sábado, 20 de noviembre de 2021

Andá a la peluquería, Di Pace, por Gustavo Di Pace

 


 Ahí estaba yo en la puerta del colegio, esperando a mi hija, pensando en temas trascendentales cómo qué interesante se torna una descripción literaria cuando otorga espíritu a las cosas y… por qué mis gatos se comen el papel higiénico y… todo a un mismo tiempo, qué escalofriante es estar de acuerdo con cada aseveración de Byung-Chul Han. Afuera de mi cabeza, la liviandad de la primavera se derramaba junto al sol entre las hojas de los árboles y, entonces, tomado por ese regalo de la naturaleza, traté de aquietar la mente. No tuve demasiado tiempo porque los chicos enseguida comenzaron a salir en fila, guiados por las maestra. De repente, cuando mi hija bajaba las escaleras con esa gracia tan suya, escuché desde algún lugar indefinido esa frase que era casi una orden: “Andá a la peluquería, Di Pace”. Es cierto que no era la primera vez que me la decían. Otras veces era acompañada con un “no seas ridículo”, “dejate de joder, a tu edad”, “estás hecho un viejo patético”, “te hacés el rockero” o “parecés un león” (y podría seguir, pero se haría demasiado largo el texto).

Dato no menor, el “amigo” que había hecho la “recomendación” es pelado. Así, su cabeza brillaba al sol de la tarde como una bola de billar (pero no se lo dije). Lo saludé constatando de nuevo la conexión entre su condición y mi frondosa cabellera rockera y nos fuimos con mi hija a casa. La charla con ella acerca de cómo le había ido en el colegio fue una pequeña tregua al pequeñísimo suceso que sumaba un asunto más a mis cavilaciones de ese día. “Papi, una paloma me hizo caca en el pantalón”, “ah, el viernes tenemos prueba de inglés”, “¿sabías que la profesora de Educación Física está embarazada?”. Pero ni bien llegamos y ella se preparó para tomar su clase de dibujo oriental por Zoom, comencé a enrollarme otra vez. No pensé que a esta altura de mi vida iba a estar pensando en asuntos tan triviales, tal vez asomaba cierta inseguridad nunca del todo superada, pero… ¿Por qué insistían en que me cortase el pelo? ¿Los escritores deberíamos llevar el pelo corto? ¿Era apenas una sugerencia estética?

Fui hasta el espejo y me miré. Más allá del paso inevitable de los años, me gustó la imagen que este me devolvía. Tampoco era para vanagloriarse pero… siempre fui un poco retro. En los años ochenta probablemente nadie me habría dicho nada. Ahora bien, yo sabía que llevar el cabello largo no sólo me diferenciaba de aquellos que usaban esos cortes de moda con gel y jopo que tanto detesto sino también de casi todos los correctísimos y prolijos compañeros de mi generación. Constatarlo, no lo puedo negar, me inunda de un secreto y mundano orgullo.

Me dispuse a seguir con mi trabajo, puse algo de Hendrix y fue entonces que un sinnúmero de caminos comenzaron a tenderse en mi cabeza, Era una compleja autopista, con ideas que se entrecruzaban y parecían confluir en una ruta que, de a poco, si los dioses eran benévolos, me iría dilucidando esta importantísima cuestión. Las ideas que surgieron, aparentemente inconexas, fueron las siguientes:

1) Muchos ya no buscan títulos o autores en las librerías sino que sólo compran lo que les “recomiendan” los medios y las redes. Parecen haber perdido el afán de descubrimiento que significa hurgar entre libros, palparlos, leer de qué tratan e investigar por cuenta propia.

2) El panóptico del que habla Foucault ha tomado nuevas formas y ya no sólo somos vigilados sino también direccionados.

3) En correspondencia con el ítem anterior, aquella idea de Heidegger de que no pensamos sino que somos pensados sería “tendencia” en los días que corren.

4) Siguiendo el punto anterior, no sólo perdimos la capacidad para resolver una mínima cuenta matemática porque la calculadora, la computadora o el celular lo hace por nosotros, sino que también perdimos la capacidad para esbozar unas pocas ideas propias: los medios, la posverdad y todo circuito de poder lo hace por nosotros.

5) Siguiendo también con el punto anterior, y como eslabones de una misma y larga cadena, ni bien uno se sale de la norma, del pensamiento común o de acción, es señalado y juzgado.

En conclusión, cada día que pasa firmamos una previsible acta de defunción, la del pensamiento propio. Y no creo necesario citar la Cábala, con esa idea de que detrás de diversos elementos que parecen estar lejos entre sí, hay una conexión. Ya lo decía, no tan metafísicamente y con una claridad escalofriante, Pancho Ibañez: “Todo tiene que ver con todo”.

Es justo decirlo: si diese entidad a los juicios de valor que he recibido a lo largo de mi vida ya debería haberme suicidado hace treinta y cinco años, así que la sugerencia de que visite al peluquero no deja de ser una mancha más al tigre, como se dice. Pero llama la atención cómo en una sociedad que proclama por un lado la igualdad y la tolerancia, permita por otro estos visos de tinte conservador, con todo lo que eso significa en los días de hoy, ideas cuyo crecimiento es exponencial en diversas partes del mundo. ¿No será mucho, Di Pace? Quizás. Pero es fácil corroborar que una sociedad enlatada, donde el criterio es moldeado por las modas, donde el que piensa o actúa distinto es “raro”, donde se naturaliza que un conductor de televisión salga en pantalla con un corte de pelo nuevo cada semana, o un político que nació en el jurásico no tenga una sola cana, sean lo aceptado. Y uno, que apenas probó otro look o es víctima de la nostalgia, sea hostigado con sugerencias y adjetivaciones de todo tenor. ¿No es extraño que una sociedad fast food como la nuestra realce las malas noticias convirtiéndolas en un espectáculo diario? ¿No les preguntan a todos aquellos que desean ser libres por qué votan a los que los volverán a someter y, qué casualidad, dichas corrientes están en contra de toda política de inclusión? Creo sinceramente que vivimos en una sociedad hipócrita, donde un negocio de venta de personalidades se fundiría, no porque no fuese buena idea ofrecerlas sino porque muchos están demasiado cómodos con sus pensamientos estereotipados.

Emerson, el escritor trascendentalista, dijo que los argumentos no convencen a nadie… Hermann Hesse afirma en Mi credo que es denunciante y adversario de su época, y habla de su tiempo como una “atmósfera de mentiras, codicia, fanatismo y vulgaridad”.

No puedo estar más de acuerdo con estos viejos camaradas. Qué fácil es instalar ideas en el rebaño. Fíjense que hasta dejarse el pelo un poco más largo deja en evidencia esta triste y casi maléfica verdad….

En estas reflexiones estaba cuando mi hija terminó su clase y me propuso jugar. La miré y le hice una contrapropuesta: salgamos a caminar, a reconocer pájaros por su canto y su color. Me miró entusiasmada, así que aquí dejo estas maquinaciones y anoticio a todos aquellos a los que mi “pelaje” parece quitarles el sueño: la calvicie ya asoma en la parte superior de mi cabeza, sin prisa y sin pausa. Quédense tranquilos. En cualquier momento deberé ir a la peluquería o el pelo se me caerá solo. Mientras tanto, juego a que el tiempo no pasa tan rápido. Como verán, tal vez sea un poquito patético, pero no molesto a nadie, sólo soy fiel a lo que me gusta y puedo jactarme de no juzgar a los demás ni levantar mi dedo acusador a nadie. Let it be, cantaban Los Beatles. Eso sí, el peluquero el otro día vio mi foto de perfil de Whatsapp y me mandó un audio corto y contundente: “Vení, Samson, en veinte minutos te hago el corte de Fantino”.

 

Gustavo Di Pace

sábado, 6 de noviembre de 2021

Charly García, nuestra Ave Fénix, Gustavo Di Pace

 


Se llama oído absoluto a la especialísima capacidad que permite identificar una nota sin referencia externa alguna. Al parecer, Mozart y Beethoven la tuvieron. Charly la tiene. ¿Podría ese oído absoluto ayudar a la composición de las letras de una canción? El vínculo entre música y poesía es estrecho (ambos trabajan el sonido, el silencio, el ritmo). ¿Puede una letra de canción ser poesía? Como respuesta, baste aquella idea de Robert Schumann que dice: “la estética de un arte es la de las otras; solamente difieren los materiales”, un concepto que concuerda con el de Friedrich Schlegel cuando afirma que todo arte encuentra sus leyes en la poesía.

Charly canta:

“Quiero verte desnuda / el día en que desfilen los cuerpos / que han sido salvados, nena / sola en una autopista / que tenga infinitos carteles / que no digan nada”

Hay una sensibilidad única en este fragmento de “Eiti Leda” (antes “Nena”, de Sui Generis), reescrita para su etapa en Serú Girán. Se sabe, varias letras de García pueden leerse como metáforas del estado de ánimo de un contexto social. Desde aquellos lejanos versos “la fianza la pagó un amigo / las heridas son del oficial” de “Confesiones de invierno” a títulos como “Juan Represión” y “Las increíbles aventuras del Sr. Tijeras”, tríada perteneciente a Sui Generis, Charly ha sido siempre un agudo alegorista de sus emociones y del país. Sus letras son caja de resonancia, sus letras son saetas que dan en el blanco.

A “Cómo mata el viento norte” de La Máquina de Hacer Pájaros, la banda que sucedió a Sui Generis, o “El fantasma de Canterville”, compuesta para León Gieco, incluida y luego censurada de la banda y disco homónimo Porsuigieco, Charly sumará también gemas como “A los jóvenes de ayer” “Canción de Alicia en el país” o “No llores por mí Argentina” de la mencionada Serú Girán. Para ese momento y con tan sólo 30 años, el músico ya tiene en su haber varios de los discos más importantes del rock de estas tierras. Pero el show recién comienza, claro. En el umbral de la recuperada democracia, nacerá un nuevo Charly, el de su etapa solista.

Así, sus nuevas letras se escriben inicialmente, yendo de la cama al living, pero surgen renovadas, sin perder ese modo auténtico de decir. Un artista en constante reinvención, creador de imágenes nuevas, cotidianas y existencialistas: “no ves que el mundo gira al revés” (Ojos de video tape) “Calambres en el alma / cada cual, tiene un trip en el bocho / difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo (Promesas sobre el bidet). Charly vuela, se vuelve faro (¿acaso ya no lo era?) y logra frutos de extraña y delicada belleza, de mágicas coloraturas.

Las definiciones acerca de lo que significa ser un poeta son diversas, Arthur Rimbaud arriesga que es un maldito, Víctor Hugo, un profeta, Fernando Pessoa, que es aquel que es capaz de “ponerse almas como trajes”. Todas estas aproximaciones caben a la figura de Charly García.

El tiempo transcurre y él, con ese “demasiado dolor” que lo lleva a recurrentes infiernos a partir de la década del noventa, logra recuperarse. Como el Ave Fénix, renace una y otra vez de sus cenizas y, poco a poco, se vuelve atemporal.

Títulos como “No bombardeen Buenos Aires”, “Inconsciente colectivo” “Los dinosaurios”, “Raros peinados nuevos”, “Adela en el carrousell”, “Filosofía barata y zapatos de goma” o, ya de su etapa Say no more, “Asesíname Stone” y “La máquina de ser feliz”, entre otros, le ponen letra y música a varios de nuestros sentimientos a lo largo de las generaciones. Siempre conmovedor, siempre al hueso, nuestro artista trabaja la paradoja como pocos y es bellísimo espejo. Por eso es tan grande, un artista del carajo, como se dice.

¿De dónde viniste, Charly? Sos luz, fuente, Grial. Como vos dijiste, no existe una escuela que enseñe a vivir. Mientras tanto, desarma y sangra, Charly, como nos pasa a todos. Pero en la carne, ya lo sabés, llevamos, como un adorado estigma, tu obra.

 

Gustavo Di Pace

lunes, 16 de agosto de 2021

Los ríos profundos, José María Arguedas (fragmento)

 



     ¡Zumbayllu! Antero trajo el primer zumbayllu al colegio. Los niños pequeños lo rodearon.

     -¡Vamos al patio, Antero¡

     Palacios corrió entre los primeros. Saltaron el terraplén y subieron al campo de polvo. Iban gritando:

     -¡Zumbayllu, zumbayllu!

    Yo los seguí ansiosamente. ¿Qué podía ser el zumbayllu? ¿Qué podía nombrar esa palabra cuya terminación me recordaba bellos y misteriosos objetos?

     El humilde Palacios había corrido casi encabezando todo el grupo  de muchachos que fueron a ver  el zumbayllu; había dado un gran salto para llegar primero al campo de recreo. Y estaba allí, mirando las manos de Antero. Una gran dicha, anhelante, daba a su rostro el esplendor que no tenía antes. Su expresión era muy semejante a la de los escolares indios que juegan a la sombra de los molles en los caminos que unen la chozas lejanas y las aldeas. El propio Añuco, el engreído, el arrugado y pálido Añuco, miraba a Antero desde un extremo del grupo: en su cara amarilla, en su rostro agrio, erguido sobre el cuello delgado, de nervios tan filudos y tensos, había una especie de tierna ansiedad- Parecía un ángel nuevo, recién convertido.

     Yo recordaba al gran Tankayllu, el danzarín cubierto de espejos, bailando a grandes saltos en el atrio de la iglesia. Recordaba también  también al verdadero Tankayllu, el insecto volador que perseguíamos entre los meses de abril y mayo. Pensaba en los pinkuyllus que había oído sonar en los pueblos del sur.

     Yo no pude ver el pequeño trompo ni la forma como Antero lo encordelaba. Me dejaron entre los últimos, cerca del Añuco. Sólo vi que Antero, en el centro del grupo, daba una especie de golpe con el brazo derecho. Luego escuché un campo delgado.

     Bajo el sol denso, el canto del zumbayllu se propagó con una claridad extraña; parecía estar henchido de esa voz delgada; y también toda la tierra, ese piso arenoso del que parecía brotar.

     -¡Zumbayllu, zumbayllu!


     Hice un gran esfuerzo, empujé a otros alumnos más grandes que yo y pude llegar al círculo que rodeaba a Antero. Tenía en las manos un pequeño trompo. La esfera estaba hecha de un coco de tienda, de esos pequeñísimos cocos grises que vienen enlatados. La púa era grande y delgada . Cuatro huecos  redondos, a manera de ojos, tenía la esfera. Antero  encordeló el trompo, lentamente luego lo arrojó. El trompo se detuvo un instante en el aire y luego  cayó, lanzando ráfagas de  aire por sus cuatro ojos, vibrando como un gran insecto cantador (...)

     Antero miraba el zumbayllu con un detenimiento contagioso. Así atento, agachado. Antero parecía asomarse desde otro espacio (...)

     -¡Quiero ver si tú puedes manejarlo! - me dijo, entregándome el trompo.
     Lo encordelé, lo lancé hacia arriba. El cordel se deslizó como una culebra entre mis manos, enderezó la púa y cayó, lentamente.
     -¡Sube, winku!

    El trompo apoyó la púa en un andén de la piedra más grande, sobre un milímetro de espacio. La púa era redonda y no rozaba en ella la púa.
     -¡Mira, Ernesto! - me dijo Antero´. No va a la montaña, sino arriba. ¿Derechito al sol!  Ahora a la cascada, winku. ¡Cascada arriba!

     El zumbayllu se detuvo y cambió de voz.

     -¿Oyes? -dijo Antero -. ¡Sube al cielo, sube al cielo! ¡Con el sol se va a mezclar.
     Cuando  empezó a bajar el tono del zumbido, Antero levantó el trompo. Me miró fijamente.

     -¡Guárdalo! - me dijo-. Lo haremos llorar en el campo, o sobre una alguna piedra grande del río. Cantará mejor todavía.

     Lo guardó en el bolsillo. Lo examiné despacio con los dedos. Era en verdad winku, es decir, deforme, sin dejar de ser redondo, y layk'a, es decir, brujo, porque  era rojizo con muchas difusas. Por eso, cambiaba de voz y de colores como si estuviera hecho de agua.

     -Si lo hago bailar,  y soplo su canto hacia la dirección de Chalhuanca, donde está mi padre, ¿llegaría hasta  sus oídos? - le pregunté.
     -¡Llega, hermano! Para él no hay distancia. Enantes subió al sol. Y su canto no se quema ni se hiela. Tú le hablas primero en uno de sus ojos, le das tu encargo, le orientas el camino, y después, cuando estás cantando, soplas  despacio hacia la dirección  que quieres, donde está tu padre y sigues dándole tu encargo. El zumbayllu canta al oído de quién espera. ¡Haz la prueba ahora, al instante!

     -¿Yo mismo tengo que hacerlo? 

     -Sí. Debe ser el que quiere dar el encargo. Háblale bajito -me advirtió.

     Puse los labios sobre uno de sus ojos.

     -"Dile a mi padre que estoy bien  -le dije al zumbayllu-; aunque mi corazón se asusta, estoy resistiendo. Y le darás tu  aire en la frente. Le cantarás para su alma".

     Lo encordelé cuidadosamente, y tiré la cuerda.

     -¡Corriente arriba del Pachachaca, corriente arriba! -grité.

     El zumbayllu cantó fuerte en el aire.

     -¡Sopla! ¡Sopla un poco! -exclamó Antero.

     Yo soplé hacia Chalhuanca, en dirección de la cuenca alta del gran río.

     Y el zumbayllu cantó dulcemente.

 


miércoles, 19 de mayo de 2021

Anotaciones de Borges sobre algunos poemas del Concurso La Nación 1963

 
 

13) Perplejidad sintáctica
14) Mejor que otros pero insensato
15) Inepto y escolar
16) No
17) Tampoco
18) Autóctono y prescindible
19) Superior a los anteriores
20) Malo, malazo
21) Curiosa ortografía
22) Irresponsable rimador
23) Caótico
24) Patriótico, más ilógico
25) Ilustrado y pésimo
26) Preocupado con cabello, no logra el acierto
27) Inepto
28) Incoherente
29) Enérgico y tosco
30) Feble
31) Enfático y agrícola
32) Vana, entusiasta y ridícula
33) Misterioso y estúpido
34) Acaso atendible

 

Y que la literatura sea!


 

viernes, 7 de mayo de 2021

Reflexión acerca de una frase de Julio Cortázar y celebración de su vida y obra

 


“Dar ese salto que me hiciera pasar del yo al tú y del tú al nosotros” dice nuestro querido cronopio en el libro Clases de literatura, que recoge sus charlas en Berkeley, Estados Unidos. La frase refiere a ciertos instantes cruciales en su obra pero admite, me parece, una interpretación excede el análisis descriptivo o técnico. Julio lo sabe, por supuesto. Escribir es un camino espiritual, es quitarse la ropa del yo y, acaso, resguarda un intento de comprensión que insta a lo humano y a la comunión entre cada uno de nosotros. En estos tiempos (en todos los tiempos) es una sabia y conmovedora propuesta. Hoy 7 de mayo, celebramos la obra cortazariana. Más info por aquí o escribiendo a gdipace@gmail.com

Saludos para todos y que la literatura sea.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

El poder de un nombre, Gustavo Di Pace


Con el tiempo, varios de nuestros conceptos, ilusiones, ideas, mutan, se transforman, toman otra resonancia. En mí caso, El Respiradero fue en su origen una novela trunca que se convirtió en un cuento, luego una columna en un medio y, por último, el nombre de mi taller. Está pensado como un espacio (un atajo) para adquirir herramientas, leer y escribir. Pero... hay algo anterior. ¿Por qué ese nombre, por qué el respiradero? La respuesta llegó desde el fondo de mi historia, allá lejos, cuando una noche, en mi cuarto, comencé a ahogarme. Recuerdo que la realidad de los objetos trastabilló y estuve a muy poco de cruzar el Aqueronte. Es decir, detrás de esa palabra había una historia y pervive, sólida y tajante, una necesidad. El Respiradero es entonces un intento de comprensión del hecho literario, un lugar donde el diálogo construye conocimiento, pero también es una asimilación y resignificación de ese instante crucial. Aspirar y expeler aire de los pulmones para tomar oxígeno, de eso se trata. Hoy más que nunca, El Respiradero se ha transformado en un pulmón colectivo donde la creación de textos y las lecturas de grandes autores y libros nos oxigena, nos enriquece y nos hace bien. Si pensar es agradecer, como afirma Heidegger, El Respiradero es un camino posible y es también mi agradecimiento. Un abrazo, gracias por estar y que la literatura sea.

Gustavo Di Pace

sábado, 5 de diciembre de 2020

Anotaciones para una autobiografía (fragmento), de Relámpagos de lo invisible, Olga Orozco

 

"Con el sol en Piscis y ascendente en Acuario, y un horóscopo de estratega en derrota y enamorada trágica, nací en Toay (La Pampa), y salí sollozando al encuentro de temibles cuadraturas y ansiadas conjunciones que aún ignoraba. Toay es un lugar de médanos andariegos, de cardos errantes, de mendigas con collares de abalorios, de profetas viajeros y casas que desatan sus amarras y se dejan llevar, a la deriva, por el viento alucinado. Al atardecer, cualquier piedra, cualquier pequeño hueso, toma en las planicies un relieve insensato. Las estaciones son excesivas, y las sequías y las heladas también. Cuando llueve, la arena envuelve las gotas con una avidez de pordiosera y las sepulta sin exponerlas a ninguna curiosidad, a ninguna intemperie. Los arqueólogos encontrarán allí las huellas de esas viejas tormentas y un cementerio de pájaros que abandoné. Cualquier radiografía mía testimonia aún ahora esos depósitos irremediables y profundos. Cuando chica era enana y era ciega en la oscuridad. Ansiaba ser sonámbula con cofia de puntillas, pero mi voluntad fue débil, como está señalado en la primera falange de mi pulgar, y desistí después de algunas caídas sin fondo. Desde muy pequeña me acosaron las gitanas, los emisarios de otros mundos que dejaban mensajes cifrados debajo de mi almohada, el basilisco, las fiebres persistentes y los ladrones de niños, que a veces llegaban sin haberse ido. Fui creciendo despacio, con gran prolijidad, casi con esmero, y alcancé las fantásticas dimensiones que actualmente me impiden salir de mi propia jaula. Me alimenté con triángulos rectángulos, bebí estoicamente el aceite hirviendo de las invasiones inglesas, devoré animales mitológicos y me bañe varias veces en el mismo río. Esta última obstinación me lanzó a una fe sin fronteras. En cualquier momento en que la contemple ahora, esta fe flota, como un luminoso precipitado en suspensión, en todos los vasos comunicantes con que brindo por ti, por nosotros y por ellos que son la trinidad de cualquier persona, inclusive de la primera del singular.


En cuanto hablo de mí, se insinúa entre los cortinajes interiores un yo que no me gusta: es algo que se asemeja a un fruto leñoso, del tamaño y la contextura de una nuez. Trato de atraerlo hacia afuera por todos los medios, aun aspirándolo desde el porvenir. Y en cuanto mi yo se asoma, le aplico un golpe seco y preciso para evitar crecimientos invasores, pero también inútiles mutilaciones. Entonces ya puedo ser otra. Ya puedo repetir la operación. Este sencillo juego me ha impedido ramificarme en el orgullo y también en la humildad. Lo cultivé en Bahía Blanca junto a un mar discreto y encerrado, hasta los dieciséis años, y seguí ejerciéndolo en Buenos Aires, hasta la actualidad, sin llegar jamás hasta la verdadera maestría, junto con otras inclinaciones menos laboriosas: la invisibilidad, el desdoblamiento, la traslación por ondas magnéticas y la lectura veloz del pensamiento. Mis poderes son escasos. No he logrado trizar un cristal con la mirada, pero tampoco he conseguido la santidad, ni siquiera a ras del suelo. Mi solidaridad se manifiesta sobre todo por el contagio: padezco de paredes agrietadas, de árbol abatido, de perro muerto, de procesión de antorchas y hasta de flor que crece en el patíbulo. Pero mi peste pertinaz es la palabra. Me punza, me retuerce, me inflama, me desangra, me aniquila. Es inútil que intente fijarla como a un insecto aleteante en el papel. ¡Ay, el papel! "blanca mujer que lee el pensamiento" sin acertar jamás. ¡Ah la vocación obstinada, tenaz, obsesiva como el espejo, que siempre dice "fin"! Cinco libros impresos y dos por revelar, junto con una pieza de teatro que no llega a ser tal, testimonian mi derrota. En cuanto a mi vida, espero prolongarla trescientos cuarenta y nueve años, con fervor de artífice, hasta llegar a ser la manera de saludar de mi tío abuelo o un atardecer rosado sobre el Himalaya, insomne, definitivo. Hasta el momento sólo he conseguido asir por una pluma el tiempo fugitivo y fijar su sombra de madrastra perversa sobre las puertas cerradas de una supuesta y anónima eternidad.

No tengo descendientes. Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros la tatuaron. Mi heredad son algunas posesiones subterráneas que desembocan en las nubes. Circulo por ellas en berlina con algún abuelo enmascarado entre manadas de caballos blancos y paisajes giratorios como biombos. Algunas veces un tren atraviesa mi cuarto y debo levantarme a deshoras para dejarlo pasar. En la última ventanilla está mi madre y me arroja un ramito de nomeolvides. ¿Qué más puedo decir? Creo en Dios, en el amor, en la amistad. Me aterran las esponjas que absorben el sol, el misterioso páncreas y el insecto perverso. Mis amigos me temen porque creen que adivino el porvenir. A veces me visitan gentes que no conozco y que me reconocen de otra vida anterior. ¿Qué más puedo decir? ¿Que soy rica, rica con la riqueza del carbón dispuesto a arder? "