y puestos en suspensión en un lugar no identificado por razones judiciales. En cuanto a los hijos, uno fue clonado varias veces (la hija de la primera) y es imposible identificar al original; el otro, de gustos musicales extravagantes, tiene por hobby el absurdo oficio de la escritura.

de Plan para la máquina de espejos, Gustavo Di Pace (Alción Editora, 2022)

 

lunes, 25 de noviembre de 2024

Portada y texto de contratapa de Conceptuario, de Gustavo Di Pace

 

Conceptuario es la construcción íntima de una mirada. En sus páginas Gustavo Di Pace compendia aquellas palabras e ideas que tienen resonancia para él, sea por lo que significan, por un recuerdo que despiertan, por su eufonía o por una misteriosa emoción. Pero no sólo eso, mientras lo hace, la creación surge y se manifiesta a través de neologismos que son también hallazgos, epifanías. Así, conceptos como adagio del pensamiento, Grial personal, cielo poético, voluntad poderosa, yo multiplicado o ese que postula una poética, el Grito Primitivo, conforman lo que podríamos llamar el universo dipaceano.

Un libro de estas características, en el cual no están exentos la ironía y el humor, aplaude el vocabulario, estimula la imaginación y honra el objetivo mismo de toda literatura: el trabajo con la palabra.


sábado, 9 de noviembre de 2024


 

Empieza con B

Alejandra Pultrone *


Buenas noches a todos

Estar aquí reunidos, en la Biblioteca Nacional, celebrando la publicación de un nuevo libro de Gustavo, en este tiempo tan difícil para la cultura argentina, me llena de alegría, de esperanza. Cortázar, ese compinche de Gustavo, describió la esperanza como el sentimiento que no nos pertenece, porque le pertenece a la vida. "Es la vida misma defendiéndose", escribió en Rayuela. Y esta noche, contra viento y marea, entre nosotros, está la esperanza, defendiéndose, defendiéndonos. Publicar hoy un libro es también un acto de fe.

Cuando un amigo nos convoca para presentarlo sabemos que es un honor y también una gran responsabilidad. Aquí con Luis Franc  estamos incluidos en esa ansiada lista de primeros lectores de Conceptuario y estamos muy contentos de poder pasarles a ustedes la posta. En esta sala hay muchos amigos, alumnos que probablemente se están preguntando: ¿Pero, de qué se trata este libro? ¿Podrá interesarme? Y… ¿cómo se escribe un Conceptuario?

Como bien lo explica Gustavo en las palabras preliminares, encontramos en la historia de la literatura algunos otros diccionarios de reconocidos escritores.

Pero desde ya les digo, que ninguno de ellos incluye los conceptos chocotorta o el exultante ¡Megadeth, Megadeth, aguante Megadeth! Ese himno que convirtió al público argentino de rock en el mejor del mundo. La cita de Calvino que abre el libro nos da las primeras pistas: toda vida es una enciclopedia, una suma de lecturas, informaciones, imágenes agregaría yo; hoy más que nunca. Sólo que esas imágenes están hechas de palabras, a pesar de lo que piensa la gran mayoría de influencers o como diría el notable ilustrador Ramiro Clemente, insufrencers.

Gustavo se puso a prueba, fue a la búsqueda de esas palabras, conceptos  entrañables que forman parte de su identidad personal y literaria. Y a nosotros como lectores, también nos invita a ir al encuentro de nuestro propio conceptuario. Creo que ese es, entre otros, uno de los logros más bellos de este libro. A medida que vamos leyendo cada concepto, nuestra propia historia se abalanza, nos toca la puerta.

Hablando en primera persona, muchos de sus conceptos aquí eternizados (escribir es un pacto con la eternidad ¿alguien lo duda?) los encuentro muy cercanos; entonces me apropio de este libro que me hace recordar esas palabras tan mías de la infancia y la adolescencia. Me hace recordar que el fiambrín era un manjar sublime y a veces difícil de conseguir en los almacenes de Liniers a principios de los 70, o que mi hermano también tenía autitos marca Duravit que dejaba desparramados por el piso de la habitación que compartíamos. Y pienso en los libritos españoles que mi madre me compraba en los kioscos y que en su gran mayoría eran ilustrados por Ferrándiz, el catalán.  Y ahí ya comencé mi propio concepturario,  ya tengo una voz para las palabras que comienzan con F: Ferrándiz. Esta es la gran propuesta y el gran regalo que hace Gustavo al lector de su libro. Lo invita  a reunirse con aquellas palabras imprescindibles de su existencia. A recordarlas. Este libro es el ejercicio de una memoria subjetiva testaruda. Irrenunciable. Por eso, es un tributo. La celebración de aquellas palabras que nos habitan y a la vez, escriben nuestra hoja de ruta. En definitiva, estamos hechos a su medida. De allí la importancia de encontrarlas, ordenarlas alfabéticamente, reconocerlas. Inmortalizarlas. Pensaba que, como lectores, a lo largo de todo el libro vamos transitando distintas emociones. Al menos para mí, Conceptuario es un libro emocional, en el mejor de los sentidos. Y también es otro de sus logros, emocionar genuinamente, sin artificios de app, ni consejos de psicología positiva. Me he reído mucho con la definición de fush: interjección de tono imperativo que significa andate, fuera y otras similares. En otras épocas era común en el vocabulario de ciertas madres, anota Gustavo. Me he emocionado mucho con las referencias al rock nacional. Una de las acepciones de la palabra Aquelarre que incorpora Gustavo, es la referencia a la mítica banda de los 70.  Lo mismo sucede con Arco Iris. Y se lo agradezco mucho. Me he entristecido con la definición de Dodge, la marca del auto. Palabra en la que Gustavo nos muestra las cicatrices profundas de su corazón. He aprendido conceptos filosóficos, me he codeado con palabras ajenas a mi propio Conceptuario, y eso también es importante, la transmisión de un saber que puede otorgar un libro y que quizás no compartimos.

Por todo esto, los  invito a leer Conceptuario y espero que ustedes se sumerjan sin miedo en sus necesarias palabras. Armar una lista. Releerla, compartirla.

Antes de terminar esta presentación de mi parte, me gustaría  leerles una definición incluida en la letra B:

Bálsamo: Para estas páginas , fluido invisible que se derrama sobre el espíritu.

Suele aparecer y surtir efecto luego de la lectura o contemplación de una gran obra.

Espero que Conceptuario sea un bálsamo para todos y cada uno de sus lectores.

Espero que sea un bálsamo para Lara, porque este libro le pertenece.


Alejandra Pultrone (Buenos Aires, 1964)
Realizó estudios universitarios graduándose en la carrera de Letras. 
Codirigió el sello editorial de poesía Libros del Empedrado. Dirigió la Librería- Editorial Stevenson. Libros publicados: La cuerda del silencio (1990) Hopper (1995), Ciudad demolida (1999) Restos de poda (2005) Plaza Washington (2017) y el aún inédito La soledad de los anhelos (2019).
Realiza actualmente talleres individuales de escritura para jóvenes y adultos abiertos a la neurodiversidad y clínica de obra para escritores. Dirige la revista de Arte y Literatura El Esfuerzo Conjugado.
Escribió el guión original del cortometraje El viento sopla (2023).

lunes, 4 de noviembre de 2024

Presentación de Conceptuario, Sala Augusto Raúl Cortázar de la Biblioteca Nacional / 31 de octubre de 2024

Hola amigos

¿Cómo están? Comparto las primeras postales de la presentación de Conceptuario, mi séptimo hijo, en la Sala Cortázar de la Biblioteca Nacional. Las fotos son de mi amigo Gabriel Palmioli. Gracias a la institución, a Luis Franc y Alejandra Pultrone por sus palabras, y gracias como siempre a los lectores por el apoyo a mi obra todos estos años. Seguimos escribiendo. Y que la literatura sea, siempre.

















martes, 5 de marzo de 2024

Entrevista al escritor Gustavo Di Pace en Diario de una naturalista

 


Entrevista al escritor Gustavo Di Pace

«Para lograr textos genuinos debemos imaginar, correr el velo y acercarnos tal vez a la cosa en sí, a lo real, a la voluntad ciega… Mientras los pulmones respiren y la sangre bulla, mientras el transcurso nos afirme el presente, hurgaremos como topos en lo que no tiene nombre, y quizás, la belleza tome forma».


Al llegar, Gustavo Di Pace rompe con cualquier estereotipo. Tiene el pelo largo y canoso como el de un rockero de los años setenta. Viste jeans, remera blanca, una cruz egipcia y zapatillas Topper negras. Pasó apenas los cincuenta años, busca minuciosamente en el aire cada palabra que dice y mira a los ojos cuando habla. En su obra leemos a un escritor distinto, basta hojear libros como El chico del ataúd, Mi yo multiplicado, La escritura del Grito Primitivo o Plan para la máquina de espejos, entre otros, para comprobarlo.

ED: Bueno, imagino que ya te lo habrán dicho… antes que un escritor parecés un músico de rock.

GDP: Sí, sí, me lo dijeron, pero para mí ambos mundos van de la mano. Ahí tenés gente como Jim Morrison, Bob Dylan, los Iron Maiden, todos se nutren de la literatura. Y acá tenemos al mismísimo Charly y al Flaco Spinetta haciendo poesía en cada canción. En mi caso, yo leí y escribí desde que tengo uso de razón ¿sabés? y en su momento también toqué la guitarra eléctrica, mi banda se llamaba Grito.

ED: Ah, ahora entiendo la conexión con tu Grito Primitivo…

GDP: Claro, siempre estuvo ese concepto, fijate que al principio, allá por mis años adolescentes, se respiró como rebeldía, y ahora se transformó en un grito de identidad artística, la máxima aspiración, me parece.

ED: Estoy de acuerdo. Y seguramente debe haber otro vínculo entre el Di Pace lector y el que escribe…

GDP: Creo que sí, lo noto en la variedad de lecturas y en lo que escribo después. A mí me gusta leer de todo, la ciencia ficción de Stanislaw Lem y Philip Dick, admiro profundamente la poesía de Hugo Mujica y Laura Yasan, en el género cuento Felisberto Hernández me encanta, adoro los escritos de René Daumal también…Todas estas lecturas dejan su huella en la escritura, y aunque después nacen textos muy diferentes de los leídos, es cierto que hay un coqueteo con diversos géneros, estilos, formas.

ED: Siguiendo con lo que decís, tus libros son distintos entre sí, La escritura del Grito Primitivo, por ejemplo, se constituye casi como un manifiesto, con relámpagos de poesía y de ficción. Y Plan para la máquina de espejos, tu nuevo trabajo, se ubica dentro del género cuento, pero considerando su estructura ¿podría ser también un diario personal novelado?

GDP: Sí, sí, podría ser, un diario personal en el que el protagonista, Lucio Pietrángelo, anota las historias que ve en los paneles de la máquina que inventa. No le pone fecha, pero es de algún modo un diario, tenés razón.  

ED: Claro, y tambíén me llamó la atención la portada, que cuenta con un dibujo de Robert Fludd titulado La dualidad primordial. Si recordamos otro de tus libros, Mi yo multiplicado, no creo que sea inocente esa ilustración...

GDP: Bueno, aunque yo no elijo las portadas de mis libros, es cierto que esta última se la sugerí yo al editor (se refiere a Juan Carlos Maldonado, de Alción Editora, los libros de Gustavo Di Pace fueron publicados en su mayoría por este sello). Creo también que, efectivamente, habría una posible conexión entre ambas tapas. En la de Mi yo multiplicado hay dos hombrecitos sentados leyendo espalda con espalda, y es fragmento de una obra de Pieter Brueghel el Viejo. Por otro lado, la tapa de Plan para la máquina de espejos, que en realidad refiere a una visión hermético-cristiana y esotérica que nada tiene que ver con el aparato tecnológico al que se refiere en el libro, podría vincularse con la ilustración de Mi yo multiplicado… o sea, las duplicaciones, los espejos como metáforas de la identidad…

ED: La ucronía “Efecto Eckels” es un homenaje a Ray Bradbury, a quien incluso has conocido personalmente. ¿Cuánto influenció en tu obra?

GDP: Hum, no lo sé, pero todo es influencia: lo que vivimos, los libros que leímos, las películas que vimos, los sueños, las historias que nos contaron… Y sí, tuve el gusto de estrechar la diestra del gran Bradbury allá por 1997, cuando vino a la Feria del libro local.

ED: Bueno, antes de recomendar a los lectores tus dos últimos libros, finalizo esta entrevista con una pregunta que será un clásico en el Diario. 

Goethe consideraba las tendencias vertical y espiral como los principios esenciales que modelan a todas las plantas y los árboles. Manifestó que hay siete formas morfológicas como metamorfosis de la forma original de la especie: 1) las plantas herbáceas, en equilibrio con su tamaño y entorno; 2) los árboles frondosos, en donde predomina lo vertical y el ramaje que pone distancia al entorno; 3) las enredaderas, siempre en la búsqueda de luz; 4) las coníferas, totalmente verticales y rígidas; 5) las cactáceas, donde predomina lo periférico y absorbe todo lo que acontece en su entorno; 6) los arbustos, que se contentan con haber crecido sólo un poco, sin importarles llegar a ser un árbol; 7) las plantas montañosas, que llevan su energía a la consecución de la belleza: su flor, sin derrochar energía en el follaje.

Siguiendo esta idea, ¿podrías encontrarte dentro de alguna de estas categorías? ¿Cómo serían tus características humanas según estas morfologías? ¿Más arraigado a la tierra, más conectado con la luz, a merced del viento, o un híbrido de todos ellos?

GDP: Uy, qué grande es Goethe, digo, ese poder de observación. No sé, me parece que respondería un poco a cada una de estas categorías… según el día, el tiempo, la humedad, ja ja. A veces busco el equilibrio, otras me dejo llevar, y muchas veces necesito la luz. En la escritura, me parece, elijo las opciones según lo que el texto me pide, él (y no yo) es siempre la prioridad. Tierra, viento, luz. ¡Y que la literatura sea!



Gustavo Di Pace (1969). Publicó los libros de cuentos Los patios interiores, Libris de Longseller, 2003, Mi yo multiplicado, El chico del ataúd y Plan para la máquina de espejos, Alción Editora, 2011, 2014 y 2022 respectivamente, la novela Tuya es la sangre, en 2016 y el ensayo La escritura del Grito Primitivo, en 2018, bajo el mismo sello. Escribió además Para entrar en estado literario, Leer a Borges es como mirar el mar, Conceptuario (ensayos), Meditaciones, un ejercicio de escritura y respiración (poesía) y Crucifixión (novela) aún inéditos.

Publicó diversos textos en antologías y revistas de Argentina, México y España. Colaboró en la revista Reflexiones y Debates con su columna Mismidades y egomanías de un tal Vorazip y en CAM, la Web Cultural con reseñas de libros, películas y obras de teatro. 

Actualmente, coordina actividades literarias en el Centro Cultural San Martín y en su propio espacio: El Respiradero, Cursos & Talleres literarios, un lugar que intenta promover la creatividad y la expresión artística, no sólo con las herramientas clásicas de un taller literario, sino también a través de la lectura de textos y la reflexión sobre distintos temas inherentes al arte y el pensamiento, metodología primordial para lograr los objetivos.


Fuente: https://www.diariodeunanaturalista.com/entrevista-al-escritor-gustavo-di-pace/

lunes, 27 de noviembre de 2023

La paradoja camusiana, David Zane Mairowitz

 


Ser optimista aunque no se tenga esperanza,

Cuando se comprende el sentido filosófico del absurdo y se aprende a vivir con él, aparece una palabra clave: aventura. Y en la vida, o lo que haya de este lado de la muerte, reina una libertad suprema.

“No hay más que un problema filosófico realmente serio: el suicidio”.  Con este disparo ALBERT CAMUS (1913-1960) inicia su ensayo El mito de Sísifo, sin duda uno de los libros más influyentes de mediados del siglo XX. Si la vida no tiene sentido ni propósito, ¿para qué seguir viviendo? Camus afirma que al suicidio siempre se lo trató como un problema social. Para él, era una cuestión existencial —la única que verdaderamente cuenta.

Un suicidio “es preparado en el silencio del corazón del mismo modo que una gran obra de arte”. Morir a manos de uno mismo implica reconocer  “la falta de toda razón auténtica para vivir…” y la futilidad del sufrimiento.

En ausencia de un Dios o de un “juez” divino, el ser humano se vuelve a la vez el acusado y su propio juez, y tiene el derecho de autocondenarse. Kierkegaard, Fiódor Dostoiesvski, Fanz Kafka, Edmund Husserl y otros escritores que enfrentaron este absurdo, rechazaron la opción del suicidio y así se reconciliaron con lo irracional. Según Camús, esto los fuerza a aceptar que el afán humano de comprensión será negado y que el hombre permanecerá en un estado permanente de humillación.

En este punto Camus se vuelve crucial. Dice que no es mediante el suicidio como un ser humano se enfrenta con el absurdo, que hay que “morir sin reconciliarse y no en forma voluntaria. El suicidio es una falta de comprensión. De hecho la vida consiste en mantener vivo el absurdo, y para eso básicamente hay que observarlo”.

Vivir el absurdo significa, por sobre todo “una falta total de esperanza (que no equivale a la desesperación), un rechazo permanente (que no equivale a la renuncia) y una insatisfacción consciente (que no es lo mismo que ansiedad juvenil)”

De ello se infiere esta aparente contradicción:

“La vida será vivida más plenamente en la medida que no tiene sentido”

La falta de esperanza libera al hombre de toda ilusión acerca del futuro, y entonces es capaz de “vivir su aventura dentro de los límites de su tiempo de vida”.