miércoles, 14 de junio de 2017

DIOS GUARDE A VUESTRA SEÑORÍA, Gustavo Di Pace, El chico del ataúd, Alción Editora, 2014




                          
                              “Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu”
                                                                                                                          Antonin Artaud



El asunto es comenzar. Encontrar el momento o la voluntad. A veces con una idea es suficiente. Otras alcanza con un muerto. Sobre todo en un lugar como este: ventanas pintadas de negro, pinceladas desprolijas de la brocha, columnas erosionadas, carcomidas. Mi función es pasar en limpio, sin metáforas, sin imaginación. ¿Anotar el peso de un cerebro es un modo de entender? ¿Y describir las vísceras de un frasco? Quién sabe. El forense ni se lo plantea, su profesión excede esta clase de preguntas. Menos lo hacen el obductor o el eviscerador. Con el trabajo de estos tipos el lenguaje se me estrangula. ¿Cómo referirse al serruchado de cuerpos, la quita de vísceras y su enfrascado, para luego devolver el contenido a su lugar original, a semejanza de las bolsitas con los menudos del pollo en el supermercado? Nada de imaginación ante una bola de papeles de diario en el espacio craneal donde antes hubo un cerebro. Palabras más muertas que los muertos. Y yo acá, tratando de no volverme loco, en un intento de resucitación de lo que queda de mí, contaminado por los pisos llenos de agua y de sangre de aquella sala, con esta mirada rota, sola y silenciosa con el correr del tiempo y mis recibos de sueldo.
Quiero imaginar un rato antes de que llegue el otro informe: la historia del hombre que tiene un sueño recurrente y descubre que en realidad ese sueño fue su otra vida, o aquella en la cual alguien intenta recordar sus primeros dos años a través de la técnica del grito primitivo, o preguntarme qué se muere cuando alguien se muere. Por supuesto, es difícil concentrarse en este lugar. No me olvido de que estoy trabajando. Como sea, somos todos parásitos acá dentro, la fauna cadavérica acumulada en la parte de atrás de una morguera que junta cuerpos para hacer menos viajes. Tal vez no me diferencie del forense, ni del obductor, ni del eviscerador. Quizás yo tampoco nací para la reflexión o los grandes pensamientos. Con suerte llego a la queja o a estas digresiones. Y ni siquiera estoy muerto, como el que vivirá en estos párrafos, porque me llega un informe nuevo. Me lo dan como si me dieran una taza de café. Una nueva nada que me obliga a escribirla, en este mismo instante y, de repente, llena de voluntad. Es que esto es algo así como la muerte y su descripción, la muerte y sus palabras. Sin metáforas, sin imaginación.

Autopsia número 453, de la hora 09.15.

En cumplimiento de lo dispuesto por Vuestra Señoría hemos practicado en la Morgue Judicial la autopsia al cadáver de un hombre, remitido por la Policía Seccional 7º como perteneciente a quién sabe si es importante el nombre de esta muerte que ahora se escribe y nace como Pedro Oscar Corradini, de nacionalidad argentino, de 81 años de edad, domiciliado en Av. Rivadavia 3132, el 2 de agosto de 2008, a las 23.00 hs, en su domicilio y sin vida.

Actuaciones: Muerte por causas dudosas de criminalidad.

Y claro, se viene la duda porque este muerto parece que dio el último respiro con la sorpresa de alguien que abre los ojos en mitad de la noche y se queda quieto, quietito como el cadáver de un hombre de buen desarrollo óseo y muscular, en buen estado de nutrición, de talla 1.80 mts. Color blanco, cabello canoso, ojos negros, nariz, boca y orejas medianas, peso en kgs: 80, envergadura 1.75 cms. De la dentadura del tipo, perdón, del cadáver, se solicita informe odontológico. Me resisto, me duele escribir así, pero debo seguir con mi trabajo y pasar en limpio las córneas opacas, las pupilas dilatadas y la rigidez parcialmente conservada, un examen traumatológico que a la inspección de este tipo, perdón, de este cadáver, presenta las siguientes lesiones: orificio de bala en región epigástrica y sí, pobre el hombre yéndose de a poco, de repente, sin esperar la víspera, sorprendido, porque acá no llegan las muertes soñadas, aunque pensándolo bien las muertes son todas iguales, y lo único que cambia es si uno está despierto o dormido, y si está dormido mejor, así la conciencia no se entera de lo que se viene, no se entera de esta masa encefálica que pesa 1500 gr, edema leve, huesos del cráneo sin lesiones y meninges: congestión. Así es la parca, se va apoderando de todo y lo hace sin meterse más que con un pedazo de plomo, bien adentro y ahí se termina la cosa, así de fácil para este Pedro Nosecuánto con mucosa en los labios y lengua normal, con faringe y esófago sin particularidades y laringe y tráquea sin particularidades y con tórax normal también,

Mediastino: Normal.
Pleuras: Sin adherencias, cavidades vacías.
Pulmón derecho: Sin particularidades, pesa 480 g.
Pulmón izquierdo: Sin particularidades, pesa 460 g.
Pericardio: Vacío libre.
Corazón: tamaño normal, pesa 350 g, coágulos cruóricos.
Válvulas: Sin particularidades.
Aorta: Ateromatosa. Válvulas: Sin particularidades.
Pulmonar: Normal.

Y acá estoy, más muerto que este muerto que escribo, y que los términos sean los de la ciencia porque si no, se mea fuera del tarro. Quisiera extraviar este lenguaje prestado, como hacen los buenos artistas, evitarlo para recuperarme, para ser ese que fui y se malogró hace años, antes de que los estados crepusculares se conviertan en esta larga noche, el comienzo de esta muerte, de este diafragma que es normal, un estómago con solución de continuidad de aspecto traumático y 1,5 cm x 0.4 cm en cara anterior, y cómo terminar con esto que nunca debió haber comenzado, la potente claudicación de los sueños, el ominoso camino hacia la locura, la historia de este muerto que me abruma, la de su mucosa con intensa hemorragia, su hígado congestivo, la vesícula normal, el páncreas congestivo, los intestinos meteorizados, la cavidad peritoneal que es una colección hemática de aproximadamente 2 litros, y esto sigue feo para cuando llego a los riñones y están congestivos, y la próstata es normal y ni siquiera pudo echarse un cloro el ñato, porque tiene 500 cm3 de orina clara, y qué alivio mear fuera del tarro, es como echarse el cloro que no se echó este muerto, salirme de sus restos y olfatear la libertad, porque tal vez aún no soy un fantasma, quizás Pedro Nosecuánto pueda revivir en esta autopsia, y los testículos y pene normales y el recto, periné y esfínter sin particularidades, ¿no?
Pero… es raro este informe. Es que uno hace tiempo que no se come los mocos, porque si las conclusiones dicen que la muerte del tipo, perdón, del cadáver, fue producida por una herida de bala, en región epigástrica que efracciona piel, plano musculoaponeurótico, peritoneo y pared de cara anterior gástrica, con hemorragia masiva hacia la cavidad peritoneal, entonces algo no está bien porque yo no estuve ahí, pero me pregunto qué tienen que ver los pulmones llenos de agua con la herida de bala, y encima se pide

examen histopatológico de encéfalo, corazón, fragmento de pulmón y riñones cuyos resultados nos sean remitidos por el Servicio de Histopatología de la Morgue Judicial,

y además se pide

examen de grupo sanguíneo y factor RH cuyo resultado se eleva.

Y por si fuera poco se pide

investigación de alcohol etílico y metílico en sangre cuyo resultado se eleva.

Y

se solicitan dos radiografías, cuyo informe será elevado una vez que nos lo remita el Servicio de Radiología de la Morgue Judicial.

Además se piden

fotografías,

sí…

fotografías que serán elevadas una vez que nos lo remita el Servicio de Fotografía de la Morgue Judicial,

o sea, lo único que puedo sospechar es que acá hay gato encerrado aunque guardemos

vísceras en frasco Nro. 1,
estómago y su contenido; en frasco Nro. 2,
trozos de distintas vísceras, en frasco Nro. 3,
orina para que los Sres. Peritos Químicos efectúen el estudio toxicológico de las mismas, cuyo resultado será elevado directamente a ese Tribunal por el Servicio de Toxicología de la Morgue Judicial.

Sí, me quiero salir de este modo de escribir, porque encima es absurdo que se pida también

Humor vítreo para investigar droga.
Hisopado rectal para investigar esperma.
Hisopado nasal para investigar cocaína.
Hisopado bucal para investigar esperma.

¿Se creen que soy boludo?
Debo resistirme a estas paredes frías y falsamente asépticas. Debo recuperar aquellos estados de felicidad y ese espíritu de mis redacciones, el del pequeño lector que iba a la biblioteca del colegio a retirar un ejemplar de la colección Robin Hood, para tolerar mejor el otro lado de la película, el que nadie quiere ver y yo veo acá por unos mangos a fin de mes. Pero apenas si puedo recuperar a Pedro Nosecuánto. Apenas porque ahí entra el forense, él y su culo alevosamente sucio, porque no hay lenguaje técnico que defina mejor la profunda y casi literal significación de estas palabras. Ahí está, mirándome siempre hacia algún lugar por arriba de las cejas, como hacen los locos. Así y todo, si él anota que los pulmones están llenos de agua y a su vez hay una herida de bala que provoca esos pulmones llenos de agua, yo tengo que dar cuenta de eso y por escrito. Tal vez me animo y le digo que si se quiere falsear un protocolo de necropsia no puede caer en semejante error, que la estupidez en su caso es un miedo atroz a la inteligencia. Pero seguro que a él no le importa. Nada importa en un lugar cómo este. El ambiente nos sopla en la cara su aire de finitud.
Ahora él me mira otra vez hacia algún lugar de mi frente, con su cara estereotipada y recibida, y me pregunta si terminé mi trabajo. Yo le pongo cara de tipo aplicado y le digo que ya casi. El tiempo se despereza hasta que llega la unidad de traslado otra vez. Un ciclo que se cumple a rajatabla, porque hace años que vienen llegando las morgueras, y yo estoy aquí, viendo las camillas con las bolsas negras y el olor negro y acre que lo contamina todo. Es una pena que la mayoría de las veces uno que espichó sea el detonante de mis palabras. No hay caso, la parca es la gran motivadora. Pero ahora el forense me desconfía, lo veo acercarse, quiere ver en qué ando, y yo debo evitar que él vea lo que escribo.
Ahí viene nomás, lo hace a grandes pasos, como si la velocidad fuese posible en este sitio lento, soporífero. Se me ocurre atajarlo con el recurso más simple, le pregunto por la familia, esa familia pseudo perfecta que se ve en el portarretrato de su escritorio. Con esa mujer que probablemente escucha sus historias de laburo día a día: “hola, mi amor, hoy llegaron cinco muertos, el último lo dejé para mañana” o “no sabés, nos llegó el cadáver de tal famoso” o “adiviná cuántos gusanos contamos en el cuerpo de un viejito la otra tarde”. Y lo peor de todo, ese hijo que se ve en la foto. Pobre pibe, me digo, admirar a un padre como este.
El forense se detiene, se queda como una estatua y sonríe. El choque entre sus palabras científicas y mis palabras desesperadas no se concreta. Respiro aliviado, y le digo “ya casi” otra vez.
Qué ganas de mandarlo al frente, yo que salía mejor compañero en el colegio, que me votaba todo el mundo, que veía el pizarrón con mi nombre lleno de cruces. Pero sería como una confirmación de que la vida y la muerte me pasaron por encima. Sí, demasiadas cruces, demasiados votos que no terminaron en nada. Hace rato que dejé de ser una promesa.
 Resisto, en esta vulnerable dignidad que aún se sostiene, por azar, por negligencia o por magia. Ventanas pintadas de negro, pinceladas desprolijas de la brocha, columnas erosionadas, carcomidas. El tiempo vago, los frascos, las camillas, los delantales de plástico y las paredes cómplices.
Entonces el forense contesta, dice que su familia está bien, y no agrega más que los comentarios típicos. Habla del tiempo, del dólar, del partido ganado por Independiente a Boca, de la Copa Davis. Luego, mira para otro lado y yo le digo que no se preocupe, que el protocolo ya casi.
Rato después se va con el caminar correctísimo que tienen los individuos como él, y al que se le revuelven las tripas es a mí, porque no sé qué hacer con todas estas palabras, tajantes como los cuchillos que usan acá, porque los bisturíes se oxidan y se van del presupuesto. El inconsciente líquido se me derrama sobre los hechos y me abandona, llega hasta los pisos llenos de agua y de sangre de aquella sala.
Perdoname, Pedro Nosecuánto, porque no me voy a meter donde no debo, que alguien que no soy yo se crea entonces que te moriste de un paro cardiorrespiratorio no traumático, igualito que mi vieja, a la que también le hicieron una autopsia porque viste cómo es esto, ahora le hacen una autopsia a todo el mundo, hasta a una señora de ochenta y pico de años muerta con una lapicera en la mano mientras miraba el noticiero. Olvidémonos lo de la bala y lo de los pulmones llenos de agua.
En fin, andá a saber qué fue lo que se murió cuando te moriste, o si tuviste un sueño que en realidad era tu vida anterior, o si llegaste a dar el grito primitivo y te acordaste de tus primeros dos años. Lo escribiré en otro momento, en otro lugar, y con un poquito más de ánimo. Por ahora, que vivan tu mediastino, tu pleura, tus pulmones, tu pericardio y el resto de tus tripas. Y que pidan los informes que quieran. Radiografías cuyo resultado se eleva, fotos cuyo resultado se eleva y estudio toxicológico cuyo resultado se eleva.
A esta altura es mejor ser uno más y a la mierda las metáforas y la imaginación, porque si abro el pico y el forense o algún buchón de la Morgue se entera, hasta capaz que pierdo el laburo, y además de sentirme un pobre tipo que ni siquiera merece estas palabras que vos sí mereciste, a mi modo, como pude, lo único que me faltaría es no tener un mango ni para cigarrillos.                                                                                            

Dios guarde a Vuestra Señoría

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