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miércoles, 13 de agosto de 2025

Efecto Eckels, Gustavo Di Pace



                                                                                                                                                       a Ray Bradbury


En 1938 se descubrió la fisión nuclear; Leopoldo Lugones se suicidó en una isla de Tigre; y ese mismo año Superman comenzó a pelear contra el mal en una historieta eterna. Además, llegó a la Argentina, exactamente el 2 de febrero, el Kerguelen, un barco proveniente de El Havre que transportaba a muchos inmigrantes, entre ellos, el matrimonio de Konrad y Anny, y sus hijos Katarzyna, Michal y Maria. El barco fue desguazado en 1955.

En dicho año también pasaron muchas cosas.

En 1955 nació, por ejemplo, la actriz Isabelle Adjani; en Alabama, Rosa Parks negó el asiento del ómnibus a un blanco; y Allen Ginsberg leyó su poema Howl en la Six Gallery de San Francisco. Asimismo cayó el gobierno de Perón, tras su intento de asesinato en el bombardeo que las fuerzas rebeldes perpetraran en la Casa de Gobierno (él estaba en el Ministerio de Guerra). Muchos lo recuerdan: volvería a la presidencia recién en 1973.

El enigma al que llamamos tiempo continuó y, en este año, 1973, también pasaron muchas, muchísimas cosas.

Michal, hermano de Katarzyna y Maria, estudió el idioma de los cetáceos (pronto sus anhelos de conocimiento derivaron a la exobiología). Ya había pasado el Domingo Sangriento en Irlanda del Norte; ya se habían separado los Beatles tres años antes y, por si fuera poco, San Lorenzo ya había ganado el campeonato Metropolitano que dejaría de jugarse en 1984.

Este será un año muy particular en la vida de aquellos inmigrantes que llegaron en el Kerguelen antes del desguace definitivo en un astillero de Alemania. Porque más allá de que Konrad y Anny habían muerto hacía mucho y la biblioteca global era un secreto a voces, Katarzyna y Maria se habían casado y separado y, en el medio, la maternidad las iluminó. Sí. Dos hermanas europeas con hijos argentinos mientras el mundo paría y paría: hijos ideas muertes sobrevidas locuras y grandezas diversas.

Luego, la hija de Katarzyna probaría en poco más de dos décadas y durante unas vacaciones, las branquias artificiales en el lago de un país centroamericano. Después, el hijo de Maria sería el futuro desarrollador de las velocidades hiperlumínicas que permitirían, entre otros descubrimientos, los viajes en el tiempo.

Corría el año 1992 cuando Nelson Mandela ganó el Nobel de la Paz que en 1984 ganó su coterráneo Tatu, cuando Israel y el pueblo de Palestina firmaron la paz, por lo menos hasta el año en que Nirvana revolucionó el mundo del rock con Smells like teen spirit y Ruanda sufría sus etnias encontradas, que los hijos de los hijos de los muertos, por fin, nacieron.

Los años comenzaron a derretirse ante la capa de ozono mientras los occidentales compraban los regalos para esa Navidad que, sin dilación, fue la del 2001 y las Torres Gemelas caídas. A su vez, llegó el 2010 con China y su obvio liderazgo mundial en la Ciudad Flotante de la Nueva Tierra.

Acto seguido, el hijo de la ya muerta Maria chequea su crédito y llama a través del teléfono celular a un vehículo DAV que desciende en la terraza del edificio. Y la hija de la ya muerta Katarzyna programa su control de herencia para agrandar la familia y lee las nuevas noticias sobre los mapas de Piri Reis, hacía cientos de años tan enigmáticos y ahora tan claros.

El tiempo es manipulado en el número del calendario digital de cada hogar, el tiempo fijo por el que pasamos y que acusa ya el año 2014, vacila, se ablanda. Por eso hay que cuidar el recuerdo, alimentarlo, mientras vuelven a la vida los primeros aventureros de la criogenia, mientras se viralizan por Internet las fotos de la pelea que Ringo Bonavena le ganó al recién bautizado Muhammad Ali hace tantos años atrás o Argentina pierde el Mundial 86 frente a la Alemania comunista.

Es entonces cuando la cuarta mujer del hijo del hijo del hijo de Maria, fanático de aquel antiguo cantante Michael Kiske y minero espacial, ve con su fotoscopio el contorno de la aún vigente Ciudad Flotante de la Nueva Tierra y sospecha que algo no es como siempre. El testimonio se confirma: está llegando la séptima camada de viajeros espaciales y dicen no reconocer el entorno. No lo afirman por la nueva geografía y las pocas banderas que quedaron, ni por los libros apócrifos de las pocas bibliotecas subterráneas actuales, ni por la base extraterrestre habilitada en el fondo del Mar X2 (varias décadas atrás conocido con el nombre de Océano Índico) sino porque otros hechos en apariencia insignificantes no concuerdan con lo que ellos sabían o creían saber antes de regresar al año del cual partieron, el 2055.

Se arma una junta de investigaciones secreta y llegan a fantásticas conclusiones: la primera es que la historia, ligeramente reescrita, ya no tendría sentido en un mundo así porque las versiones se multiplicarían ad infinitum; la segunda resulta ser de índole policial: uno de los viajeros, un tal Eckels, violó una de las reglas básicas del tour de caza de dinosaurios en el que participó. ¿La prueba? Una mariposa muerta reposaba su fin y su don de destino en la suela de una de sus botas.

Apostilla:

¿Y qué de Michal, Katarzyna, Maria y sus respectivos hijos? Michal no tuvo descendencia aunque coqueteó muchos años con una androide. Su sino fue incierto: la avioneta solar que piloteaba nunca apareció, se sabe que sobrevolaba el Gran Río de los Delfines. Respecto a Katarzyna y Maria, sus cuerpos fueron exhumados de los antiguos cementerios y puestos en suspensión en un lugar no identificado por razones judiciales. En cuanto a los hijos, uno fue clonado varias veces (la hija de la primera) y es imposible identificar al original; el otro, de gustos musicales extravagantes, tiene por hobby el absurdo oficio de la escritura.

de Plan para la máquina de espejos, Gustavo Di Pace (Alción Editora, 2022)

 

lunes, 25 de noviembre de 2024

Portada y texto de contratapa de Conceptuario, de Gustavo Di Pace

 

Conceptuario es la construcción íntima de una mirada. En sus páginas Gustavo Di Pace compendia aquellas palabras e ideas que tienen resonancia para él, sea por lo que significan, por un recuerdo que despiertan, por su eufonía o por una misteriosa emoción. Pero no sólo eso, mientras lo hace, la creación surge y se manifiesta a través de neologismos que son también hallazgos, epifanías. Así, conceptos como adagio del pensamiento, Grial personal, cielo poético, voluntad poderosa, yo multiplicado o ese que postula una poética, el Grito Primitivo, conforman lo que podríamos llamar el universo dipaceano.

Un libro de estas características, en el cual no están exentos la ironía y el humor, aplaude el vocabulario, estimula la imaginación y honra el objetivo mismo de toda literatura: el trabajo con la palabra.


lunes, 4 de noviembre de 2024

Presentación de Conceptuario, Sala Augusto Raúl Cortázar de la Biblioteca Nacional / 31 de octubre de 2024

Hola amigos

¿Cómo están? Comparto las primeras postales de la presentación de Conceptuario, mi séptimo hijo, en la Sala Cortázar de la Biblioteca Nacional. Las fotos son de mi amigo Gabriel Palmioli. Gracias a la institución, a Luis Franc y Alejandra Pultrone por sus palabras, y gracias como siempre a los lectores por el apoyo a mi obra todos estos años. Seguimos escribiendo. Y que la literatura sea, siempre.

















martes, 5 de marzo de 2024

Entrevista al escritor Gustavo Di Pace en Diario de una naturalista

 


Entrevista al escritor Gustavo Di Pace

«Para lograr textos genuinos debemos imaginar, correr el velo y acercarnos tal vez a la cosa en sí, a lo real, a la voluntad ciega… Mientras los pulmones respiren y la sangre bulla, mientras el transcurso nos afirme el presente, hurgaremos como topos en lo que no tiene nombre, y quizás, la belleza tome forma».


Al llegar, Gustavo Di Pace rompe con cualquier estereotipo. Tiene el pelo largo y canoso como el de un rockero de los años setenta. Viste jeans, remera blanca, una cruz egipcia y zapatillas Topper negras. Pasó apenas los cincuenta años, busca minuciosamente en el aire cada palabra que dice y mira a los ojos cuando habla. En su obra leemos a un escritor distinto, basta hojear libros como El chico del ataúd, Mi yo multiplicado, La escritura del Grito Primitivo o Plan para la máquina de espejos, entre otros, para comprobarlo.

ED: Bueno, imagino que ya te lo habrán dicho… antes que un escritor parecés un músico de rock.

GDP: Sí, sí, me lo dijeron, pero para mí ambos mundos van de la mano. Ahí tenés gente como Jim Morrison, Bob Dylan, los Iron Maiden, todos se nutren de la literatura. Y acá tenemos al mismísimo Charly y al Flaco Spinetta haciendo poesía en cada canción. En mi caso, yo leí y escribí desde que tengo uso de razón ¿sabés? y en su momento también toqué la guitarra eléctrica, mi banda se llamaba Grito.

ED: Ah, ahora entiendo la conexión con tu Grito Primitivo…

GDP: Claro, siempre estuvo ese concepto, fijate que al principio, allá por mis años adolescentes, se respiró como rebeldía, y ahora se transformó en un grito de identidad artística, la máxima aspiración, me parece.

ED: Estoy de acuerdo. Y seguramente debe haber otro vínculo entre el Di Pace lector y el que escribe…

GDP: Creo que sí, lo noto en la variedad de lecturas y en lo que escribo después. A mí me gusta leer de todo, la ciencia ficción de Stanislaw Lem y Philip Dick, admiro profundamente la poesía de Hugo Mujica y Laura Yasan, en el género cuento Felisberto Hernández me encanta, adoro los escritos de René Daumal también…Todas estas lecturas dejan su huella en la escritura, y aunque después nacen textos muy diferentes de los leídos, es cierto que hay un coqueteo con diversos géneros, estilos, formas.

ED: Siguiendo con lo que decís, tus libros son distintos entre sí, La escritura del Grito Primitivo, por ejemplo, se constituye casi como un manifiesto, con relámpagos de poesía y de ficción. Y Plan para la máquina de espejos, tu nuevo trabajo, se ubica dentro del género cuento, pero considerando su estructura ¿podría ser también un diario personal novelado?

GDP: Sí, sí, podría ser, un diario personal en el que el protagonista, Lucio Pietrángelo, anota las historias que ve en los paneles de la máquina que inventa. No le pone fecha, pero es de algún modo un diario, tenés razón.  

ED: Claro, y tambíén me llamó la atención la portada, que cuenta con un dibujo de Robert Fludd titulado La dualidad primordial. Si recordamos otro de tus libros, Mi yo multiplicado, no creo que sea inocente esa ilustración...

GDP: Bueno, aunque yo no elijo las portadas de mis libros, es cierto que esta última se la sugerí yo al editor (se refiere a Juan Carlos Maldonado, de Alción Editora, los libros de Gustavo Di Pace fueron publicados en su mayoría por este sello). Creo también que, efectivamente, habría una posible conexión entre ambas tapas. En la de Mi yo multiplicado hay dos hombrecitos sentados leyendo espalda con espalda, y es fragmento de una obra de Pieter Brueghel el Viejo. Por otro lado, la tapa de Plan para la máquina de espejos, que en realidad refiere a una visión hermético-cristiana y esotérica que nada tiene que ver con el aparato tecnológico al que se refiere en el libro, podría vincularse con la ilustración de Mi yo multiplicado… o sea, las duplicaciones, los espejos como metáforas de la identidad…

ED: La ucronía “Efecto Eckels” es un homenaje a Ray Bradbury, a quien incluso has conocido personalmente. ¿Cuánto influenció en tu obra?

GDP: Hum, no lo sé, pero todo es influencia: lo que vivimos, los libros que leímos, las películas que vimos, los sueños, las historias que nos contaron… Y sí, tuve el gusto de estrechar la diestra del gran Bradbury allá por 1997, cuando vino a la Feria del libro local.

ED: Bueno, antes de recomendar a los lectores tus dos últimos libros, finalizo esta entrevista con una pregunta que será un clásico en el Diario. 

Goethe consideraba las tendencias vertical y espiral como los principios esenciales que modelan a todas las plantas y los árboles. Manifestó que hay siete formas morfológicas como metamorfosis de la forma original de la especie: 1) las plantas herbáceas, en equilibrio con su tamaño y entorno; 2) los árboles frondosos, en donde predomina lo vertical y el ramaje que pone distancia al entorno; 3) las enredaderas, siempre en la búsqueda de luz; 4) las coníferas, totalmente verticales y rígidas; 5) las cactáceas, donde predomina lo periférico y absorbe todo lo que acontece en su entorno; 6) los arbustos, que se contentan con haber crecido sólo un poco, sin importarles llegar a ser un árbol; 7) las plantas montañosas, que llevan su energía a la consecución de la belleza: su flor, sin derrochar energía en el follaje.

Siguiendo esta idea, ¿podrías encontrarte dentro de alguna de estas categorías? ¿Cómo serían tus características humanas según estas morfologías? ¿Más arraigado a la tierra, más conectado con la luz, a merced del viento, o un híbrido de todos ellos?

GDP: Uy, qué grande es Goethe, digo, ese poder de observación. No sé, me parece que respondería un poco a cada una de estas categorías… según el día, el tiempo, la humedad, ja ja. A veces busco el equilibrio, otras me dejo llevar, y muchas veces necesito la luz. En la escritura, me parece, elijo las opciones según lo que el texto me pide, él (y no yo) es siempre la prioridad. Tierra, viento, luz. ¡Y que la literatura sea!



Gustavo Di Pace (1969). Publicó los libros de cuentos Los patios interiores, Libris de Longseller, 2003, Mi yo multiplicado, El chico del ataúd y Plan para la máquina de espejos, Alción Editora, 2011, 2014 y 2022 respectivamente, la novela Tuya es la sangre, en 2016 y el ensayo La escritura del Grito Primitivo, en 2018, bajo el mismo sello. Escribió además Para entrar en estado literario, Leer a Borges es como mirar el mar, Conceptuario (ensayos), Meditaciones, un ejercicio de escritura y respiración (poesía) y Crucifixión (novela) aún inéditos.

Publicó diversos textos en antologías y revistas de Argentina, México y España. Colaboró en la revista Reflexiones y Debates con su columna Mismidades y egomanías de un tal Vorazip y en CAM, la Web Cultural con reseñas de libros, películas y obras de teatro. 

Actualmente, coordina actividades literarias en el Centro Cultural San Martín y en su propio espacio: El Respiradero, Cursos & Talleres literarios, un lugar que intenta promover la creatividad y la expresión artística, no sólo con las herramientas clásicas de un taller literario, sino también a través de la lectura de textos y la reflexión sobre distintos temas inherentes al arte y el pensamiento, metodología primordial para lograr los objetivos.


Fuente: https://www.diariodeunanaturalista.com/entrevista-al-escritor-gustavo-di-pace/

domingo, 26 de julio de 2020

Cena con sombrero, Gustavo Di Pace


Se sabe que la literatura es reescritura; la historia, también. Aquí les dejo otra versión de los hechos...






CENA CON SOMBRERO

 La Ibarguren llega a La Cabaña. Para estar en ese restaurant hizo un largo viaje. Y el viaje empezó en Junín, cuando la comadrona Juana le dio la bienvenida en medio de un llanto ilegítimo. Después vinieron muchas cosas que ahora son recuerdo: la muerte del padre y el comienzo de la pobreza, las mudanzas, la mirada despectiva de los otros, la llegada a Buenos Aires en busca de un destino. La Ibarguren se sienta, y espera causar una buena impresión en los demás. Además del coronel, que la invitó y ahora le hace un chiste sobre su sombrero, están Mercante y una mujer que luego sabrá que se llama Rita o Isabel. Ella no retiene el nombre exacto. Debe ser porque ese asunto de los nombres es un tema delicado para ella. La Ibarguren se presenta como Duarte, porque así lo hace desde que llegó a la ciudad y comenzó su carrera de actriz.
La Duarte observa el lugar, y para ello debe levantar un poco el sombrero. Alguien desliza otro comentario. ¿Qué pasa con su sombrero? Mira al coronel, al resto de los invitados, y trata de descubrir alguna mirada cómplice, una leve sonrisa, un soslayo. Nadie agrega nada. Luego se pierde en los detalles arquitectónicos y decorativos del lugar. Sabe que, años atrás, nunca había imaginado estar en un sitio como ese.
Después de leer el menú piden sus platos. Mira al coronel. Se muestra gentil. Está claro que sabe tratar a una dama (si se olvida de su broma con el sombrero, claro). Y se pregunta qué pasaría si el coronel supiera sus orígenes. Quizás después, no mucho, el coronel comparta con ella las humildades del pasado.
El mozo llega con la cena. El servicio es excelente. Ni hablar de la comida. Exquisita, servida con elegancia y sencillez. La Duarte (no la Ibarguren, o un poco sí), se siente cómoda aunque es un ambiente extraño aquel. Y no porque no lo conozca. Sus últimos tiempos le han regalado momentos como ese. Es extraño porque los invitados que tiene alrededor, que no son artistas, que no quieren serlo, tienen poder. Sí, es eso. Dos de ellos lo tienen, no la mujer que se llama Rita o Isabel. Y a ella, a la Duarte, le atrae el poder. No le molesta admitirlo. Será por eso que compró dos años atrás el departamento de la calle Posadas, con un cierto dejo de revancha luego de vivir en casas prestadas y pensiones. Acaso por eso está allí cenando con esa gente. Pero sabe también que el departamento de la calle Posadas lo adquirió con su trabajo. Y ese poder, la Duarte lo intuye, le gustaría tenerlo para ayudar a otros. Con suerte el coronel sigue así de galante, no le hace otra broma con el sombrero y en el futuro se podría hacer algo. “Si hubiese más justicia” reflexiona la Duarte mientras termina su plato. Pero qué justicia si se vino lo de San Juan, flor de terremoto se vino. Y ella en medio de ese lujo, si hasta le da algo de culpa. Por suerte el evento de beneficencia en el Luna Park del cual fue partícipe recaudó bastantes fondos. Y por esas cosas del destino que vino a buscar, le presentaron allí al coronel. A ese que tiene al lado y ahora se ríe otra vez porque alguien, ¿Mercante? le hace otra broma con el sombrero. Y dale con el sombrero. Está claro que ellos no saben de moda ni entienden a una artista. No le gusta la risa del coronel. Bueno, en realidad sí le gusta. Es una risa campechana, amable, que da confianza. Lo que no le gusta es el motivo de la risa, que ya no sabe si es provocada por su sombrero o por ella. ¡Ay! Había sido tan amable hasta ese momento el coronel. La primera broma vaya y pase, se dice la Duarte, pero las que siguieron... No habrá ninguna más, se promete. En su cara se nota aquella íntima decisión, porque los otros, al verla, dejan de reírse y cambian de tema como si nada hubiese ocurrido.
Ahora llega el mozo con los postres. Su humor también se endulza. Si la viesen los de Junín, aquellos que la marginaron, aquellos que la quisieron. La noche en La Cabaña se diluye con las horas y el vino de los vasos. Sonríe. Y hasta piensa que a pesar de las bromas no le cae mal la gente con la que comparte la cena. Qué bueno que al final no se levantó de la mesa, piensa la Duarte. Estuvo a punto de hacerlo. El destino que, junto a sus descamisados queridos, la llamaría Evita, sigue en pie. Pero… una nueva broma cae sobre la mesa (o sobre el sombrero). Ofendida, ahora sí Eva se levanta con ánimo de retirarse. El coronel la toma del brazo con mano desesperada. Ella no debe irse, quizás él lo sepa porque le parece absurda la situación o, lo que es más probable, lo intuya porque en algún lugar de sí, respira un destino inminente, compartido. Pero el orgullo de la mujer es grande, sólido como esa cadena de sueños que, uno a uno, fue haciendo realidad. Eva sale entonces con paso firme por la puerta de La Cabaña. Hacia otras calles y hacia otro tiempo. Y es así que a partir de esa noche, de ese umbral, todo se distorsiona, se enrarece, se vuelve maleable y es vértigo y calma y hondura. Así, en unos pocos años, ella logra el triunfo definitivo en su carrera de actriz. Bajo el nuevo gobierno de la Unión Democrática de Tamborini, Eva Duarte llega incluso a ser primerísima figura en el mercado mexicano. Pronto se casa con un europeo (¿suizo, holandés?), y se instala junto a su marido en la región del Languedoc, al sur de Francia. Más tarde, el matrimonio tiene dos hijos y uno de ellos cumplirá una secreta venganza: será el juez que tres décadas después enviará a la cárcel al coronel que pretendía hacerse de la presidencia en 1946 y que molestaba a su madre con chistes de poca monta (una causa inventada a modo de reparación a la honra de la prestigiosa actriz). De Mercado y la mujer que se llama Rita o Isabel, nada que destacar. Se sabe que no todos escriben la historia. Y en La Cabaña se conserva aquella mismísima mesa desde la cual, cuenta la leyenda, Eva Duarte eligió otra vez hacerse dueña de su destino. Un sombrero más que llamativo, donación de la actriz, paga con creces la curiosidad de los turistas. 

Gustavo Di Pace

miércoles, 14 de junio de 2017

DIOS GUARDE A VUESTRA SEÑORÍA, Gustavo Di Pace, El chico del ataúd, Alción Editora, 2014




                          
                              “Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu”
                                                                                                                          Antonin Artaud



El asunto es comenzar. Encontrar el momento o la voluntad. A veces con una idea es suficiente. Otras alcanza con un muerto. Sobre todo en un lugar como este: ventanas pintadas de negro, pinceladas desprolijas de la brocha, columnas erosionadas, carcomidas. Mi función es pasar en limpio, sin metáforas, sin imaginación. ¿Anotar el peso de un cerebro es un modo de entender? ¿Y describir las vísceras de un frasco? Quién sabe. El forense ni se lo plantea, su profesión excede esta clase de preguntas. Menos lo hacen el obductor o el eviscerador. Con el trabajo de estos tipos el lenguaje se me estrangula. ¿Cómo referirse al serruchado de cuerpos, la quita de vísceras y su enfrascado, para luego devolver el contenido a su lugar original, a semejanza de las bolsitas con los menudos del pollo en el supermercado? Nada de imaginación ante una bola de papeles de diario en el espacio craneal donde antes hubo un cerebro. Palabras más muertas que los muertos. Y yo acá, tratando de no volverme loco, en un intento de resucitación de lo que queda de mí, contaminado por los pisos llenos de agua y de sangre de aquella sala, con esta mirada rota, sola y silenciosa con el correr del tiempo y mis recibos de sueldo.
Quiero imaginar un rato antes de que llegue el otro informe: la historia del hombre que tiene un sueño recurrente y descubre que en realidad ese sueño fue su otra vida, o aquella en la cual alguien intenta recordar sus primeros dos años a través de la técnica del grito primitivo, o preguntarme qué se muere cuando alguien se muere. Por supuesto, es difícil concentrarse en este lugar. No me olvido de que estoy trabajando. Como sea, somos todos parásitos acá dentro, la fauna cadavérica acumulada en la parte de atrás de una morguera que junta cuerpos para hacer menos viajes. Tal vez no me diferencie del forense, ni del obductor, ni del eviscerador. Quizás yo tampoco nací para la reflexión o los grandes pensamientos. Con suerte llego a la queja o a estas digresiones. Y ni siquiera estoy muerto, como el que vivirá en estos párrafos, porque me llega un informe nuevo. Me lo dan como si me dieran una taza de café. Una nueva nada que me obliga a escribirla, en este mismo instante y, de repente, llena de voluntad. Es que esto es algo así como la muerte y su descripción, la muerte y sus palabras. Sin metáforas, sin imaginación.

Autopsia número 453, de la hora 09.15.

En cumplimiento de lo dispuesto por Vuestra Señoría hemos practicado en la Morgue Judicial la autopsia al cadáver de un hombre, remitido por la Policía Seccional 7º como perteneciente a quién sabe si es importante el nombre de esta muerte que ahora se escribe y nace como Pedro Oscar Corradini, de nacionalidad argentino, de 81 años de edad, domiciliado en Av. Rivadavia 3132, el 2 de agosto de 2008, a las 23.00 hs, en su domicilio y sin vida.

Actuaciones: Muerte por causas dudosas de criminalidad.

Y claro, se viene la duda porque este muerto parece que dio el último respiro con la sorpresa de alguien que abre los ojos en mitad de la noche y se queda quieto, quietito como el cadáver de un hombre de buen desarrollo óseo y muscular, en buen estado de nutrición, de talla 1.80 mts. Color blanco, cabello canoso, ojos negros, nariz, boca y orejas medianas, peso en kgs: 80, envergadura 1.75 cms. De la dentadura del tipo, perdón, del cadáver, se solicita informe odontológico. Me resisto, me duele escribir así, pero debo seguir con mi trabajo y pasar en limpio las córneas opacas, las pupilas dilatadas y la rigidez parcialmente conservada, un examen traumatológico que a la inspección de este tipo, perdón, de este cadáver, presenta las siguientes lesiones: orificio de bala en región epigástrica y sí, pobre el hombre yéndose de a poco, de repente, sin esperar la víspera, sorprendido, porque acá no llegan las muertes soñadas, aunque pensándolo bien las muertes son todas iguales, y lo único que cambia es si uno está despierto o dormido, y si está dormido mejor, así la conciencia no se entera de lo que se viene, no se entera de esta masa encefálica que pesa 1500 gr, edema leve, huesos del cráneo sin lesiones y meninges: congestión. Así es la parca, se va apoderando de todo y lo hace sin meterse más que con un pedazo de plomo, bien adentro y ahí se termina la cosa, así de fácil para este Pedro Nosecuánto con mucosa en los labios y lengua normal, con faringe y esófago sin particularidades y laringe y tráquea sin particularidades y con tórax normal también,

Mediastino: Normal.
Pleuras: Sin adherencias, cavidades vacías.
Pulmón derecho: Sin particularidades, pesa 480 g.
Pulmón izquierdo: Sin particularidades, pesa 460 g.
Pericardio: Vacío libre.
Corazón: tamaño normal, pesa 350 g, coágulos cruóricos.
Válvulas: Sin particularidades.
Aorta: Ateromatosa. Válvulas: Sin particularidades.
Pulmonar: Normal.

Y acá estoy, más muerto que este muerto que escribo, y que los términos sean los de la ciencia porque si no, se mea fuera del tarro. Quisiera extraviar este lenguaje prestado, como hacen los buenos artistas, evitarlo para recuperarme, para ser ese que fui y se malogró hace años, antes de que los estados crepusculares se conviertan en esta larga noche, el comienzo de esta muerte, de este diafragma que es normal, un estómago con solución de continuidad de aspecto traumático y 1,5 cm x 0.4 cm en cara anterior, y cómo terminar con esto que nunca debió haber comenzado, la potente claudicación de los sueños, el ominoso camino hacia la locura, la historia de este muerto que me abruma, la de su mucosa con intensa hemorragia, su hígado congestivo, la vesícula normal, el páncreas congestivo, los intestinos meteorizados, la cavidad peritoneal que es una colección hemática de aproximadamente 2 litros, y esto sigue feo para cuando llego a los riñones y están congestivos, y la próstata es normal y ni siquiera pudo echarse un cloro el ñato, porque tiene 500 cm3 de orina clara, y qué alivio mear fuera del tarro, es como echarse el cloro que no se echó este muerto, salirme de sus restos y olfatear la libertad, porque tal vez aún no soy un fantasma, quizás Pedro Nosecuánto pueda revivir en esta autopsia, y los testículos y pene normales y el recto, periné y esfínter sin particularidades, ¿no?
Pero… es raro este informe. Es que uno hace tiempo que no se come los mocos, porque si las conclusiones dicen que la muerte del tipo, perdón, del cadáver, fue producida por una herida de bala, en región epigástrica que efracciona piel, plano musculoaponeurótico, peritoneo y pared de cara anterior gástrica, con hemorragia masiva hacia la cavidad peritoneal, entonces algo no está bien porque yo no estuve ahí, pero me pregunto qué tienen que ver los pulmones llenos de agua con la herida de bala, y encima se pide

examen histopatológico de encéfalo, corazón, fragmento de pulmón y riñones cuyos resultados nos sean remitidos por el Servicio de Histopatología de la Morgue Judicial,

y además se pide

examen de grupo sanguíneo y factor RH cuyo resultado se eleva.

Y por si fuera poco se pide

investigación de alcohol etílico y metílico en sangre cuyo resultado se eleva.

Y

se solicitan dos radiografías, cuyo informe será elevado una vez que nos lo remita el Servicio de Radiología de la Morgue Judicial.

Además se piden

fotografías,

sí…

fotografías que serán elevadas una vez que nos lo remita el Servicio de Fotografía de la Morgue Judicial,

o sea, lo único que puedo sospechar es que acá hay gato encerrado aunque guardemos

vísceras en frasco Nro. 1,
estómago y su contenido; en frasco Nro. 2,
trozos de distintas vísceras, en frasco Nro. 3,
orina para que los Sres. Peritos Químicos efectúen el estudio toxicológico de las mismas, cuyo resultado será elevado directamente a ese Tribunal por el Servicio de Toxicología de la Morgue Judicial.

Sí, me quiero salir de este modo de escribir, porque encima es absurdo que se pida también

Humor vítreo para investigar droga.
Hisopado rectal para investigar esperma.
Hisopado nasal para investigar cocaína.
Hisopado bucal para investigar esperma.

¿Se creen que soy boludo?
Debo resistirme a estas paredes frías y falsamente asépticas. Debo recuperar aquellos estados de felicidad y ese espíritu de mis redacciones, el del pequeño lector que iba a la biblioteca del colegio a retirar un ejemplar de la colección Robin Hood, para tolerar mejor el otro lado de la película, el que nadie quiere ver y yo veo acá por unos mangos a fin de mes. Pero apenas si puedo recuperar a Pedro Nosecuánto. Apenas porque ahí entra el forense, él y su culo alevosamente sucio, porque no hay lenguaje técnico que defina mejor la profunda y casi literal significación de estas palabras. Ahí está, mirándome siempre hacia algún lugar por arriba de las cejas, como hacen los locos. Así y todo, si él anota que los pulmones están llenos de agua y a su vez hay una herida de bala que provoca esos pulmones llenos de agua, yo tengo que dar cuenta de eso y por escrito. Tal vez me animo y le digo que si se quiere falsear un protocolo de necropsia no puede caer en semejante error, que la estupidez en su caso es un miedo atroz a la inteligencia. Pero seguro que a él no le importa. Nada importa en un lugar cómo este. El ambiente nos sopla en la cara su aire de finitud.
Ahora él me mira otra vez hacia algún lugar de mi frente, con su cara estereotipada y recibida, y me pregunta si terminé mi trabajo. Yo le pongo cara de tipo aplicado y le digo que ya casi. El tiempo se despereza hasta que llega la unidad de traslado otra vez. Un ciclo que se cumple a rajatabla, porque hace años que vienen llegando las morgueras, y yo estoy aquí, viendo las camillas con las bolsas negras y el olor negro y acre que lo contamina todo. Es una pena que la mayoría de las veces uno que espichó sea el detonante de mis palabras. No hay caso, la parca es la gran motivadora. Pero ahora el forense me desconfía, lo veo acercarse, quiere ver en qué ando, y yo debo evitar que él vea lo que escribo.
Ahí viene nomás, lo hace a grandes pasos, como si la velocidad fuese posible en este sitio lento, soporífero. Se me ocurre atajarlo con el recurso más simple, le pregunto por la familia, esa familia pseudo perfecta que se ve en el portarretrato de su escritorio. Con esa mujer que probablemente escucha sus historias de laburo día a día: “hola, mi amor, hoy llegaron cinco muertos, el último lo dejé para mañana” o “no sabés, nos llegó el cadáver de tal famoso” o “adiviná cuántos gusanos contamos en el cuerpo de un viejito la otra tarde”. Y lo peor de todo, ese hijo que se ve en la foto. Pobre pibe, me digo, admirar a un padre como este.
El forense se detiene, se queda como una estatua y sonríe. El choque entre sus palabras científicas y mis palabras desesperadas no se concreta. Respiro aliviado, y le digo “ya casi” otra vez.
Qué ganas de mandarlo al frente, yo que salía mejor compañero en el colegio, que me votaba todo el mundo, que veía el pizarrón con mi nombre lleno de cruces. Pero sería como una confirmación de que la vida y la muerte me pasaron por encima. Sí, demasiadas cruces, demasiados votos que no terminaron en nada. Hace rato que dejé de ser una promesa.
 Resisto, en esta vulnerable dignidad que aún se sostiene, por azar, por negligencia o por magia. Ventanas pintadas de negro, pinceladas desprolijas de la brocha, columnas erosionadas, carcomidas. El tiempo vago, los frascos, las camillas, los delantales de plástico y las paredes cómplices.
Entonces el forense contesta, dice que su familia está bien, y no agrega más que los comentarios típicos. Habla del tiempo, del dólar, del partido ganado por Independiente a Boca, de la Copa Davis. Luego, mira para otro lado y yo le digo que no se preocupe, que el protocolo ya casi.
Rato después se va con el caminar correctísimo que tienen los individuos como él, y al que se le revuelven las tripas es a mí, porque no sé qué hacer con todas estas palabras, tajantes como los cuchillos que usan acá, porque los bisturíes se oxidan y se van del presupuesto. El inconsciente líquido se me derrama sobre los hechos y me abandona, llega hasta los pisos llenos de agua y de sangre de aquella sala.
Perdoname, Pedro Nosecuánto, porque no me voy a meter donde no debo, que alguien que no soy yo se crea entonces que te moriste de un paro cardiorrespiratorio no traumático, igualito que mi vieja, a la que también le hicieron una autopsia porque viste cómo es esto, ahora le hacen una autopsia a todo el mundo, hasta a una señora de ochenta y pico de años muerta con una lapicera en la mano mientras miraba el noticiero. Olvidémonos lo de la bala y lo de los pulmones llenos de agua.
En fin, andá a saber qué fue lo que se murió cuando te moriste, o si tuviste un sueño que en realidad era tu vida anterior, o si llegaste a dar el grito primitivo y te acordaste de tus primeros dos años. Lo escribiré en otro momento, en otro lugar, y con un poquito más de ánimo. Por ahora, que vivan tu mediastino, tu pleura, tus pulmones, tu pericardio y el resto de tus tripas. Y que pidan los informes que quieran. Radiografías cuyo resultado se eleva, fotos cuyo resultado se eleva y estudio toxicológico cuyo resultado se eleva.
A esta altura es mejor ser uno más y a la mierda las metáforas y la imaginación, porque si abro el pico y el forense o algún buchón de la Morgue se entera, hasta capaz que pierdo el laburo, y además de sentirme un pobre tipo que ni siquiera merece estas palabras que vos sí mereciste, a mi modo, como pude, lo único que me faltaría es no tener un mango ni para cigarrillos.                                                                                            

Dios guarde a Vuestra Señoría