Hubo una época de mi
vida en la que volvía siempre al mismo sueño. Recuerdo que Howlin me contó sobre
su capacidad para entrar en una ciudad que sólo existía en sus noches. Una vez
me dijo que estaba pavimentada
de estaño; otra, que la flanqueaban torres de aluminio y la sobrevolaban
cometas. Howlin iba a este
lugar que no reconocía en la vigilia y volvía a él como si la voluntad fuese
suficiente. Le aseguré sobre el carácter de recuerdo de aquellas arquitecturas,
fruto de sus constantes viajes, pero Howlin me dijo que no, que era su
“voluntad poderosa” la que le permitía aquella aventura íntima. Me dijo, como
en una nostalgia, que la ciudad de sus sueños no era como Monschau, Ravello o
Portree. Que era más pintoresca, me dijo, y que mientras la andaba, era feliz.
El lugar al que yo volvía, por el contrario, era un sitio más modesto. En mi
sueño la ciudad era un barrio, y ese barrio era el Wilde de mi infancia. En
esas noches mías caminaba y tocaba los timbres de las puertas de los vecinos, y
a mí no me agradaban las caras que ponían al verme. Era comprensible la
actitud, porque yo en aquel entonces era un chico de nueve años que cargaba con
un ataúd, como si fuese un portafolios, y en ese ataúd-portafolios, estaba su
(mi) padre muerto.
Me acuerdo de que una
vez visité a una vecina que estaba loca. Se murmuraba que cuando se dejaba ver
estaba en plena crisis, y que por eso no era recomendable tratar con ella. Pero
yo jamás hice caso a los comentarios insidiosos y fui a su casa igual. Creo que
la señora se llamaba Lucrecia. Era viejísima y tenía cara de pájaro. Me atendió
con una sonrisa, pero al minuto siguiente me corrió con una escoba. Yo corría y
corría con el ataúd de mi papá y la loca me insultaba y me tiraba escobazos. La
gente nos miraba y se quedaba estupefacta. Muchos se reían.
Otra noche, fui a lo de
un vecino al que le habían cortado las piernas, que en un tiempo se creyó,
según mi madre, amigo de mi viejo. Este señor, un hombre altanero como pocos,
me recibió y me dijo: “Pero si sos el chico del ataúd”. Luego miró el cajón y
fingió una pena casi graciosa. Agregó también unas palabras que se me
perdieron, y ya no me acuerdo qué pasó después.
En estos sueños yo no
era feliz, como sí lo era Howlin en los suyos.
Por si fuera poco, al
día siguiente, en la escuela, sufría un ataque de llanto. Prandoni, mi maestro
de cuarto grado, me consolaba, que sólo era un sueño, me decía. “Sí, pero mi
papá está muerto en todos lados”, le respondía yo. Y Prandoni se quedaba ahí,
tan alto, tan sorprendido.
Décadas más tarde volví
a esas calles de Wilde que visitaba en las noches de mi niñez. Era como si el
sueño se hubiese quedado dormido y, de pronto, se hubiese despertado. En él no
tenía nueve años sino los que tengo ahora, pero los vecinos sí tenían la misma
edad, y el barrio seguía siendo el de antes, con las mismas casas, los mismos
ritos y las mismas costumbres. Todavía pasaba el lechero, todavía festejábamos
el carnaval entre los vecinos y se contaban las mismas historias. En la mano,
como siempre, llevaba el ataúd de papá. Y escuchaba de nuevo, mientras tocaba
un timbre o doblaba una esquina, aquel comentario, como un murmullo bajito,
como lo son todos los murmullos: “Miren, miren, ahí va el chico del ataúd”.
Esta perpetuación del
sueño inquietante no me hacía bien. Y lo peor, parecía competir con mi vigilia,
porque hasta los espacios en que mi hija de seis meses se despertaba y mi mujer
le daba el pecho, se convirtieron en pequeñas treguas antes que en interrupciones
al descanso. En la penumbra cómplice, asistía al sabroso cuadro del
amamantamiento y cavilaba sobre lo que pasaría cuando apagásemos la luz. Era
como si el presente y el pasado, el sueño y la vigilia, reclamasen mi atención
y luchasen por tenerme consigo.
Supuse que Howlin podría
ayudarme. Si él podía entrar a la ciudad de la que me había hablado, tendría
buenos consejos para mí. Esa misma tarde lo llamé, y al día siguiente nos
encontramos en el primer piso del bar Manhattan, en Belgrano. Le conté acerca
del barrio de mis noches, de la loca que me corría con la escoba, del hombre
sin piernas que se decía amigo de mi viejo, y también de Lázaro, con quien me
había encontrado la noche anterior (dentro del sueño) y me había dado un abrazo
fuerte fuerte, como de reencuentro.
Howlin me escuchó como
siempre lo hacía, con gran concentración. Y no sólo eso, él, tan celoso de su
vida personal, me contó que había comenzado a soñar con aquella ciudad suya de
chico, y que con el nacimiento de su primer hijo, también había vuelto a ese
lugar. Le pregunté si ya era grande en ese sueño renacido. Howlin me miró como
si hubiese preguntado una obviedad. Tomó un sorbo de café y me dijo que sí. Luego,
reflexivo, agregó algo que me asombró. Dijo que a veces llevaba a los hijos a
esa ciudad. “Quizás si lograses llevar a tu hija a ese sueño tuyo, las cosas
serían de otro modo”.
Una noche (más o menos pasado un año y medio porque mi hija ya balbuceaba sus primeras palabras), mi sueño cambió. Apagada la luz, no volví al barrio de mi niñez, sino a un lugar distinto. No retuve los detalles, sólo sé que era un sitio con innumerables cañerías de agua y muchos pozos. Un entusiasmo inédito me llevó a recorrer aquel paisaje. Imaginé que algo así debía sentir Howlin cuando llegaba a una ciudad nueva, a Monschau, Ravello o Portree. Me pregunté si habría actuado en mí aquella voluntad poderosa que él pregonaba. La noche de la que hablo, dos veces nos despertamos porque la nena lloraba, y dos veces, al apagar la luz, volví a ese mundo otro, que mantenía elementos del sueño primordial.
Una vez, por ejemplo, caminé por una especie de recova antigua y, en un instante, el lugar se llenó de iguanas. Trepaban por las columnas, merodeaban por los corredores vacíos con las papadas enormes y los ojos vigilantes. En otra ocasión, vi a una mujer que reconocí enseguida: esa cara de pájaro aún no era viejísima (y aún no estaba loca).
Al despertar me sentí aliviado, porque en ese sueño, a pesar de que llevaba el ataúd, nadie me señalaba por eso, nadie se reía. “Fue más agradable y podría llevar a mi hija”, pensé mientras la ayudaba a pegar calcomanías en un álbum. Debía volver. Estaba claro que la conversación con Howlin había propiciado ese sueño distinto. Eso sí, debía resolver el asunto del ataúd. Estaba cansado de que mi viejo estuviese muerto en todos los lugares y, ahora, en aquella ciudad también.
“¿Y si desarrollase la voluntad poderosa de la que hablaba Howlin?” le dije a mi hija, que me miraba sonriente. ¿Y si pudiese lograr que mi viejo saliese de ese cajón?
A partir de este pensamiento, cada noche se transformó en una esperanza. Mi viejo saldría del ataúd y yo se lo presentaría a mi hija. “Este es tu abuelo”, le diría a ella; “esta es tu nieta”, le diría a él. Y yo, traspasadas las puertas del tiempo y del espacio y del dolor, dejaría de ser “el chico del ataúd”. Una noche de invierno, cuando mi hija y mi mujer se durmieron, comenzó ese pedido. “Salí, papá”, le pedí a mi viejo, “salí que te quiero presentar a tu nieta”. El ataúd seguía allí, silencioso y en mi mano. Le hablé en voz baja para que los vecinos no intuyesen lo que me proponía. No hubo respuesta. La noche siguiente yo tenía una llave. Era una llave extrañísima y sospechaba que abría toda clase de puertas. Comencé mi peregrinaje por el barrio (sí, había vuelto) y toqué varios timbres. Muchos vecinos pusieron las habituales caras de hartazgo, otros me recomendaron volver a casa, o ir a jugar por ahí (como si no viesen que yo tenía la edad que tengo hoy). Al instante, me crucé con el hombre sin piernas, y él hizo lo que otros no se habían animado a hacer: me preguntó por la llave. Con gran seguridad, le dije que la llave era para abrir el cajón de mi viejo. Entonces el hombre sin piernas estalló en una carcajada que debe haber oído hasta mi esposa, que dormía a mi lado. Luego, el hombre sin piernas se relamió el bigote y dijo que los ataúdes no están hechos para abrirse, sino para cerrarse. “Ay, este chico del ataúd”, agregó, y se fue de lo más tranquilo.
Mientras, la nena crecía, tanto como mi ansiedad por presentarle a su abuelo. ¿Cuándo sería el momento apropiado? Al fin, decidí abrir yo mismo el cajón. Llevaría el ataúd al jardín del fondo de casa y Lázaro me ayudaría con las herramientas de la ferretería del padre. La “arbitrariedad lúdica” haría eficientes un par de destornilladores y martillos. El problema fue que por dicha arbitrariedad lúdica, frente a la tapa silenciosa y la cruz, me despertaba. “La próxima noche lo abrimos”, le decía a Lázaro, o a mi voluntad poderosa.
Desesperado, una mañana llamé a Howlin. “Se fue a China, a Filipinas, a Europa del este”, me dijo su mujer. Como Marco Polo, Howlin seguía su vida tan distinta a la mía. Me pregunté qué ciudades conocería esta vez. Le mandé e-mails que no respondió (nunca lo hacía) y me sentí extrañado, tanto como Prandoni, mi maestro de cuarto grado cuando desestimaba sus palabras de aliento.
Por si fuera poco, tuve la mala idea de contarle a mi mujer sobre el sueño. Le conté de mi viejo en el cajón, de mis ganas de abrirlo para que saliera, de mis deseos de invitar a nuestra hija al sueño para presentarle al abuelo, le conté de Howlin y de su ciudad.
“Vos y tus amigos”, me dijo.
La noche de la discusión con mi mujer (debido a su comentario,
obviamente, discutimos) escuché algo que me dejó atónito. Eran como las crepitaciones
de la noche, a las cuales se les encuentran los significados más fantásticos.
La nena y la madre ya se habían
dormido. Vislumbré sus caras como quien asiste a un rito y, al taparme con la
frazada, adentrándome en el necesario e inminente abandono de mí, los sentidos
se confundieron y me encontré sobre un
precipicio. ¿Dónde estaba? Advertí la existencia de muchísimas cuerdas y una
bola de fuego que, sorpresiva e intimidante, rayó el cielo. Comencé a temblar.
Era un cometa. Y pasó
otro y otro. Cometas que atravesaban el cielo mientras caminaba esas calles
desconocidas con el ataúd en la mano. “No tengas miedo, papá”, dije mirando al
cajón. Lo que ocurrió tras aquel espectáculo inimaginable, confirmó lo que me
figuraba al ver los cometas: estaba en la ciudad de Howlin. Mientras cruzaba
una plazoleta, vi a uno de sus hijos caminar entre la gente. Llevaba con
mucho cuidado una pecera. La imagen de ese chico con la pecera, más grande que
él, me pareció más alucinante que los cometas de ese cielo extranjero. Ni que
hablar cuando agudicé la vista y me pareció que dentro de la pecera estaba el
mismísimo Howlin, nadando feliz en su mundo de agua. Boquiabierto, me oculté
detrás de una escultura (en el lugar había estatuas, obeliscos y otros
monumentos), pero aún así creo que el chico me vio. Llevado por el miedo, salí corriendo como si la loca con
la cara de pájaro me persiguiese con la escoba.
Tiempo después, sentí
que había llegado el momento apropiado para que mi hija conociese al abuelo.
Una noche, en su habitación y al apagar la luz de la lámpara, le dije: “Hoy,
cuando estemos durmiendo, nos vamos a encontrar y te voy a presentar al
abuelo”. Yo no sabía cómo le iba a presentar a su abuelo porque todavía no
había abierto el ataúd para que él saliera, pero ella me miró con esa carita
que tiene y me dijo: “Pero, papi, ¿el abuelo no está en el cielo?”. Miré al
cielorraso de la pieza y le dije que sí, pero que era otro cielo, “un cielo que
en este sueño mío se puede alcanzar”. Antes de que cerrara los ojos, la miré
cómplice, pero ella no me devolvió el sentimiento. Apenas me metí en la cama,
mi mujer me dijo por enésima vez (aún semidormida podía hacer estas cosas) que
no me olvidara al día siguiente de llamar al sodero, al electricista y a la
administración del edificio. Me acosté con un hueco en el estómago, pero se me
pasó mirándola dormir. Como era de esperar, esa noche mi hija no vino. A la
mañana siguiente, el reproche se me escapaba hasta en mi forma de besar a la
nena, de darle las galletitas para el desayuno. Mi mujer me preguntó qué me
pasaba y le dije que nada. Nuestra hija estaba tan contenta como siempre, armaba
un rompecabezas y parecía haber olvidado lo que le había dicho la noche
anterior.
Un día, Howlin llegó. Me
acuerdo de que me enteré por Facebook y le escribí, pero no respondió a mis
mensajes (nunca lo hacía). Al final lo llamé por teléfono. Su voz sonaba como
vencida, me dije que hasta Marco Polo podía agotarse ante los constantes viajes
de Howlin. Quedamos en hablar, porque “la semana viene complicada”, me dijo. No
sé cuántas veces lo llamé (él nunca lo hacía). Los meses pasaron. Nunca
podíamos combinar un encuentro. ¿Le habría contado el hijo que yo había entrado
en su ciudad? En mi interior, me enojé con él, parecía un buen pibe cuando
cargaba aquella pecera enorme con el mismísimo Howlin nadando feliz en su mundo
de agua.
Por la noche, movido por
un deseo de revancha, regresé a esa ciudad que no era mía y vi a Howlin
besándose con una mujer negra de la que me había hablado. Me oculté otra vez y
pensé qué diría la esposa si lo viera. Me sentí un poco tonto. Ella no tendría
por qué enterarse y yo no sería un delator. Por supuesto, eso no me excusó.
Comprendí que estaba llegando demasiado lejos. Acaso mi voluntad poderosa no
era tan mía tampoco, porque yo no pertenecía a ese sueño, sino al del Wilde de
mis noches: con vecinos que se burlaban de mí pero que habían sido solidarios
cuando mi madre murió (si hasta me abracé con algunos de ellos cuando la
descubrí en la cama fría, si hasta me abracé con una mujer policía también).
Así, no sólo comencé a tener miedo de encontrarme con Howlin en su ciudad, sino
también de toparme con él en la vigilia. Dejé de llamarlo. Si algún día el azar
lo disponía, nos encontraríamos. Además, no sabía cómo reaccionaría ante lo que
había pasado; con suerte se reiría, porque todos se reían del chico del ataúd.
Durante el desayuno del
día siguiente, no pude evitar contarle a mi mujer acerca del sueño, esta vez,
con lujo de detalles, excepto el asunto de Howlin con la mujer negra (yo mismo había
pensado en ella las últimas dos veces que habíamos tenido sexo). Le hablé de
los cometas, le reiteré en voz baja que deseaba abrir el ataúd para que nuestra
hija conociese al abuelo. Mi mujer, tal vez porque no encontró un gesto más
apropiado, frunció el ceño y lo que seguro quiso decirme, me lo dijo al final
la nena, riéndose, con la boca llena de Mendicrim: “Papi, mamá dice que estás
loco”. Será por eso que no le conté de mis siguientes sueños en aquella ciudad
que no era la mía (no me costó asumirme como un intruso, casi un traidor).
Tampoco le conté de la vez en la que me crucé con Lázaro y que, al
final, frente a la tapa silenciosa y la cruz, no nos animamos a quitarla,
porque incluso dentro del sueño teníamos miedo de violar alguna ley suprema.
Tras varias semanas, el
azar dispuso el encuentro con Howlin. Fue en el Barrio Chino, frente a un
bazar. Yo estaba nerviosísimo. Buscamos un bar, nos sentamos y pedimos un café.
No era digno de sentarme frente a él. Me costaba mirarlo a la cara. Sus ojos no
eran los mismos. Me pregunté qué habrían visto en ese viaje último, qué ciudad
nueva. “¿Pudiste llevar a tu hija a tu sueño? Decime, decime”, dijo, y me miró
como si yo tuviese algún secreto que revelar. Me quedé mudo. Howlin volvió a
preguntarme. Sus manos estaban rígidas sobre el pocillo. Yo no sabía qué hacer.
Al final le conté un sueño que no había soñado. Le conté que mi hija conoció mi
barrio, que tenía puesto un vestidito así y asá, unos zapatitos azules, y que
le había presentado al abuelo, que al fin había salido del ataúd. Le conté que
los vecinos nos saludaban y nos felicitaban. Y que estábamos contentos, llegaba
mi mamá, y hasta venía la mujer policía con la que lloré la muerte de mi mamá.
Howlin se mostró conmovido. ¿Qué está pasando? me pregunté. “Vas a ver que
ahora vas a dejar de ser el chico del ataúd”, me dijo. “Ya somos padres, Di
Pace”. Yo puse una cara que tenía que ver más con el desconcierto que con la
felicidad. Acto seguido hablamos de su viaje, de música, de libros y hasta de
lo mucho que le gustaba el budín de pan. Cuando nos despedimos, sospeché que
Howlin ya sabía lo que estaba ocurriendo. Ojalá, porque a mí me hubiese gustado
contarle que en realidad el sueño de la noche anterior había sido otro. En él,
yo recorría su ciudad otra vez; en él, volvía a escuchar el mismo comentario
estigmatizado: “miren, miren, ahí va el chico del ataúd”. No le conté que el
ataúd estaba más liviano. Recuerdo que buscaba a Lázaro para que me ayudase a
abrirlo pero no lo encontraba (debía estar en mi otro sueño). Decepcionado,
volvía a mi casa y abría el cajón yo, sin herramientas, sin hacer fuerza, y
descubría que mi viejo no estaba. Veía el tul que recubría el interior, los
volados como flores tristes, pero yo no me sentía feliz: él se había ido. Yo
salía a buscarlo y, de repente, veía a la mujer negra que había estado con
Howlin, que se acercaba felina, en dulcísimo tabú, mirándome fijo a los ojos. Yo
me excusaba ante mí mismo diciéndome que esa mujer no había sido su novia. “No
es la novia de Howlin, no es la novia de Howlin”, me decía. Entonces, dejaba el
ataúd a un costado, la encaraba y teníamos sexo contra un paredón. A
continuación, escuchaba la voz de mi hija, que tenía unos siete años y venía
desde el extremo opuesto del muro. Me preguntaba por el abuelo, mientras
señalaba el ataúd que estaba a mi lado. Yo le decía que el abuelo se había ido
y le mostraba el interior del cajón. Ella miraba y yo, para que no se afligiera,
la invitaba a tomar un helado. Esto es lo que no pude contarle a Howlin. Y no
le conté lo que más culpa me daba, que no busqué por mucho tiempo más a mi
viejo, que el ataúd lo dejé en una especie de baldío en esa ciudad que era
suya, disimulado entre un montón de ramas cortadas.
Esa fue, al menos hasta
hoy, la última vez que vi a Howlin, que miró el pocillo y dijo que tenía que
irse cuanto antes, que la familia lo esperaba porque esa noche cenaban afuera.
Recuerdo que me miró con ojos transparentes, acuáticos, se calzó la mochila que
siempre llevaba y se fue, sin mayores preámbulos ni epílogos. Al rato vino el
mozo y pagué el café. Somos padres, me había dicho Howlin. Sí, es verdad,
Howlin, me dije a mí mismo, mientras lo veía perderse entre la gente, allá
afuera. Con el gusto del café aún en la boca, presentí que había perdido un
amigo.
Al rato llamé a mi mujer
y me contó que la pediatra había dicho que la nena estaba bien, que vuelva para
control en un año. Un atisbo de felicidad asomó en mi espíritu machucado, infeliz.
Después dijo que pasarían por la casa de mis suegros. Salí del bar y ya comencé
a extrañarlas. Miré alrededor, pensé que si me hubiesen dado a elegir, hubiese
preferido transitar el barrio de mis sueños, o la ciudad de Howlin donde había
abandonado el ataúd de mi padre, antes que asomarme a esas calles y a ese cielo
sin cometas. Anduve como un zombi y pensé que al llegar a casa escucharía un
disco de Rush, podría andar desnudo por los cuartos, leería algo de Iannelli.
Apuré el paso, con una libertad agridulce, de perro sin dueño, de hombre abrumado.
¿Estaré loco? ¿Tendrá razón mi mujer?
Al salir de la ducha,
ella llamó… que se quedaban a cenar en lo de mis suegros, que más tarde nos
veríamos en casa, que no me preocupe. Mi soledad y yo estaríamos juntos un rato
más. Puse Moving pictures y me tiré
en el sillón del living. Me acordé del momento del parto, me acordé de la
primera vez que besé a mi hija, me acordé de ese abrazo que nos dimos con mi
mujer, me acordé de una foto en blanco y negro en la cual estábamos mi viejo y
yo abrazados, y de cuando mi hija y yo miramos la foto, como espejados los
tres; él y yo desde la foto en blanco y negro, ella y yo desde este presente.
El ciclo, el todopoderoso, se cumplía.
¿Dónde estaría él,
ahora? Porque si había salido del ataúd, había despertado de la muerte, por lo
menos, de esa muerte. En estas reflexiones estaba cuando, como una revelación,
sonó el timbre.
© Gustavo Di Pace, de El chico del ataúd, Alción Editora, 2014
