domingo, 13 de agosto de 2017

El ESCULTOR, Gustavo Di Pace, Mi yo multiplicado, Alción Editora, 2011






                                                                                               “Ahora el otro está despierto;
                                                                               Se pasea a lo largo de mi gris corredor,
                                                                                                 y suspira en mis agujeros…”

                                                                                                        
                                                                                                            Jacobo Fijman


I



¿Y si la persecución es real?
La pregunta llegó cuando me dirigía al consultorio del supervisor, la sentí deslizarse desde los pies hasta la ingle. Yo caminaba con la cobardía propia de los que piden auxilio: el gesto duro, los ojos vacilantes. Rodeado de gente y meditaciones abstractas, mi paso se demoraba en el camino hacia lo de mi colega, como si un miasma viscoso me retuviese y no me dejase llegar, o como si lo que estaba haciendo en ese instante tuviese mayor rédito para mi salud mental que la consulta a la que iba: la búsqueda de algo o de alguien.
El origen de este juego, como contar baldosas en la vereda, no era más que un pequeño ejercicio de la curiosidad que se me imponía como una obsesión. Pero desde esa vez, cuando ocurrió el encuentro con un paciente en la cola del supermercado, éste y otros hechos que vinieron después me hicieron reflexionar acerca de algo que más tarde logré discernir. Al principio, supuse que el juego de buscar a mi alrededor consistía en tratar de encontrar algo específico, una persona, un punto con el cual establecer asociaciones de ideas. Por el contrario supe, y lo supe con la sangre, con la certeza de la verdad orgánica, que en mi caso ese ejercicio era diferente, de pretensiones más ontológicas y, por ello, de raíz muy contraria, como lo son las raíces de un árbol respecto a las de una leguminosa. Y podría aseverar que esa multiplicidad de tentáculos vegetales me llevaría tal vez hacia posibilidades difíciles de asir. Sin embargo, esta sospecha no me detuvo, por lo que esa insatisfacción resultante, llena de efímera alegría, ese gozo de débiles soportes, ese buscar de modos indiscriminados en medio de las calles y las cosas, me escamotearon sensatez a cambio de intersticios de felicidad, como una droga de efectos inmediatos pero de consecuencias nefastas. En el juego que yo establecía cuando salía al mundo más allá del consultorio, mi nuevo ser, ése que se hacía por y a pesar de mí, me permitía intuir la emoción de un escultor frente a un bloque de granito.
                                                        

II



Uno de esos encuentros ocurrió casi en la entrada del edificio donde hacía la supervisión. Esa vez vi, en el bar de la esquina, a otro de mis pacientes, un hombre que venía los lunes.
Me sentí invadido. Lo descubrí mirándome, con esa mirada tonta que ellos tienen cuando lo ven a uno fuera del consultorio (porque no saben qué hacer, si agazaparse detrás de un diario o saludar con fingida naturalidad). Entonces, por rebeldía a ciertas prácticas ortodoxas en mi profesión, quizá por enojo conmigo mismo ante este juego de la búsqueda que no podía detener y del cual no soportaba las consecuencias, saludé al tipo. Lo hice intercambiando resignación por descaro. Otro de mis enroques. El hombre, un infeliz que aún estaba tratando de asimilar la muerte del padre, sonrió y devolvió el saludo. Esta aparición, no sólo provocó mi ausencia a la sesión de supervisión, sino que fue la génesis de dos sospechas: una, la de que este juego de la mirada que busca era absurdo, y la otra, hostil y escalofriante, la de que estaba siendo vigilado.
Con el correr de los días, esa segunda sospecha fue mutando en otra palabra: certeza, y ésta, a su vez, adquirió un contenido aún más estremecedor: el de ser víctima de una confabulación. Si esto era verdad, debería hacer algo...
Como un llamado de atención, y también por aquellos días, vi a otra paciente mientras almorzaba en un restaurante de comida rápida. Intenté escabullirme y, con disimulo, me levanté y me cambié de mesa, a una más lejana.
Después, pude observar a la mujer cuando tiraba los restos de la bandeja en uno de los cestos de basura y, por un instante, puedo asegurarlo, pasó su mirada sobre mí. Ahora, desde la ventaja que me da el tiempo transcurrido, puedo asegurarlo. Incluso me pareció que cuando se iba lo hacía con paso veloz, como si temiese que yo la encarase. Este incidente fue un piso más en la pirámide, una pirámide que mi psiquis iba escalando ávida, alimentándose de fuerzas desconocidas. Y sabía que si mi yo me permitía llegar a la cumbre, donde tendría que hacer equilibrio en un sitio alto y sin aire, estaría perdido; lo sabía con los cimientos de la débil estructura que aún me sostenía. Deduje que mirar otra vez a todo el mundo (había intentado dejar de hacerlo sin conseguirlo) era mi peor elección, porque como ya dije, no soportaba las consecuencias y, por otra parte, ese hecho me descubría ante algo que no estaba en mis pronósticos.
Por si fuera poco, cuando salía del lugar y me dirigía hacia la Fundación donde trabajo, me crucé en el camino con otros dos pacientes, por lo que conjeturé que esta primera pregunta acerca de la persecución ya no me causaba miedo sino que, por el contrario, me daba coraje. Me sorprendí ante este nuevo sentir. Seguro de que esta epifanía del pensamiento, esta génesis de revelación, extraída con el tinte embrutecedor que dan las palabras, escupidas hacia el cielorraso del consultorio, vomitadas como una nada que busca ser forma, provocaría en el supervisor el desconcierto, la risa, el re-encauce de mi tratamiento, no sé, pero sospeché (¡otra sospecha!) que algunas cosillas se le estaban escapando de las manos. ¿Por qué si no, ocurrió lo que ocurrió instantes antes de entrar en el edificio, en el restó de la esquina? ¿Continuarían sucediendo esas “casualidades” en la calle, en un patio de comidas, en un concierto, en el cine, en el supermercado, en un restaurante de comida mexicana, en un restaurante de comida hindú?
Quedaba muy claro: el inconsciente de los otros me estaba abrumando y me alejaban del mío; esas caras de los pacientes confabulados eran percibidas por alguien en mí que yo aún no conocía, y por ello sentía esa ansiedad feroz cuando me lavaba la cara esa mañana, porque ésta era una oportunidad para ser realmente quien deseaba ser.
Advertí que ellos eran mi espejo y mi posibilidad, y no quería semejarme a esas personas que ejercían profesiones que hacía rato habían dejado de amar: cirujanos que operaban sin amor, programadores que ansiaban arrojar la notebook contra la pared.
Así, yo psicoanalizaba a la gente gracias a una decisión de aquél que había sido a mis veinticinco años, y me reía por lo bajo de los que aseguraban tener clara su vocación, como si los sueños no cambiasen, como si la piel acusase siempre la misma tersura.
Esa noche las cosas siguieron igual. Esta vez me crucé en un bar con una mujer que venía los martes a las 14.30 (debo aclarar que su caso era una histeria muy difícil de resolver, su magnitud hacía de su vagina una cueva sin acceso, ni el falo ni el amor eran viables para ella porque ninguno de los dos podía con su mentira). Supe que nada era casual, y esa cosa informe que no tenía nombre y ahora vislumbraba (¿el bloque de granito que ese otro que vivía en mí debía trabajar?) era la prueba de mis posibles ineptitudes como psicoanalista, porque por algo me seguían. Sin duda, con alguno de ellos o con varios me habría equivocado, y sus actitudes eran la represalia, o el comienzo de una represalia que no sabía hasta dónde podía llegar.
Al irme sentí la indiferencia de la dama. ¿No era su actitud una evidencia de que los encuentros no eran casuales? Además, y éste no es un dato menor, había comprobado que los confabulados jamás comentaban el encuentro durante la sesión…
El bloque de granito parecía consistente y yo (mi yo real) tenía trabajo por hacer. ¡Era tan bella esa mujer! Rememoro ahora el modo en que me daba el dinero, cada martes, al pagarme la sesión. Sus manos enriquecían y complementaban el tinte simbólico de los billetes, y yo, a riesgo de quedar en evidencia, trataba de montar el personaje del objeto.
Sentado, con la libreta enmarcando sus cabellos, a unos centímetros de mi regazo, la miraba en su plenitud, tan física que me costaba escuchar sus palabras, el fondo de sus palabras, y las herramientas, a veces, parecían no ser eficaces, como si el granito fuese inmutable, o como si yo no tuviese la fuerza para tallar.
El último de los encuentros, antes de que tomase mi valiente decisión —ya les hablaré más adelante de ella—, fue con un paciente en un recital de jazz. Creí que mi mente se desbocaba en el solo del trompetista, pude sentir mis órganos vibrar a la par de endiabladas semicorcheas a contrapunto. Ya había comprendido que no podía soportar más esos encuentros, que poco a poco y con el correr de los días, habían ido multiplicándose hasta hacerme presentir la alucinación. Pero pude distinguirlos de los delirantes cortejos de la imaginería patológica. ¡Pueden creerme!
La persecución era real, y sí, ya tenía la respuesta.





III



Entretanto, en el consultorio, los pacientes seguían silenciosos, empujándome sin saberlo al cambio, provocándome con historias camufladas que no podían descifrar.
Dadas estas circunstancias, meses después decidí abandonar la Fundación y trasladé el consultorio a mi domicilio. Esto, si mis previsiones eran acertadas, reduciría los encuentros “fortuitos”, y aunque no era la decisión de la que hablé antes, sí fue una de las primeras que dieron lugar a la “gran decisión”. Además, mis salidas se redujeron casi por completo, y mi vida social se fue anulando para dejar nacer un tranquilizador encierro.
También dejé de atender el teléfono. Tal como lo preví, estas resoluciones trajeron consecuencias no tan inesperadas: la merma en mi economía, las horas iguales y un sentimiento que no podía nombrar pero que no me asustaba, por el contrario, me regalaba una sensación de vitalidad que contrarrestaba años de escucha en el espacio psicoanalítico, le daban una soberana patada en el culo a mi pasado. Mis pacientes, enemigos y salvadores de mi ser, seguían en silencio, y ésa era la confirmación de la treta. Debía tallar en la razón por la cual ellos me hacían esto. Tallar, tallar y tallar. Protegerme y así posibilitar mi renacer. Y este pensamiento, este permanente viaje a través de las ramas del árbol, de sus tentáculos vegetales, me llevó hacia un fruto delicioso. Sí, el sabor embriagador de la venganza comenzaba a nacer en mí. Me di cuenta de que mi ego vilipendiado moldearía la psiquis de los traidores hasta alejarlos más y más de lo que pretendían encontrar con mi ayuda.
Sí, ¡el escultor que vivía en mí había nacido!



IV



Comencé a tallar en la mente de la bella, y luego en la de cada uno de los pacientes confabulados. A cada nueva sesión, me sentía poderoso, algo que nunca me había ocurrido. Moldeé con los cinceles que la Universidad me había dado, y usé otros adquiridos a través de la práctica en la Fundación.
“¡Voy a recuperar el espíritu lúdico y extenderlo hacia la psiquis de mis enemigos!”, me decía emocionado, feliz, extasiado. Y fui privilegiado testigo del derrumbe mental de la bella, o del imbécil del supermercado que ahora buscaba al padre en cada amigo o compañero de trabajo, y de cada uno de los que invadieron mi privacidad.
Respecto al tipo del supermercado, recuerdo haberlo mirado fijo a los ojos y decirle (con mi mirada): ¿Cómo le va, Enrique?, ¿sabe una cosa? Ya que se confabuló contra mí, voy a magnificar su caos para que sea incapaz de acercarse a sus reales deseos. Y le confieso, si me permite, que va a ser un acto de amor hacia esta profesión que odio, ofreceré la otra mejilla y redimiré mi ser utilizando las herramientas propias de aquello en lo que ya no creo. ¿Que no me entiende? Bueno, no se preocupe: mientras yo mato en cada sesión a mi padre de todos estos años, y logro ser por fin el artista que en verdad soy, usted seguirá buscando al suyo en cada persona con que se cruce...
¡Ah, cuánto placer! Y los veía irse totalmente acabados, entumecidos por el dolor y la angustia, luego de sesiones en las que apenas si habían podido articular palabras, bosquejos de pensamientos primitivos que no los conducían a ningún lado.
Mi obra había comenzado.
Incluso me encargué de esculpir con malévolo detalle en el caos de un paciente que osó matarme en uno de sus sueños, y me lo contó riéndose. Yo me quedé estupefacto, y casi le pregunto: “Pero… pero… ¿cómo se atreve?”.



V



El tiempo pasó y me acostumbré a mi nuevo ser, a ese otro yo que parecía haber dormido durante tantos años a la sombra del correcto profesional en el que me había convertido. El encierro, algo parecido a la libertad, seguía construyéndome. Al cuidado de estas paredes y de la poca luz reinante (me encanta cerrar las ventanas) mi yo escultor fue adquiriendo más relevancia de la que hubiera imaginado. Era una borrachera deliciosa. La subida a la pirámide enferma había sido reemplazada por un merodear en techos bajos y oscuros.
Por supuesto, mi obra tardó en consumarse, por lo que me enteré del primer suicidio luego del año y medio, mientras hacía el amor con una colega. El mensaje en el contestador lo había dejado el hermano de la bella... Luego, cuando la voz triste y eléctrica del tipo se apagó, Dioniso se apoderó de mí con una fuerza arrolladora y nueva. “¡Esa mujer ya no sufrirá y no hará sufrir a los demás!”, pensé lleno de júbilo. Y luego continué penetrando a esa mujer (¿la que estaba conmigo o la que había muerto?) de modo tan pagano que, y esto lo pude notar después, ella me miraba entre aterrada y agradecida.
Al año siguiente se ahogó el paciente que venía los miércoles a las 16 hs. Estoy seguro de que fue por decisión propia. Yo estaba exultante, ¡sin duda el escultor manejaba los cinceles a la perfección!
Pero, debo admitirlo, la confabulación no ha terminado. Acaso porque la existencia es esto: un constante flujo de torturas sutiles. Será por eso que trato de no salir. Cuando lo hago, mis encuentros con los otros no sólo siguen ocurriendo, sino que se han multiplicado. Es difícil de entender; es como si nada de lo que hago obtuviera un resultado, como si mi condición de artista no fuera la salvación. En estos meses he visto a varios pacientes, ex pacientes, y, además, me he encontrado con muchos colegas de la Fundación, que me sonríen, me preguntan cómo ando, con esa falsedad que no soporto, típica de los cobardes.
Me encantaría gritarles en sus caras que soy un escultor, que ese es mi verdadero ser, y que no necesito esta vez títulos ni posgrados.
Pero, por suerte, la vida también está hecha de pequeños manjares, tan cotidianos que a veces uno no los degusta. Ella me da suculentos tragos de felicidad, momentáneos, exquisitos. Y yo trato de que la copa no se acabe rápido, de que el elixir que bebo mientras esculpo la psiquis de los pacientes que se han atrevido a cruzarse conmigo más allá del consultorio, se estacione en mi boca. Para saborearlo, paladearlo como un buen vino, lo suficiente como para enterarme, si los dioses son benévolos y se acuerdan de mí, del próximo suicidio.



© Gustavo Di Pace

jueves, 10 de agosto de 2017

Fragmentos de Los ríos profundos, de José María Arguedas, brevísima bio ¡y que la literatura sea!




José María Arguedas (1911-1969)

Este gran escritor peruano, que imprime a sus historias y personajes una ternura maravillosa, es un fiel exponente de dos mundos que conviven en el Perú, el indígena y el europeo. Algunas de sus obras son: Agua (1935), Yawar fiesta (1941) Diamantes y pedernales (1954), Los ríos profundos (1956), Todas las sangres (1964) y El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971).


Los ríos profundos (fragmentos)


“La terminación quechua yllu es una onomatopeya. Yllu representa en una de sus formas la música que producen las alas en vuelo; música que surge del movimiento de objetos leves. Esta voz tiene semejanza con otra más vasta: illa. Illa nombra a cierta especie de luz y a los monstruos que nacieron heridos por los rayos de la luna. Illa es un niño de dos cabezas o un becerro que nace decapitado: o un peñasco gigante, todo negro y lúcido, cuya superficie apareciera cruzada por una vena ancha de roca blanca, de opaca luz; es también illa una mazorca cuyas hileras de maíz se entrecruzan o forman remolinos; son illas los toros míticos que habitan el fondo de los lagos solitarios, de las altas lagunas rodeadas de totora, pobladas de patos negros. Todos los illas, causan el bien o el mal,  pero siempre en grado sumo. Tocar un illa, y morir o alcanzar la resurrección, es posible.”


“Yo no pude ver el pequeño trompo ni la forma cómo Antero lo encordelaba. Me dejaron entre los últimos, cerca del “Añuco”. Solo vi que Antero, en el centro del grupo, daba una especie de golpe con el brazo derecho. Luego escuché un canto delgado.
Era aún temprano; las paredes del patio daban mucha sombra; el sol encendía la cal de los muros, por el lado del poniente. El aire de las quebradas profundas y el sol cálido no son propicios a la difusión de los sonidos; apagan el canto de las aves, lo absorben; en cambio, hay bosques que permiten estar siempre cerca de los pájaros que cantan. En los campos templados o fríos, la voz humana o la de las aves es llevada por el viento a grandes distancias. Sin embargo, bajo el sol denso, el canto del zumbayllu se propagó con una claridad extraña; parecía tener agudo filo. Todo el aire debía estar henchido de esa voz delgada; y toda la tierra, ese piso arenoso del que parecía brotar.
-¡Zumbayllu, zumbayllu!
Repetí muchas veces el nombre, mientras olía el zumbido del trompo. Era como un coro de grandes tankayllus fijos en un sitio, prisioneros sobre el polvo. Y causaba alegría repetir esta palabra, tan semejante al nombre de los dulces insectos que desaparecían cantando en la luz.”

domingo, 2 de julio de 2017

Fragmentos del "Poema al astro de luz memorial (Poema a la memoria en lo astral), Macedonio Fernández.

"Cuando te veo recién arribada, alcanzado por ti nuestro borde, pareciendo vacilar allí y como a emprender un rodar a lo largo del horizonte por gustarlo, y luego te pliegas a un ascenso ¿qué nos quieres decir así?
Quedemos sin saberlo hoy también; mañana, más tarde —para qué son nuestros días sino para trabajar más y otra vez los misterios— más enérgicamente, en buena hora de mi espíritu contemplaré, escucharé el misterio de tu sentido en el Misterio Todo.
Y ya te fuiste, con tus pobres dichas y quejas.
En toda la andanza, sólo en el perfil de los cipreses lloraste, y tanto que pediste nuestra piedad.
Y ahora por faltar tuyo un cielo sin mirada en las noches,
ahora sólo habrá astros que agitan, no tú que acompañas."

***
"Oh, sí, acompañas
con cuántas gracias saltas de copa en copa siguiéndonos entre los árboles con tus saltitos de luz a sombras.
El único mirar dulce que viene de lo alto es el tuyo
el chispear del viaje de indiferencia de las otras estrellas molesta y agita, y no nos mira.
Heridos de ellas, corremos a ti cuando apareces
y con dolor nuestro comienza la ausencia tuya.
Sí; porque pudiera que el móvil chispear de las estrellas sea dolor como hay dolor en nosotros
pero es que tú, Luna, que también sufres, miras y acompañas, eres más sabia y afortunada en la mitigación participante."
***
"¿Pero cómo, se dirá, ha de esperar el niño a conocer el sentido de la Luna para empezar a nutrirse, si en tanto morirá? ¿Pero por qué, digo yo, ha de precisar nutrirse antes de entender el uno por lo otro? La ciencia nada explica, es evidente; pero el poeta no lo dijo nunca tampoco, aún.
Y yo miraré la próxima Luna todavía sin entenderla.
Oh, Luna, que puede amarse, bien me pareces Pobrecita del Cielo."



miércoles, 14 de junio de 2017

DIOS GUARDE A VUESTRA SEÑORÍA, Gustavo Di Pace, El chico del ataúd, Alción Editora, 2014




                          
                              “Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu”
                                                                                                                          Antonin Artaud



El asunto es comenzar. Encontrar el momento o la voluntad. A veces con una idea es suficiente. Otras alcanza con un muerto. Sobre todo en un lugar como este: ventanas pintadas de negro, pinceladas desprolijas de la brocha, columnas erosionadas, carcomidas. Mi función es pasar en limpio, sin metáforas, sin imaginación. ¿Anotar el peso de un cerebro es un modo de entender? ¿Y describir las vísceras de un frasco? Quién sabe. El forense ni se lo plantea, su profesión excede esta clase de preguntas. Menos lo hacen el obductor o el eviscerador. Con el trabajo de estos tipos el lenguaje se me estrangula. ¿Cómo referirse al serruchado de cuerpos, la quita de vísceras y su enfrascado, para luego devolver el contenido a su lugar original, a semejanza de las bolsitas con los menudos del pollo en el supermercado? Nada de imaginación ante una bola de papeles de diario en el espacio craneal donde antes hubo un cerebro. Palabras más muertas que los muertos. Y yo acá, tratando de no volverme loco, en un intento de resucitación de lo que queda de mí, contaminado por los pisos llenos de agua y de sangre de aquella sala, con esta mirada rota, sola y silenciosa con el correr del tiempo y mis recibos de sueldo.
Quiero imaginar un rato antes de que llegue el otro informe: la historia del hombre que tiene un sueño recurrente y descubre que en realidad ese sueño fue su otra vida, o aquella en la cual alguien intenta recordar sus primeros dos años a través de la técnica del grito primitivo, o preguntarme qué se muere cuando alguien se muere. Por supuesto, es difícil concentrarse en este lugar. No me olvido de que estoy trabajando. Como sea, somos todos parásitos acá dentro, la fauna cadavérica acumulada en la parte de atrás de una morguera que junta cuerpos para hacer menos viajes. Tal vez no me diferencie del forense, ni del obductor, ni del eviscerador. Quizás yo tampoco nací para la reflexión o los grandes pensamientos. Con suerte llego a la queja o a estas digresiones. Y ni siquiera estoy muerto, como el que vivirá en estos párrafos, porque me llega un informe nuevo. Me lo dan como si me dieran una taza de café. Una nueva nada que me obliga a escribirla, en este mismo instante y, de repente, llena de voluntad. Es que esto es algo así como la muerte y su descripción, la muerte y sus palabras. Sin metáforas, sin imaginación.

Autopsia número 453, de la hora 09.15.

En cumplimiento de lo dispuesto por Vuestra Señoría hemos practicado en la Morgue Judicial la autopsia al cadáver de un hombre, remitido por la Policía Seccional 7º como perteneciente a quién sabe si es importante el nombre de esta muerte que ahora se escribe y nace como Pedro Oscar Corradini, de nacionalidad argentino, de 81 años de edad, domiciliado en Av. Rivadavia 3132, el 2 de agosto de 2008, a las 23.00 hs, en su domicilio y sin vida.

Actuaciones: Muerte por causas dudosas de criminalidad.

Y claro, se viene la duda porque este muerto parece que dio el último respiro con la sorpresa de alguien que abre los ojos en mitad de la noche y se queda quieto, quietito como el cadáver de un hombre de buen desarrollo óseo y muscular, en buen estado de nutrición, de talla 1.80 mts. Color blanco, cabello canoso, ojos negros, nariz, boca y orejas medianas, peso en kgs: 80, envergadura 1.75 cms. De la dentadura del tipo, perdón, del cadáver, se solicita informe odontológico. Me resisto, me duele escribir así, pero debo seguir con mi trabajo y pasar en limpio las córneas opacas, las pupilas dilatadas y la rigidez parcialmente conservada, un examen traumatológico que a la inspección de este tipo, perdón, de este cadáver, presenta las siguientes lesiones: orificio de bala en región epigástrica y sí, pobre el hombre yéndose de a poco, de repente, sin esperar la víspera, sorprendido, porque acá no llegan las muertes soñadas, aunque pensándolo bien las muertes son todas iguales, y lo único que cambia es si uno está despierto o dormido, y si está dormido mejor, así la conciencia no se entera de lo que se viene, no se entera de esta masa encefálica que pesa 1500 gr, edema leve, huesos del cráneo sin lesiones y meninges: congestión. Así es la parca, se va apoderando de todo y lo hace sin meterse más que con un pedazo de plomo, bien adentro y ahí se termina la cosa, así de fácil para este Pedro Nosecuánto con mucosa en los labios y lengua normal, con faringe y esófago sin particularidades y laringe y tráquea sin particularidades y con tórax normal también,

Mediastino: Normal.
Pleuras: Sin adherencias, cavidades vacías.
Pulmón derecho: Sin particularidades, pesa 480 g.
Pulmón izquierdo: Sin particularidades, pesa 460 g.
Pericardio: Vacío libre.
Corazón: tamaño normal, pesa 350 g, coágulos cruóricos.
Válvulas: Sin particularidades.
Aorta: Ateromatosa. Válvulas: Sin particularidades.
Pulmonar: Normal.

Y acá estoy, más muerto que este muerto que escribo, y que los términos sean los de la ciencia porque si no, se mea fuera del tarro. Quisiera extraviar este lenguaje prestado, como hacen los buenos artistas, evitarlo para recuperarme, para ser ese que fui y se malogró hace años, antes de que los estados crepusculares se conviertan en esta larga noche, el comienzo de esta muerte, de este diafragma que es normal, un estómago con solución de continuidad de aspecto traumático y 1,5 cm x 0.4 cm en cara anterior, y cómo terminar con esto que nunca debió haber comenzado, la potente claudicación de los sueños, el ominoso camino hacia la locura, la historia de este muerto que me abruma, la de su mucosa con intensa hemorragia, su hígado congestivo, la vesícula normal, el páncreas congestivo, los intestinos meteorizados, la cavidad peritoneal que es una colección hemática de aproximadamente 2 litros, y esto sigue feo para cuando llego a los riñones y están congestivos, y la próstata es normal y ni siquiera pudo echarse un cloro el ñato, porque tiene 500 cm3 de orina clara, y qué alivio mear fuera del tarro, es como echarse el cloro que no se echó este muerto, salirme de sus restos y olfatear la libertad, porque tal vez aún no soy un fantasma, quizás Pedro Nosecuánto pueda revivir en esta autopsia, y los testículos y pene normales y el recto, periné y esfínter sin particularidades, ¿no?
Pero… es raro este informe. Es que uno hace tiempo que no se come los mocos, porque si las conclusiones dicen que la muerte del tipo, perdón, del cadáver, fue producida por una herida de bala, en región epigástrica que efracciona piel, plano musculoaponeurótico, peritoneo y pared de cara anterior gástrica, con hemorragia masiva hacia la cavidad peritoneal, entonces algo no está bien porque yo no estuve ahí, pero me pregunto qué tienen que ver los pulmones llenos de agua con la herida de bala, y encima se pide

examen histopatológico de encéfalo, corazón, fragmento de pulmón y riñones cuyos resultados nos sean remitidos por el Servicio de Histopatología de la Morgue Judicial,

y además se pide

examen de grupo sanguíneo y factor RH cuyo resultado se eleva.

Y por si fuera poco se pide

investigación de alcohol etílico y metílico en sangre cuyo resultado se eleva.

Y

se solicitan dos radiografías, cuyo informe será elevado una vez que nos lo remita el Servicio de Radiología de la Morgue Judicial.

Además se piden

fotografías,

sí…

fotografías que serán elevadas una vez que nos lo remita el Servicio de Fotografía de la Morgue Judicial,

o sea, lo único que puedo sospechar es que acá hay gato encerrado aunque guardemos

vísceras en frasco Nro. 1,
estómago y su contenido; en frasco Nro. 2,
trozos de distintas vísceras, en frasco Nro. 3,
orina para que los Sres. Peritos Químicos efectúen el estudio toxicológico de las mismas, cuyo resultado será elevado directamente a ese Tribunal por el Servicio de Toxicología de la Morgue Judicial.

Sí, me quiero salir de este modo de escribir, porque encima es absurdo que se pida también

Humor vítreo para investigar droga.
Hisopado rectal para investigar esperma.
Hisopado nasal para investigar cocaína.
Hisopado bucal para investigar esperma.

¿Se creen que soy boludo?
Debo resistirme a estas paredes frías y falsamente asépticas. Debo recuperar aquellos estados de felicidad y ese espíritu de mis redacciones, el del pequeño lector que iba a la biblioteca del colegio a retirar un ejemplar de la colección Robin Hood, para tolerar mejor el otro lado de la película, el que nadie quiere ver y yo veo acá por unos mangos a fin de mes. Pero apenas si puedo recuperar a Pedro Nosecuánto. Apenas porque ahí entra el forense, él y su culo alevosamente sucio, porque no hay lenguaje técnico que defina mejor la profunda y casi literal significación de estas palabras. Ahí está, mirándome siempre hacia algún lugar por arriba de las cejas, como hacen los locos. Así y todo, si él anota que los pulmones están llenos de agua y a su vez hay una herida de bala que provoca esos pulmones llenos de agua, yo tengo que dar cuenta de eso y por escrito. Tal vez me animo y le digo que si se quiere falsear un protocolo de necropsia no puede caer en semejante error, que la estupidez en su caso es un miedo atroz a la inteligencia. Pero seguro que a él no le importa. Nada importa en un lugar cómo este. El ambiente nos sopla en la cara su aire de finitud.
Ahora él me mira otra vez hacia algún lugar de mi frente, con su cara estereotipada y recibida, y me pregunta si terminé mi trabajo. Yo le pongo cara de tipo aplicado y le digo que ya casi. El tiempo se despereza hasta que llega la unidad de traslado otra vez. Un ciclo que se cumple a rajatabla, porque hace años que vienen llegando las morgueras, y yo estoy aquí, viendo las camillas con las bolsas negras y el olor negro y acre que lo contamina todo. Es una pena que la mayoría de las veces uno que espichó sea el detonante de mis palabras. No hay caso, la parca es la gran motivadora. Pero ahora el forense me desconfía, lo veo acercarse, quiere ver en qué ando, y yo debo evitar que él vea lo que escribo.
Ahí viene nomás, lo hace a grandes pasos, como si la velocidad fuese posible en este sitio lento, soporífero. Se me ocurre atajarlo con el recurso más simple, le pregunto por la familia, esa familia pseudo perfecta que se ve en el portarretrato de su escritorio. Con esa mujer que probablemente escucha sus historias de laburo día a día: “hola, mi amor, hoy llegaron cinco muertos, el último lo dejé para mañana” o “no sabés, nos llegó el cadáver de tal famoso” o “adiviná cuántos gusanos contamos en el cuerpo de un viejito la otra tarde”. Y lo peor de todo, ese hijo que se ve en la foto. Pobre pibe, me digo, admirar a un padre como este.
El forense se detiene, se queda como una estatua y sonríe. El choque entre sus palabras científicas y mis palabras desesperadas no se concreta. Respiro aliviado, y le digo “ya casi” otra vez.
Qué ganas de mandarlo al frente, yo que salía mejor compañero en el colegio, que me votaba todo el mundo, que veía el pizarrón con mi nombre lleno de cruces. Pero sería como una confirmación de que la vida y la muerte me pasaron por encima. Sí, demasiadas cruces, demasiados votos que no terminaron en nada. Hace rato que dejé de ser una promesa.
 Resisto, en esta vulnerable dignidad que aún se sostiene, por azar, por negligencia o por magia. Ventanas pintadas de negro, pinceladas desprolijas de la brocha, columnas erosionadas, carcomidas. El tiempo vago, los frascos, las camillas, los delantales de plástico y las paredes cómplices.
Entonces el forense contesta, dice que su familia está bien, y no agrega más que los comentarios típicos. Habla del tiempo, del dólar, del partido ganado por Independiente a Boca, de la Copa Davis. Luego, mira para otro lado y yo le digo que no se preocupe, que el protocolo ya casi.
Rato después se va con el caminar correctísimo que tienen los individuos como él, y al que se le revuelven las tripas es a mí, porque no sé qué hacer con todas estas palabras, tajantes como los cuchillos que usan acá, porque los bisturíes se oxidan y se van del presupuesto. El inconsciente líquido se me derrama sobre los hechos y me abandona, llega hasta los pisos llenos de agua y de sangre de aquella sala.
Perdoname, Pedro Nosecuánto, porque no me voy a meter donde no debo, que alguien que no soy yo se crea entonces que te moriste de un paro cardiorrespiratorio no traumático, igualito que mi vieja, a la que también le hicieron una autopsia porque viste cómo es esto, ahora le hacen una autopsia a todo el mundo, hasta a una señora de ochenta y pico de años muerta con una lapicera en la mano mientras miraba el noticiero. Olvidémonos lo de la bala y lo de los pulmones llenos de agua.
En fin, andá a saber qué fue lo que se murió cuando te moriste, o si tuviste un sueño que en realidad era tu vida anterior, o si llegaste a dar el grito primitivo y te acordaste de tus primeros dos años. Lo escribiré en otro momento, en otro lugar, y con un poquito más de ánimo. Por ahora, que vivan tu mediastino, tu pleura, tus pulmones, tu pericardio y el resto de tus tripas. Y que pidan los informes que quieran. Radiografías cuyo resultado se eleva, fotos cuyo resultado se eleva y estudio toxicológico cuyo resultado se eleva.
A esta altura es mejor ser uno más y a la mierda las metáforas y la imaginación, porque si abro el pico y el forense o algún buchón de la Morgue se entera, hasta capaz que pierdo el laburo, y además de sentirme un pobre tipo que ni siquiera merece estas palabras que vos sí mereciste, a mi modo, como pude, lo único que me faltaría es no tener un mango ni para cigarrillos.                                                                                            

Dios guarde a Vuestra Señoría