lunes, 16 de agosto de 2021

Los ríos profundos, José María Arguedas (fragmento)

 



     ¡Zumbayllu! Antero trajo el primer zumbayllu al colegio. Los niños pequeños lo rodearon.

     -¡Vamos al patio, Antero¡

     Palacios corrió entre los primeros. Saltaron el terraplén y subieron al campo de polvo. Iban gritando:

     -¡Zumbayllu, zumbayllu!

    Yo los seguí ansiosamente. ¿Qué podía ser el zumbayllu? ¿Qué podía nombrar esa palabra cuya terminación me recordaba bellos y misteriosos objetos?

     El humilde Palacios había corrido casi encabezando todo el grupo  de muchachos que fueron a ver  el zumbayllu; había dado un gran salto para llegar primero al campo de recreo. Y estaba allí, mirando las manos de Antero. Una gran dicha, anhelante, daba a su rostro el esplendor que no tenía antes. Su expresión era muy semejante a la de los escolares indios que juegan a la sombra de los molles en los caminos que unen la chozas lejanas y las aldeas. El propio Añuco, el engreído, el arrugado y pálido Añuco, miraba a Antero desde un extremo del grupo: en su cara amarilla, en su rostro agrio, erguido sobre el cuello delgado, de nervios tan filudos y tensos, había una especie de tierna ansiedad- Parecía un ángel nuevo, recién convertido.

     Yo recordaba al gran Tankayllu, el danzarín cubierto de espejos, bailando a grandes saltos en el atrio de la iglesia. Recordaba también  también al verdadero Tankayllu, el insecto volador que perseguíamos entre los meses de abril y mayo. Pensaba en los pinkuyllus que había oído sonar en los pueblos del sur.

     Yo no pude ver el pequeño trompo ni la forma como Antero lo encordelaba. Me dejaron entre los últimos, cerca del Añuco. Sólo vi que Antero, en el centro del grupo, daba una especie de golpe con el brazo derecho. Luego escuché un campo delgado.

     Bajo el sol denso, el canto del zumbayllu se propagó con una claridad extraña; parecía estar henchido de esa voz delgada; y también toda la tierra, ese piso arenoso del que parecía brotar.

     -¡Zumbayllu, zumbayllu!


     Hice un gran esfuerzo, empujé a otros alumnos más grandes que yo y pude llegar al círculo que rodeaba a Antero. Tenía en las manos un pequeño trompo. La esfera estaba hecha de un coco de tienda, de esos pequeñísimos cocos grises que vienen enlatados. La púa era grande y delgada . Cuatro huecos  redondos, a manera de ojos, tenía la esfera. Antero  encordeló el trompo, lentamente luego lo arrojó. El trompo se detuvo un instante en el aire y luego  cayó, lanzando ráfagas de  aire por sus cuatro ojos, vibrando como un gran insecto cantador (...)

     Antero miraba el zumbayllu con un detenimiento contagioso. Así atento, agachado. Antero parecía asomarse desde otro espacio (...)

     -¡Quiero ver si tú puedes manejarlo! - me dijo, entregándome el trompo.
     Lo encordelé, lo lancé hacia arriba. El cordel se deslizó como una culebra entre mis manos, enderezó la púa y cayó, lentamente.
     -¡Sube, winku!

    El trompo apoyó la púa en un andén de la piedra más grande, sobre un milímetro de espacio. La púa era redonda y no rozaba en ella la púa.
     -¡Mira, Ernesto! - me dijo Antero´. No va a la montaña, sino arriba. ¿Derechito al sol!  Ahora a la cascada, winku. ¡Cascada arriba!

     El zumbayllu se detuvo y cambió de voz.

     -¿Oyes? -dijo Antero -. ¡Sube al cielo, sube al cielo! ¡Con el sol se va a mezclar.
     Cuando  empezó a bajar el tono del zumbido, Antero levantó el trompo. Me miró fijamente.

     -¡Guárdalo! - me dijo-. Lo haremos llorar en el campo, o sobre una alguna piedra grande del río. Cantará mejor todavía.

     Lo guardó en el bolsillo. Lo examiné despacio con los dedos. Era en verdad winku, es decir, deforme, sin dejar de ser redondo, y layk'a, es decir, brujo, porque  era rojizo con muchas difusas. Por eso, cambiaba de voz y de colores como si estuviera hecho de agua.

     -Si lo hago bailar,  y soplo su canto hacia la dirección de Chalhuanca, donde está mi padre, ¿llegaría hasta  sus oídos? - le pregunté.
     -¡Llega, hermano! Para él no hay distancia. Enantes subió al sol. Y su canto no se quema ni se hiela. Tú le hablas primero en uno de sus ojos, le das tu encargo, le orientas el camino, y después, cuando estás cantando, soplas  despacio hacia la dirección  que quieres, donde está tu padre y sigues dándole tu encargo. El zumbayllu canta al oído de quién espera. ¡Haz la prueba ahora, al instante!

     -¿Yo mismo tengo que hacerlo? 

     -Sí. Debe ser el que quiere dar el encargo. Háblale bajito -me advirtió.

     Puse los labios sobre uno de sus ojos.

     -"Dile a mi padre que estoy bien  -le dije al zumbayllu-; aunque mi corazón se asusta, estoy resistiendo. Y le darás tu  aire en la frente. Le cantarás para su alma".

     Lo encordelé cuidadosamente, y tiré la cuerda.

     -¡Corriente arriba del Pachachaca, corriente arriba! -grité.

     El zumbayllu cantó fuerte en el aire.

     -¡Sopla! ¡Sopla un poco! -exclamó Antero.

     Yo soplé hacia Chalhuanca, en dirección de la cuenca alta del gran río.

     Y el zumbayllu cantó dulcemente.

 


miércoles, 19 de mayo de 2021

Anotaciones de Borges sobre algunos poemas del Concurso La Nación 1963

 
 

13) Perplejidad sintáctica
14) Mejor que otros pero insensato
15) Inepto y escolar
16) No
17) Tampoco
18) Autóctono y prescindible
19) Superior a los anteriores
20) Malo, malazo
21) Curiosa ortografía
22) Irresponsable rimador
23) Caótico
24) Patriótico, más ilógico
25) Ilustrado y pésimo
26) Preocupado con cabello, no logra el acierto
27) Inepto
28) Incoherente
29) Enérgico y tosco
30) Feble
31) Enfático y agrícola
32) Vana, entusiasta y ridícula
33) Misterioso y estúpido
34) Acaso atendible

 

Y que la literatura sea!


 

viernes, 7 de mayo de 2021

Reflexión acerca de una frase de Julio Cortázar y celebración de su vida y obra

 


“Dar ese salto que me hiciera pasar del yo al tú y del tú al nosotros” dice nuestro querido cronopio en el libro Clases de literatura, que recoge sus charlas en Berkeley, Estados Unidos. La frase refiere a ciertos instantes cruciales en su obra pero admite, me parece, una interpretación excede el análisis descriptivo o técnico. Julio lo sabe, por supuesto. Escribir es un camino espiritual, es quitarse la ropa del yo y, acaso, resguarda un intento de comprensión que insta a lo humano y a la comunión entre cada uno de nosotros. En estos tiempos (en todos los tiempos) es una sabia y conmovedora propuesta. Hoy 7 de mayo, celebramos la obra cortazariana. Más info por aquí o escribiendo a gdipace@gmail.com

Saludos para todos y que la literatura sea.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

El poder de un nombre, Gustavo Di Pace


Con el tiempo, varios de nuestros conceptos, ilusiones, ideas, mutan, se transforman, toman otra resonancia. En mí caso, El Respiradero fue en su origen una novela trunca que se convirtió en un cuento, luego una columna en un medio y, por último, el nombre de mi taller. Está pensado como un espacio (un atajo) para adquirir herramientas, leer y escribir. Pero... hay algo anterior. ¿Por qué ese nombre, por qué el respiradero? La respuesta llegó desde el fondo de mi historia, allá lejos, cuando una noche, en mi cuarto, comencé a ahogarme. Recuerdo que la realidad de los objetos trastabilló y estuve a muy poco de cruzar el Aqueronte. Es decir, detrás de esa palabra había una historia y pervive, sólida y tajante, una necesidad. El Respiradero es entonces un intento de comprensión del hecho literario, un lugar donde el diálogo construye conocimiento, pero también es una asimilación y resignificación de ese instante crucial. Aspirar y expeler aire de los pulmones para tomar oxígeno, de eso se trata. Hoy más que nunca, El Respiradero se ha transformado en un pulmón colectivo donde la creación de textos y las lecturas de grandes autores y libros nos oxigena, nos enriquece y nos hace bien. Si pensar es agradecer, como afirma Heidegger, El Respiradero es un camino posible y es también mi agradecimiento. Un abrazo, gracias por estar y que la literatura sea.

Gustavo Di Pace

sábado, 5 de diciembre de 2020

Anotaciones para una autobiografía (fragmento), de Relámpagos de lo invisible, Olga Orozco

 

"Con el sol en Piscis y ascendente en Acuario, y un horóscopo de estratega en derrota y enamorada trágica, nací en Toay (La Pampa), y salí sollozando al encuentro de temibles cuadraturas y ansiadas conjunciones que aún ignoraba. Toay es un lugar de médanos andariegos, de cardos errantes, de mendigas con collares de abalorios, de profetas viajeros y casas que desatan sus amarras y se dejan llevar, a la deriva, por el viento alucinado. Al atardecer, cualquier piedra, cualquier pequeño hueso, toma en las planicies un relieve insensato. Las estaciones son excesivas, y las sequías y las heladas también. Cuando llueve, la arena envuelve las gotas con una avidez de pordiosera y las sepulta sin exponerlas a ninguna curiosidad, a ninguna intemperie. Los arqueólogos encontrarán allí las huellas de esas viejas tormentas y un cementerio de pájaros que abandoné. Cualquier radiografía mía testimonia aún ahora esos depósitos irremediables y profundos. Cuando chica era enana y era ciega en la oscuridad. Ansiaba ser sonámbula con cofia de puntillas, pero mi voluntad fue débil, como está señalado en la primera falange de mi pulgar, y desistí después de algunas caídas sin fondo. Desde muy pequeña me acosaron las gitanas, los emisarios de otros mundos que dejaban mensajes cifrados debajo de mi almohada, el basilisco, las fiebres persistentes y los ladrones de niños, que a veces llegaban sin haberse ido. Fui creciendo despacio, con gran prolijidad, casi con esmero, y alcancé las fantásticas dimensiones que actualmente me impiden salir de mi propia jaula. Me alimenté con triángulos rectángulos, bebí estoicamente el aceite hirviendo de las invasiones inglesas, devoré animales mitológicos y me bañe varias veces en el mismo río. Esta última obstinación me lanzó a una fe sin fronteras. En cualquier momento en que la contemple ahora, esta fe flota, como un luminoso precipitado en suspensión, en todos los vasos comunicantes con que brindo por ti, por nosotros y por ellos que son la trinidad de cualquier persona, inclusive de la primera del singular.


En cuanto hablo de mí, se insinúa entre los cortinajes interiores un yo que no me gusta: es algo que se asemeja a un fruto leñoso, del tamaño y la contextura de una nuez. Trato de atraerlo hacia afuera por todos los medios, aun aspirándolo desde el porvenir. Y en cuanto mi yo se asoma, le aplico un golpe seco y preciso para evitar crecimientos invasores, pero también inútiles mutilaciones. Entonces ya puedo ser otra. Ya puedo repetir la operación. Este sencillo juego me ha impedido ramificarme en el orgullo y también en la humildad. Lo cultivé en Bahía Blanca junto a un mar discreto y encerrado, hasta los dieciséis años, y seguí ejerciéndolo en Buenos Aires, hasta la actualidad, sin llegar jamás hasta la verdadera maestría, junto con otras inclinaciones menos laboriosas: la invisibilidad, el desdoblamiento, la traslación por ondas magnéticas y la lectura veloz del pensamiento. Mis poderes son escasos. No he logrado trizar un cristal con la mirada, pero tampoco he conseguido la santidad, ni siquiera a ras del suelo. Mi solidaridad se manifiesta sobre todo por el contagio: padezco de paredes agrietadas, de árbol abatido, de perro muerto, de procesión de antorchas y hasta de flor que crece en el patíbulo. Pero mi peste pertinaz es la palabra. Me punza, me retuerce, me inflama, me desangra, me aniquila. Es inútil que intente fijarla como a un insecto aleteante en el papel. ¡Ay, el papel! "blanca mujer que lee el pensamiento" sin acertar jamás. ¡Ah la vocación obstinada, tenaz, obsesiva como el espejo, que siempre dice "fin"! Cinco libros impresos y dos por revelar, junto con una pieza de teatro que no llega a ser tal, testimonian mi derrota. En cuanto a mi vida, espero prolongarla trescientos cuarenta y nueve años, con fervor de artífice, hasta llegar a ser la manera de saludar de mi tío abuelo o un atardecer rosado sobre el Himalaya, insomne, definitivo. Hasta el momento sólo he conseguido asir por una pluma el tiempo fugitivo y fijar su sombra de madrastra perversa sobre las puertas cerradas de una supuesta y anónima eternidad.

No tengo descendientes. Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros la tatuaron. Mi heredad son algunas posesiones subterráneas que desembocan en las nubes. Circulo por ellas en berlina con algún abuelo enmascarado entre manadas de caballos blancos y paisajes giratorios como biombos. Algunas veces un tren atraviesa mi cuarto y debo levantarme a deshoras para dejarlo pasar. En la última ventanilla está mi madre y me arroja un ramito de nomeolvides. ¿Qué más puedo decir? Creo en Dios, en el amor, en la amistad. Me aterran las esponjas que absorben el sol, el misterioso páncreas y el insecto perverso. Mis amigos me temen porque creen que adivino el porvenir. A veces me visitan gentes que no conozco y que me reconocen de otra vida anterior. ¿Qué más puedo decir? ¿Que soy rica, rica con la riqueza del carbón dispuesto a arder? "


miércoles, 18 de noviembre de 2020

Escalera al cielo, vínculos entre la literatura y el rock

 
 

El objetivo de esta actividad es cruzar los puentes que se extienden entre ambas manifestaciones artísticas. Así, comentaremos álbumes y letras de canciones, analizaremos poéticas, la filosofía que está detrás de cada obra, el contexto histórico, etc. También habrá lugar para biografías, crónicas y libros en los cuales los músicos de rock se inspiran.

 

Charly García ¿oído absoluto para la poesía?

En los albores de nuestro rock Vox Dei reescribe un libro sagrado

Puentes entre Timothy Leary y el Sargento Pimienta

El simbolismo esotérico de El cuervo, de Edgar Allan Poe (y de Alan Parsons Project)

Una lectura de Guitarra negra, de Luis Alberto Spinetta

El hermetismo en las letras de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

Los discos conceptuales, aproximaciones a una definición y tipologías: Animals, The Dark Side of the Moon y The wall, de Pink Floyd, 2112 de Rush, Tales from Topographic Oceans, de Yes, etc.

King Crimson y su disco dedicado a la Generación Beat / Gurdjieff, el creador de El cuarto camino, en Robert Fripp

El concepto de mito en varias bandas metaleras (y en el mismísimo Borges).

Ciencia ficción en clave rock, David Bowie sabe del asunto, y Black Sabbath y tantos otros, también.

¡Nietzsche tiene su álbum con Anticristo Superstar, de Marylin Manson!

Jim Morrison, de The Doors, poeta

Breves palabras sobre la banda más literaria de todos los tiempos: Iron Maiden

Las puertas de la percepción de Aldous Huxley (y las del rock)

Sobre las crónicas malditas de Enrique Symns, el creador de la mítica revista Cerdos & Peces

Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura (el poeta Thomas, seguramente estaría honrado)

Un vistazo a los libros de poemas de Patti Smith, Leonard Cohen, etc.

 

Más información, aranceles e inscripción: gdipace@gmail.com o 15 3211 2889

 

Gustavo Di Pace (1969). Es autor de los libros de cuentos Los patios interiores (Libris de Longseller, 2003), Mi yo multiplicado y El chico del ataúd (Alción Editora, 2011 y 2014), la novela Tuya es la sangre en 2016, y el ensayo La escritura del Grito Primitivo en 2018, bajo el mismo sello. También escribió Tejidos nocturnos, Crucifixión (cuento y novela, 2016-2017), Para entrar en estado literario y Borges, una guía para entrar en su universo (ensayos) aún inéditos. Publicó en diversas antologías y revistas de Argentina, México y España. Fue jurado en concursos literarios, dio charlas sobre Escritura Creativa y Literatura en diversos puntos del país y participó en medios de Argentina y España. Desde 2006 coordina El Respiradero, su taller literario en ámbitos culturales y académicos (Centro Cultural San Martín, Centro Cultural Borges, La Abadía, Centro de Arte y Estudios Latinoamericanos, UFLO, Universidad de la Marina Mercante, etc.)

 


 

lunes, 10 de agosto de 2020

King Crimson y el Yo multiplicado, Gustavo Di Pace

 

 
          La influencia del místico ruso George Gurdjieff, autor de libros como Relatos de Belcebú a su nieto, Encuentros con hombres notables y su doctrina del Cuarto Camino, se respira en los constantes cambios de rumbo de King Crimson, que despliega bajo el omnipresente guitarrista y compositor Robert Fripp, una multiplicidad de yoes. Así, la banda de origen inglés, que podría describirse como un incesante big bang de música en expansión, fue pionera del rock progresivo en los 60, pasó al free jazz con intensas guitarras en los 70, sorprendió con su mezcla de pop, new wave y el gamelán indonesio en los 80, mutó al doble trío en la década siguiente, tomó influencias de música electrónica en el inicio del nuevo milenio y, en su última encarnación, se conformó de ochos músicos que incluyeron tres bateristas.

Una personalidad múltiple que es, paradójicamente, una sola, porque el Rey Carmesí viste diversos ropajes para ser ese Proteo que escapa siempre al signo de los tiempos.

¿Cuáles  son sus recursos? La experimentación, lo impredecible, la búsqueda permanente. Lanzarse al abismo con un mellotrón, nadar en las aguas polifónicas de un stick, fusionar instrumentos clásicos y contemporáneos.

Los músicos participantes en el proyecto han colaborado para que Fripp sea aquel hacedor de esquizofrenias sonoras que viajan del cielo al infierno en apenas un par de compases. ¿Quién es este londinense tenaz? De seguro un músico, un vanguardista, un gurú que en sus famosas Guitar Craft plantea a los alumnos los siguientes objetivos: Una vía para desarrollar una relación con la guitarra / Una vía para desarrollar una relación con la música / Una vía para desarrollar una relación con uno mismo.

También es, según afirmó el polirítmico Bill Bruford, el Misterio en persona. El baterista contó que, cuando entró al grupo, Fripp no le dio una lista de canciones sino de libros: J. G. Bennet, Peter Ouspensky, Carlos Castaneda y el mencionado Gurdjieff fueron los autores recomendados.

         En otras palabras, Fripp intentaría un camino espiritual a través de la partitura para llegar a ser o, mejor dicho, la misma búsqueda constituiría el ser. Y mientras tanto, ofrenda al mundo discos como In the Court of the Crimson King, Islands, Starless and Bible Black, Red, Discipline, Beat (en homenaje a la generación de escritores que lleva tal nombre) o THRAK, entre otros.

Así, elegidos como John Wetton, Greg Lake, Adrian Belew, Tony Levin, Trey Gunn y Pat Mastelotto han sido parte de esta cofradía.

Laberinto rojo, monarca de ordenado caos. Un yo que se multiplica, se propaga, melodías y armonías como pasajes y extramuros. Obra demencial, heterogénea, atonal. Un epitafio no precisamente honroso a lo establecido. Acordes disminuidos y escalas alteradas, loops infinitos, trabajo con los ambientes, entrelazamientos de patrones rítmicos entre varios instrumentos para lograr complejas texturas, silencios, contrapuntos, el Frippertronics creado por Robert con sus melodías cíclicas crecientes, los landscapes (paisajes sonoros) después.

Crimson transporta, Crimson horada, Crimson quema, Crimson es vuelo sofísticado hacia el cielo poético.

Puesta de sol, día deslumbrante / Oro a través de mis ojos / Pero mis ojos mirando hacia dentro / sólo ven / Negro bíblico y sin estrellas

Los súbditos del Rey Carmesí lo sabemos. El hombre esquizoide del Siglo XXI ha llegado. Ahora, más que nunca, es hora de despertar.

 

Gustavo Di Pace