miércoles, 14 de febrero de 2018

Entrevista a Isidoro Blaisten, por Miguel Ruso, La Maga, 1991



 

La literatura es cruel

"Algo de bueno sucede en la literatura -reflexiona Blaisten. Ocurre que en los últimos veinte años en el país pasó tanto agua bajo el puente que estuvimos inundados, a punto de ahogamos en una de las noches más negras de nuestra negra historia. Existió una inundación espiritual además, un ahogo del alma. Sin embargo en esos veinte años se produjeron Rayuela, Adán Buenosayres, las obras completas de Borges. Ahora estamos atisbando el fulgor, cierta esperanza por el país y en literatura nos encontrarnos con el afinamiento de un lenguaje propio. Esa cosa íntima, nuestra. Esa forma de escribir rioplatense que nos distingue del resto de la América que produce en español y del resto del mundo. Eso que hace que ante la lectura de un texto uno pueda decir con certeza que está escrito por un argentino. Y ese idioma nace en Borges."

Justamente fue Jorge Luis Borges quien especificó que todo hombre es del tiempo que le toca vivir y en el caso concreto de Blaisten, muchos críticos creyeron ver en su cuento "Y vendrá la muerte y tendrá tus ojos" (Cerrado por melancolía) el reflejo de un país destrozado por la dictadura.

"Es que los militares, prohibiendo la forma lisa y llana de decir, fomentaron, sin saberlo, el uso de la metáfora -explica el autor- No quisieron, pero le dieron más belleza a la escritura. Se agudizó el uso de la alusión, de la forma de sugerir yeso resultó bastante productivo.

También admite que a partir de la dictadura se produce un corte en la literatura. un corte necesario. "Los periodistas que sabían - opina Blaisten- no podían hablar porque los mataban o los desaparecían, entonces la gente se volcó a la literatura. Se da comienzo a una manera de escribir periodística, una literatura que de algún modo informa a la gente de lo que está ocurriendo, lo que la gente necesita. Se busca en lo literario la explicación de lo que está pasando: Nunca más, Ezeiza, La novela de Perón. El lector quería saber, necesitaba saber lo que se había callado. Luego aconteció la saturación y entonces hubo un vuelco hacia la literatura un tanto alejada de lo periodístico."

Isidoro Blaisten repite, en sus talleres, hasta el cansancio, que la literatura es un trabajo, que el arte, guste o no, es forma. O como decía Jean Paul Sartre es poner en forma. "Así como para pintar un cuadro hay que aprender primero a dibujar -dice el escritor- hay que admitir que las medidas, las formas, las equivalencias no están para joderte la vida. están para ayudarte. Hay gente que me dice: "Ah, no, yo escribo lo que siento". Está bien, uno puede pensar que tiene un hermoso sufrimiento, pero eso no le importa a nadie. La literatura es cruel. Uno puede escribir la letra de Anclao en París estando en Madrid, fumando cigarrillos egipcios y con pijama de seda. De todos modos el que escucha el tango, llora. Esas son las contradicciones del arte de escribir. Del oficio de escritor."

Abomina de los escritores que recién empiezan y leyeron en alguna parte que la literatura es demoníaca, entonces en lugar de dedicarse a escribir ejercen la maldad. "Cualquier loco -reflexiona Blaisten- se puede cortar una oreja, pero Van Gogh hubo uno sólo. O se termina por acusar a Borges de eyaculador precoz o impotente y se olvidan que sólo una persona pudo escribir "El jardín de senderos que se bifurcan". Después de la política, de ciertos ideales, del fin de las ideologías, ¿qué va a quedar? Simplemente aquello que toque el corazón de los hombres. Y pasiones humanas hay diez y son las que mostró Shakespeare, las que retomó Cervantes, y pasarán los años y siempre la gente volverá sobre los textos que hablen de ellos. Sin facilismos, deshechando la intertextualidad como invento novedoso. La guiñada existe desde que existe la literatura. De Virgilio a Homero, entre los antiguos, en Marechal, en Borges. Y ahora hay los que pretenden establecer la guiñada antes que el ojo. Por favor, hasta de boludeces, hay que escribir a través de la vida y dejar que los críticos se encarguen de encasillar o codificar los textos."

Sin embargo, reacio al encasillamiento, Blaisten concluye: "Para determinar en qué escuela o movimiento estoy, cito la Biblia, un pasaje que dice: Ay del solo. Yo soy un tipo sólo. Cambio constantemente, entonces no me pueden clasificar. Carezco de grupos de pertenencia y te dan con todo por esto. Me dicen que soy polémico y jamás me metí contra nadie. Eso no te lo perdonan. A mí me interesa hacer mi obra y que el lector me juzgue. Estoy vivo, por favor no me embalsamen, quiero seguir".

"El precio es la palabra, destrozarse en la palabra"

El texto que se reproduce a continuación fue escrito por Isidoro Blaisten a propósito de la presentación de Crónica de un iniciado, la novela de Abelardo Castillo. El talento de Blaisten, pleno del humor y de la ironía que le distinguen, se luce aquí con un reflexión que excede el simple comentario de la obra que lo inspiró. LA MAGA agradece al autor la autorización para publicar este texto inédito. ISIDORO BLAISTEN:

"La lectura de novelas me ha deparado extrañas pesadillas. Después de leer ciertas novelas, sueño por las noches. Suelo soñar con dos películas.

Una, en la que Peter Sellers hace de Gunga Din y toca la cometa. Gunga Din, malherido, está por morirse y no se muere nunca. Cada vez que uno cree que se va a morir definitivamente, se incorpora y con los ojos desorbitados vuelve a tocar la cometa.

La otra película con la que sueño es francesa. Alguien ha muerto y lo llevan al cementerio. Está por llover, los deudos y el ataúd avanzan lentamente sobre la grava o la granza. Por fin llegan al lugar donde está preparada la sepultura. Louis Jouvet, o Michel Simon, va a pronunciar el discurso de despedida. Louis Jouvet, o Michel Simon, saca del bolsillo de su paletó un rollo de papel interminable. Se oyen los truenos. Los del cortejo y los deudos se miran entre sí. Miran el rollo de papel interminable, miran el cielo, miran los densos nubarrones. Cuando Louis Jouvet, o Michel Simon, termina su discurso bajo la lluvia torrencial, se ha quedado solo con el muerto. Ni siquiera está el sepulturero.

La novela de Castillo abolió los dos sueños. Comencé mi primera lectura ingenua en iddish, leyendo de atrás para adelante, leyendo, como se debe, la contratapa. Al llegar a la parte que dice: "Las ráfagas de la posmodernidad". Confieso que me emocioné. Me trajo recuerdos. "Recuerdo- me dije- la última discusión con Castillo sobre los posmodernistas. Fue hace 25 años". "Un cuarto de siglo", me dije con nostalgia y evoqué el Tortoni y los posmodernistas en la madrugada. Recuerdo a algunos: Juan Ramón Jiménez, Alfonsina Storni, Baldomero Fernández Moreno, González Lanuza y sobre todo Pedro Miguel Obligado y Francisco López Merino. Pedro Miguel Obligado y su traducción del cuervo de Poe; Francisco López Merino y su poema "Ligeia", que escribió en homenaje a Poe. Me decepcionó, pese a la promesa de la contratapa, no encontrarlos en el libro.

Salvo esto, como diría Borges, "no sé de un libro más ardido y volcánico, más trabajado por la desolación". Personalmente, creo que Crónica de un iniciado es una de las novelas más importantes que ha dado la literatura argentina. El libro comienza con un nombre de mujer, con un regreso. con una ciudad y con Esteban Espósito caminado solo por recovas amarillas, bajo las cúpulas y las arcadas y los tordos.

Leí "tordos" y creí reconocer una imposibilidad. "Nadie camina bajo los pájaros", me dije. Y. sin embargo, como los imposibles balcones de las imposibles golodrinas de Bécquer, son posibles. Recovas, ángeles, arcadas, constituyen un sistema; los tordos lo destruyen.

Después comprendí que siempre, a lo largo de todo el libro, la irrupción de lo imposible creará una nueva posibilidad, que a su vez creará una nueva imposibilidad que también será posible, y así hasta el vértigo, y así hasta la destrucción total ( ... )

En la página 429, el diablo, en nada más que 26 líneas, se lo hará entender de una vez y para siempre. "Y sólo entonces, y no antes de estas pruebas, serás un hombre, hijo mío."

Estas cinco últimas palabras del diablo pertenecen a Kipling. Es lo que ahora se llama la guiñada al lector. Guiñada que es tan antigua como la literatura, sólo que recién ahora la descubren. Para tranquilidad de críticos y de teóricos quiero avisarles que el libro está lleno de guiñadas, un parpadeo constante. Constantes referencias a Góngora y a Giuseppe el zapatero, a Discépolo y a Strindberg, a Emanuel Kant y a Tarzán, a Gimbaptista Vico y al Manco Paz, a Santo Tomás de Aquino y a Pancho Ramírez. a Dante Alighieri y a Charles Atlas, y algunos otros cuya misión ha sido hacer posible lo imposible.

Pájaros imposibles que destruyen un sistema y un pacto de fuego son, creo, las dos coordenadas por donde se va tendiendo y extendiendo el dibujo que va a dar lugar a la delicada arquitectura de esta novela. Aparecerá Graciela en lugares irremediables, Santiago se va a matar, Lalo desplegará la historia de una batalla inaudita sobre la piel de un oso, habrá un baile de sombras en el Cerro de las Rosas y sobre los senderos rojos de la plaza Irlanda acontecerá el recuerdo de lo que va a suceder.

Creo que escribir es perdurar en la palabra, creo que sólo la ausencia puede nombrar a la ausencia. Creo que pronunciar una palabra es fundar ya el olvido. Crónica de un iniciado impone un narrador reminiscente que cuenta en el tiempo que pasa la acción de un tiempo que pasará. La sabiduría narrativa de Castillo responde, creo, a la inmensa pregunta que se formuló San Agustín: "Si el pasado y el futuro existen, quiero saber dónde están". Horacio, en su "Epístola a los Pisones", aconseja guardar nueve años el manuscrito antes de publicarlo. Castillo se pasó en 21 años. Estuvo treinta escribiendo esta novela. Supongo que durante esos treinta años hizo otras cosas también.
Pero yo recuerdo muchas noches y madrugadas en el Tortoni, viernes que se extendían desde el alba al crepúsculo, cuando Castillo solía tener sed y yo podía beber cosas más interesantes que la estólida agua mineral que bebo ahora, y Costantini, De Lellis, Marechal, Cortázar, Jobson, no estaban muertos, y Castillo nos leía las infinitas y cambiantes versiones de los capítulos de esta novela. Y durante treinta años la mirada del ojo desprendido de la cara de Santiago, caído en el piso de un cuarto de hotel, nos fue siguiendo con su visión horrenda de un país que se iba volviendo horrendo.

El reverendo padre Marcos Pizzariello, en su audición "Tres minutos con usted", dijo una vez: "todo tiene su fruto, todo tiene su precio". Castillo nos ha dejado una novela fundamental, una lección de literatura. Ese es el fruto. Veamos el precio. El pacto con el diablo de Esteban Espósito es el pacto de Castillo con la literatura. El precio es atroz. Justifica el fuego e instaura un lugar donde toda envidia es vana; toda vanidad, efímera; todo resentimiento, inútil; todo odio. insignificante; todo dolor, posible.

El precio es la palabra, destrozarse en la palabra. El lema de El escarabajo de oro fue una frase de Nietzsche: "Di tu palabra y rómpete". Creo que la palabra ha sido dicha, Crónica de un iniciado ha sido escrita, el pacto está cumplido.


Sobre Isidoro Blaisten (1933-2004): Escritor de gran talento y humor, su especialidad fue el cuento, y se jactaba de haber escrito por lo menos cinco cuentos perfectos a lo largo de su vida. Escribió Sucedió en la lluvia (1965), La felicidad (1969), La salvación (1972), El mago (1974), Dublín al Sur (1980), Cerrado por melancolía (1981), Cuentos anteriores (1982), Anticonferencias (1983), A mí nunca me dejaban hablar (1985) y Carroza y reina (1986).

lunes, 15 de enero de 2018

Un pueblo llamado Yumiura, Yasunari Kawabata




Su hija Tagi vino a avisar que había llegado de visita una mujer que decía haberlo conocido treinta años antes en el pueblo de Yumiura, en Kyushu. Kozumi Shozuke lo pensó un momento y decidió hacerla pasar a la sala.
Kozumi era escritor. Las visitas sin cita previa y a cualquier hora eran asunto de todos los días. Justo en ese momento había tres visitantes en la sala. Aunque los tres habían llegado por separado, los tres estaban conversando juntos. Eran las dos de una tarde en la que, a pesar de ser principios de diciembre, hacía calor.
La cuarta visitante se arrodilló en el corredor de afuera y dejó la puerta corrediza abierta. Parecía avergonzada con los otros visitantes.
-Por favor, pase usted -le dijo Kozumi.
-En realidad, de hecho... -dijo la mujer con voz temblorosa-. Llevamos tanto tiempo sin vernos. Ahora mi apellido es Murano. Pero cuando nos conocimos era Tai. ¿No lo recuerda?
Kozumi miró la cara de la mujer. Estaba entrando en los cincuenta pero se veía joven para su edad. Sus blancas mejillas tenían un suave tinte rojo. Sus ojos se veían aún grandes, tal vez porque no tenía la contextura gruesa propia de la edad madura.
-¡Justo lo que pensaba! No hay duda de que usted es el Kozumi que conocí -dijo la mujer. Al mirarlo los ojos le brillaban de alegría. Su entusiasmo contrastaba con la seriedad de Kozumi, que la miraba intentando recordarla-. No ha cambiado usted en nada. La forma del perfil desde el oído a la barbilla. ¡Sí!, y también la parte alrededor de las cejas. ¡Está idéntico!
Y así siguió, señalando rasgo por rasgo como si se tratara de una encuesta. A todo esto Kozumi se mostraba confundido pero también preocupado por su falta de memoria.
La mujer vestía un haori negro bordado con el emblema de la familia. El gusto que denotaban su quimono y su obi era discreto. Sus ropas estaban usadas pero no hacían pensar en una familia venida a menos. Era pequeña de cuerpo y de cara. No llevaba anillos en sus cortos dedos.
-Hace cerca de treinta años estuvo en el pueblo de Yumiura, ¿recuerda? Y tuvo entonces la gentileza de venir a mi habitación. ¿Ya se ha olvidado usted de eso? Fue el día del Festival del Puerto, hacia el atardecer...
-¿Ah... ?
Cuando Kozumi oyó que había ido a la habitación de una muchacha que sin duda había sido bonita hizo un esfuerzo aún mayor para recordar. Si eso había ocurrido treinta años atrás, tenía entonces veinticuatro o veinticinco años. Todavía no estaba casado.
-Usted estaba con los profesores Kida Hiroshi y Akiyama Hisaro, e iban de viaje por Kyushu. Se quedaron en Nagasaki debido a una invitación que les hicimos para asistir al lanzamiento de un pequeño periódico de Yumiura.
Kida Hiroshi y Akiyama Hisaro ya estaban muertos. Ambos novelistas, diez años mayores que Kozumi, lo habían alentado afectuosamente desde que tenía veintidós o veintitrés años. Hacía treinta años ya eran novelistas de primera línea. Era cierto que ellos dos habían estado de paseo por Nagasaki. Kozumi recordaba los diarios de ese viaje y las anécdotas que habían contado sobre él. Tanto los diarios como las anécdotas eran de sobra conocidos por el público literario.
Por aquella época Kozumi comenzaba su carrera. Pero no estaba seguro de que hubiese sido invitado por dos escritores mayores que él a acompañarlos en un viaje a Nagasaki. Al revolver sin descanso su memoria, evocó nítidamente los rostros benévolos de Kida y Akiyama, y recordó los innumerables favores que le hicieron. Kozumi fue cayendo en un estado psicológico de dulces y suaves reminiscencias. Su expresión debió de haber cambiado porque la mujer le dijo:
-Se está acordando, ¿verdad? -la voz de la mujer también cambió-. Yo acababa de hacerme cortar el pelo. Sentía frío desde las orejas hasta la nuca. ¿Recuerda que le dije que me sentía avergonzada? El otoño ya había terminado... Iba a salir el nuevo periódico en el pueblo y decidí dejarme el pelo corto para volverme reportera. Recuerdo muy bien que cuando sus ojos se fijaban en mi cuello yo me volvía como si me estuvieran tocando. De regreso usted me acompañó a mi habitación. Entonces abrí presurosa una caja de cintas del pelo y se las mostré. Creo que quería darle una evidencia de mi pelo largo, mostrándole las cintas con que lo había atado. Usted se sorprendió y me dijo que eran muchas. Es porque las cintas me gustaron desde niña.
Los otros tres visitantes estaban callados. Una vez terminada la consulta de sus asuntos se habían quedado sentados, charlando entre ellos, hasta que llegó la mujer. Era natural que ahora dejaran hablar a Kozumi con la recién llegada. Pero había algo en la compostura de la mujer que los obligaba a permanecer en silencio. Los tres visitantes escuchaban la conversación con aire de no estar oyendo y sin mirar la cara ni de la mujer ni de Kozumi.
-Cuando terminó la ceremonia de inauguración del periódico bajamos por la calle del pueblo que lleva hacia el mar. Había un atardecer arrebolado que parecía que iba a ocasionar un incendio en cualquier momento. Un color rojo cobrizo cubría los tejados. No olvido que usted me dijo que hasta mi cuello parecía de cobre. Yo le contesté que Yumiura era un sitio famoso por sus atardeceres. Y, es cierto, aún no he podido olvidar los atardeceres de Yumiura. El día en que nos conocimos hubo un lindo crepúsculo. Yumiura se llama así probablemente por su forma, pues es un pequeño puerto como un arco que hubiesen tajado a lo largo de la línea de la costa, siguiendo el contorno de la montaña. Los colores del atardecer se recogen en ese cuenco. Aquel día la bóveda del cielo con las nubes revueltas se veía más baja de lo que suele verse en otros lugares. La línea del horizonte parecía sorprendentemente cercana. Era como una bandada negra de aves migratorias que no pudiera traspasar la barrera de las nubes. No era que el color del cielo se reflejara en el mar; era como si el rojo encendido del cielo se hubiera fundido y mezclado totalmente con el agua en ese puerto pequeño. Había allí un barquito del festival adornado con una bandera, del que salía una música de flauta y tambores. Y había un niño en el bote. Usted comentó que si se hubiese raspado un fósforo al lado del quimono del niño, mar y cielo hubieran estallado en un instante como una llamarada. ¿Tiene algún recuerdo de eso ?
-¡Pueees ... !
-Desde que mi esposo y yo nos casamos mi memoria parece haberse deteriorado lamentablemente. Tal vez no exista una felicidad tal que nos lleve a decidir no olvidar. Las personas que además de felices están ocupadas, como usted, no tienen tiempo libre para ponerse a recordar tonterías del pasado. Tal vez no lo necesitan... Pero para mí Yumiura ha sido toda mi vida un pueblo especial.
-¿Estuvo mucho tiempo en Yumiura? -preguntó Kozumi.
-No. Casi medio año después de haberlo conocido a usted fui a Numazu a casarme. De mis hijos, el mayor terminó la universidad y ahora está trabajando; la menor ya tiene edad suficiente para buscar marido. Yo nací en Shizuoka pero como no me entendía con mi madrastra me mandaron a Yumiura por un tiempo a casa de unos parientes. Por llevar la contraria, entré a trabajar en el periódico. Cuando mis padres se enteraron, me mandaron llamar y me forzaron a casarme. Así que sólo estuve siete meses en Yumiura.
-Y, ¿su esposo es...?
-Es sacerdote shintoísta en un santuario de Numazu.
Al oír mencionar una profesión tan inesperada Kozumi miró la cara de la visitante. Existe una palabra que tal vez ahora no se use y me temo que produzca una impresión desfavorable sobre un peinado, pero la visitante tenía un corte de cabello al estilo Fuji, y fue esto lo que atrajo la mirada de Kozumi.
-Antes se podía vivir muy bien como sacerdote shintoísta. Después de la guerra, sin embargo, día a día le es más difícil conseguir dinero. Tanto mi hijo como mi hija me apoyan, pero pelean con su padre por cualquier cosa.
Kozumi sintió la zozobra del hogar de la mujer.
-El santuario de Numazu es tan grande que no puede compararse con el templete donde se celebraba el festival de Yumiura, pero cuanto más grandes son, más complicados de manejar. Mi marido está en problemas por haber vendido sin consultar diez cedros que había en la parte de atrás del templo. Me vine a Tokio huyendo de eso.
-...
-Los recuerdos son algo por lo que deberíamos estar agradecidos ¿verdad? No importa en qué situación se meta el ser humano, los recuerdos del pasado son sin duda un don de los dioses. En el templete del camino que bajaba la ladera de Yumiura había muchos niños y usted sugirió que siguiésemos adelante sin detenernos. Sin embargo, alcanzamos a ver que había dos o tres flores de finos pétalos dobles en un pequeño arbusto de camelias, al lado de los baños. Yo todavía recuerdo esas camelias y pienso en quién pudo haber sido la persona de corazón tierno que plantó ese arbusto.
Era claro que Kozumi se encontraba entre los personajes que aparecían en algún escenario de los recuerdos de la visitante. También Kozumi, seducido por sus palabras, sintió como si las imágenes de esa camelia y del atardecer en el puerto de Yumiura le llegaran flotando. Sin embargo, lo irritaba no poder entrar con la mujer en la misma región del mundo de sus reminiscencias. Estaban tan separados como están los vivos y los muertos en aquel país. La capacidad de memoria de Kozumi se había reducido en comparación con la de muchas personas de su edad. Le era usual sostener una larga conversación con alguien cuya cara le resultaba familiar sin recordar su nombre. A la ansiedad de esos momentos se venía a sumar el miedo. Ahora mismo, mientras intentaba inútilmente despertar sus propios recuerdos con la visitante, empezó a sentir que la cabeza le dolía.
-Cuando me detengo a pensar en la persona que plantó aquella camelia se me ocurre que debería haber tenido más arreglada mi habitación en Yumiura. Usted sólo pasó por allí una vez y desde entonces han transcurrido más de treinta años sin vernos. Aunque, ¿no es verdad que entonces la había adornado un poco y que se veía como la habitación de una muchacha joven?
Kozumi frunció el ceño y su expresión pareció tornarse más rígida. No podía recordar nada de esa habitación.
-Le pido excusas por haberlo visitado tan de improviso, fue quizás grosero de mi parte... -dijo la mujer a modo de despedida-. Durante largo tiempo deseé verlo. Nada podía hacerme más feliz. Me pregunto si me permitiría visitarlo de nuevo. Hay muchas cosas que me gustaría conversar con usted.
-Sí.
Había algo que la mujer temía decir frente a los otros visitantes. El tono de su voz indicaba que no podía hacerlo. Kuzumi salió al corredor para despedirla. Al correr el panel de la puerta tras de sí casi no cree a sus propios ojos. La mujer había relajado la postura del cuerpo. Tenía la actitud corporal de una mujer que está frente a un hombre que la ha tenido en sus brazos.
-¿La niña que salió a recibirme era su hija?
-Así es.
-Siento no haber visto a su esposa...
Kozumi sin responder se adelantó hasta el umbral de la entrada.
Desde allí le dijo a la mujer, que estaba de espaldas poniéndose los zori:
-¿Así que fui a su habitación en un pueblo llamado Yumiura?
-Sí -contestó ella, y lo miró por encima del hombro-. Me pidió que me casara con usted. En mi propio cuarto.
-¿Sí...?
-En aquella época yo ya estaba comprometida con mi actual esposo. Eso le dije. Me negué. Pero...
Kozumi sintió un golpe en el pecho. Por más que tuviera pésima memoria, pensar que hubiera olvidado por completo una propuesta de matrimonio y que él mismo no fuera capaz de recordar a la muchacha, más que sorprendente le resultó ridículo. Nunca había sido el tipo de persona capaz de proponer matrimonio precipitadamente.
-Usted fue muy amable y comprendió las circunstancias de mi negativa -dijo la mujer mientras se le llenaban los ojos de lágrimas. Después, con sus dedos cortos, sacó temblando una fotografía del bolso.
-Estos son mis hijos. Ella es ahora mucho más alta que yo. Pero se parece mucho a mí cuando era joven.
La muchacha se veía pequeña en la fotografía pero sus ojos estaban llenos de vida y la forma de la cara era hermosa. Kozumi fijó la mirada en la muchacha de la fotografía. ¿Sería posible que hace treinta años se hubiera visto con ella durante un viaje y le hubiera propuesto matrimonio?
-Algún día le voy a traer a mi hija y si gusta podrá ver cómo era yo en aquel tiempo -dijo con lágrimas mezcladas en la voz-. Les he contado los detalles de lo que pasó con usted. Lo saben todo. Hablan de usted como si se tratara de algún ser querido. En ambos embarazos tuve unas náuseas terribles y me iba volviendo un poco loca. Después las náuseas se calmaban y cuando el niño comenzaba a moverse me daba por cavilar si no sería suyo. De vez en cuando me ponía a afilar un cuchillo en la cocina... Esto también se lo he contado a mis hijos.
-Eso... No puede hacer eso.
Kozumi no articuló más palabras.
De todas maneras parecía que la mujer había sido extremadamente desgraciada a causa de Kozumi. También su familia lo había sido... O al contrario. Tal vez con el recuerdo de Kozumi pudo suavizar una vida extremadamente desgraciada. Y su familia había participado de eso en cierto modo...
Pero ese pasado, el encuentro imprevisto con Kozumi en un pueblo llamado Yumiura, parecía vivir con intensidad en aquella mujer. En Kozumi, que de alguna manera había cometido una falta, ese mismo pasado se había perdido completamente y estaba muerto.
-¿Quiere que le deje la fotografía? -preguntó ella. A lo cual Kozumi meneando la cabeza respondió que no.
La figura pequeña de la mujer, caminando con pasos cortos, desapareció tras la puerta de entrada.
Kozumi tomó del estante de libros un mapa detallado del Japón y un diccionario de nombres de ciudades y regresó a la salita. Los tres visitantes le ayudaron a buscar, pero en ningún lugar de Kyushu encontraron un pueblo llamado Yumiura.
-¡Qué extraño! -dijo Kozumi. Levantó la cabeza, cerró los ojos y se puso a pensar-. No recuerdo siquiera haber estado en Kyushu antes de la guerra. Estoy seguro de que no. ¡Ya! La primera vez que estuve en Kyushu fui en avión, como corresponsal de la armada, a la base de las fuerzas especiales en Shikaya durante la batalla de Okinawa. La segunda fue una visita que hice a Nagasaki después de la explosión de la bomba atómica. Y fue en Nagasaki donde oí la historia de la visita de Kida y de Akiyama a la región, que había tenido lugar treinta años antes.
Los tres visitantes expusieron por turnos su opinión sobre las ilusiones o fantasías de la mujer y se echaron a reír. Concluyeron que evidentemente estaba loca. Kozumi, sin embargo, pensaba que él también debía de estar loco. Había estado oyéndole la historia a la mujer, buscando en sus recuerdos mientras la escuchaba. En este caso, no había existido un pueblo llamado Yumiura, pero cuánto de su pasado, un pasado que él había olvidado y que para él ya no existía, podía ser recordado por otros. Después de su muerte, la visitante de hoy iba a pensar que Kozumi le había propuesto matrimonio en Yumiura. Para él no había diferencia entre uno y otro caso.


martes, 12 de diciembre de 2017

SOBRE LA SOLEDAD, Charles Bukowski






Una respuesta del viejo a una pregunta de Sean Penn.

Nunca me he sentido solo. He estado en una habitación, me he sentido suicidad, he estado deprimido, me he sentido horrible más allá de lo imaginable, pero nunca he sentido que otra persona pudiera entrar en esa habitación y curar lo que me afectaba, o que lo pudieran hacer varias. En otras palabras: la soledad es algo que nunca me ha molestado, porque siempre he tenido ese deseo terrible de soledad. Es cuando estoy en una fiesta o en un estadio lleno de gente que vitorea algo, que puedo sentirme solo.
Citaré a Ibsen: los hombres más fuertes son los más solitarios.
Nunca he pensado “Bueno, alguna rubia guapa va a venir y me va a coger, me va a acariciar las pelotas y me sentiré bien”. No. Eso no ayudará. Mira cómo piensa la gente común: “¡Ey! Es viernes por la noche, ¿qué vamos a hacer? ¿Quedarnos aquí sentados?” Bueno, pues sí. Porque no hay nada allá afuera. Es estupidez. Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. ¡Que se estupidicen ellos! Nunca sentí el ansia de lanzarme a la noche. Me escondía en los bares porque no me podía esconder en las fábricas.
Eso es todo. Pido perdón a todos esos millones, pero nunca me he sentido solo. Me gusto. Soy la mejor forma de entretenimiento que tengo. Bebamos más vino.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Poesía negra y poesía blanca, de René Daumal



Como la magia, la poesía es negra o blanca, según sirva a lo subhumano o a lo sobrehumano.
Las  mismas disposiciones innatas ordenan la maquina del poeta blanco y del poeta negro. Algunos consideran un don misterioso, un sello de poderes superiores; otros, una enfermedad o una maldición. No importa. ¡O más bien sí!; tendría muchísima importancia, pero todavía no nos volvimos aptos como para comprender el origen de nuestras estructuras esenciales. Quien las comprendiera, tendería a liberarse de ellas. El poeta blanco procura comprender su naturaleza de poeta, liberarse de ella y darle una utilidad. El poeta negro se sirve de ella, y se esclaviza.
¿Pero que es ese “don” común a todos los poetas? Es un enlace particular entre las diversas vidas que componen nuestra vida, de tal manera que cada manifestación de una de esas vidas ya no es sólo el signo exclusivo, sino que puede transformarse, por medio de una resonancia interior, en el signo de la emoción que es, en un momento dado, el color o el sonido o el sabor de sí mismo. Esta emoción central, protuberantemente escondida en nosotros, no vibra ni brilla más que en raros instantes. Esos instantes serán, para el poeta, sus momentos poéticos, y todos sus pensamientos y sensaciones y gestos y palabras, en dicho momento, serán los signos de la emoción central. Y cuando la unidad de su significación llegue a realizar en una imagen que se afirma por medio de la palabra, entonces diremos, más específicamente, que es poeta. A esto llamamos “don poético”, a falta de un conocimiento amplio.
El poeta tiene una noción más o menos confusa de su don. El poeta negro lo explota para su satisfacción personal. Cree tener el mérito de ese don, cree que puede voluntariamente escribir poemas. O bien, abandonándose al mecanismo de las significaciones resonantes, se vanagloria de estar poseído por un espíritu superior, que lo habría elegido a manera de intérprete. En los dos casos, el don poético aparece al servicio del orgullo y de la imaginación mentirosa. Combinador o inspirador, el poeta negro se miente a sí mismo y se  cree alguien. Orgullo, mentira; hay incluso un tercer término que lo caracteriza: pereza. No es que deje de agitarse y penar, o que parezca pose. Pero todo ese movimiento se hace enteramente solo, dado que se cuida de intervenir allí por sí mismo, ese sí mismo pobre y desnudo que no quiere ser visto ni tampoco verse pobre y desnudo, ese sí mismo que cada uno de nosotros se esfuerza en esconder bajo sus máscaras. Es el “don” que opera en él, goza con ello como un mirón, sin mostrarse, se viste como el molusco de vientre fofo, se refugia en su concha de múrice, hecha para producir el púrpura real y no para revestir abortos vergonzosos. Pereza de verse, de dejarse ver, miedo de no tener otra riqueza que las responsabilidades asumidas, de esa pereza hablo -¡oh, madre de todos los vicios!
La poesía negra es fecunda en prestigios, tanto como el sueño y el opio. El poeta negro goza de todos los placeres, se adorna con todos los ornamentos, ejerce todos los poderes -en la imaginación. A las riquezas mentirosas, el poeta blanco prefiere lo real, aunque sea pobre. Su obra es una lucha incesante contra el orgullo, la imaginación y la pereza. Aceptando su don, incluso si sufre por ello y si sufre por el hecho de sufrir, procura ponerlo al servicio de fines superiores a esos deseos egoístas, a la causa todavía desconocida de ese don.
No afirmaré: tal es un poeta blanco, tal otro es un poeta negro. Se trataría de ideas, sería caer en opiniones, en discusiones y en error. Tampoco afirmaré: tal tiene don poético, tal otro no. ¿Lo tengo yo? Con frecuencia dudo, a veces creo estar seguro. Nunca alcanzo la certeza de una vez para siempre. Cada vez la pregunta es nueva. Cada vez que el alba aparece, el misterio está allí, en su totalidad. Pero si antes fui poeta, sin duda alguna fui un poeta blanco. De hecho, toda poesía humana es una mezcla de blanco y de negro: pero una tiende hacia lo blanco, la otra hacia lo negro.
La que tiende hacia lo negro, no necesita hacer esfuerzos para ello. Sigue la pendiente natural y subhumana. Uno no tiene que hacer esfuerzos para presumir, para soñar, para mentirse y entregarse a la pereza; ni para calcular y combinar, cuando tanto los cálculos como las combinaciones están al servicio de la vanidad, de la imaginación, de la inercia. Pero la poesía blanca va contra la pendiente, lo mismo que la trucha remonta la corriente para dirigirse a engendrar en la fuente viva. Hace frente, por medio de la fuerza y de la astucia, a las fantasías de los rápidos y de los remolinos, no se deja distraer por el tornasol de las burbujas que pasan, ni tampoco arrastrar por la corriente hacia los dulces valles cenagosos.
¿Cómo sostiene esta lucha el poeta que quiere transformarse en poeta blanco? Diría que de la manera en que intento sostenerla en mis infrecuentes mejores momentos, a fin de que un día, si soy poeta, emane de mi poesía (por más gris que sea) al menos un deseo de blancura.
Podría distinguir tres fases en la operación poética: la del germen luminoso, la del ropaje de imágenes y la de la expresión verbal.
Todo poema nace de un germen, al principio oscuro, germen que es preciso volver luminoso para que produzca frutos de luz. En el poeta negro, el germen permanece oscuro y produce ciegas vegetaciones subterráneas. Para hacerlo brillar, es preciso hacer silencio, porque ese germen es la Cosa-a-decir en sí misma, la emoción central que quiere expresarse a través de toda mi máquina. La máquina en sí es oscura, pero se complace en proclamarse luminosa, y logra que se lo crean. No bien puesta en marcha por el empuje del germen, pretende obrar por cuenta propia, para exhibirse, y para el placer vicioso de cada de una de sus palancas y resortes. ¡Que la máquina haga entonces silencio! ¡Funciona y cállate! Silencio en los juegos de palabras, a los versos memorizados, a los recuerdos ensamblados fortuitamente, silencio a la ambición, al deseo de brillar -porque la luz sólo brilla por sí misma-, silencio a la adulación de sí, a la piedad de sí, ¡silencio al gallo que cree conseguir que el sol se levante! Y el silencio aparta las tinieblas, el germen empieza a relucir, luminoso, no iluminado. Esto es lo que correspondería hacer. Resulta muy difícil, pero cada pequeño esfuerzo recibe como recompensa un pequeño rayo de luz. La Cosa-a-decir aparece entonces, en lo más íntimo de sí, como una certidumbre eterna -conocida, reconocida y espera al mismo tiempo-, un punto luminoso conteniendo la inmensidad del deseo de ser.
La segunda fase, consiste en el ropaje del germen luminoso -que revela pero no es revelado, invisible como la luz y silencioso como el sonido-, su ropaje por medio de las imágenes que lo manifestarán. En este sentido, es preciso pasar revista a las imágenes, rechazar y encadenar en sus sitios a todas aquellas que sólo quieren servir a la facilidad, a la mentira y al orgullo. ¡Hay tantas muy hermosas a las que uno querría mostrar! Sin embargo, una vez establecido el orden, es preciso dejar que el germen por sí mismo elija l a planta o el animal con el que va a vestirse dándole la vida.
Y finalmente se trata de la expresión verbal, donde cuenta ya no sólo el trabajo interior, sino también la ciencia y la habilidad exteriores. El germen tiene su respiración propia. Su hálito se adueña de los mecanismos de la expresión, comunicándoles su cadencia. De esta manera, se hace necesario que los mecanismos estén en principio bien aceitados y, sobre todo, perfectamente descomprimidos, a fin de que no puedan ponerse a bailar por su cuenta, a acompañar metros incongruentes. Y al mismo tiempo en que doblega los sonidos del lenguaje a su hálito, la Cosa-a-decir los obliga también a contener sus imágenes. ¿Cómo realiza esta doble operación? Aquí reside el misterio. No es por medio de la combinación intelectual, dado que para eso haría falta demasiado tiempo; ni por instinto: el instinto no inventa. Este poder se ejerce gracias al vínculo particular existente entre los elementos de la maquina del poeta, y que une en una sola substancia viviente materias tan distintas como emociones, imágenes, conceptos y sonidos. La vida de este nuevo organismo es el ritmo del poeta.
El poeta negro hace poco más o menos lo contrario, a pesar de la semejanza de las operaciones que se efectúan en él. Su poesía le abre muchos mundos, sin duda, pero mundos sin Sol, iluminados por decenas de lunas fantásticas, poblados de fantasmas y  a veces empedrados con buenas intenciones. La poesía blanca abre la puerta de un único mundo, el del único Sol, sin prestigios, real.
He dicho lo que habría que hacer para transformarse en un poeta blanco. ¡Me falta mucho para llegar a ello! Incluso en la prosa, en la palabra y la escritura ordinarias -como en todos los aspectos de mi vida cotidiana-, todo lo que produzco es gris, pío, sucio, mezcla de luz y de noche. Por lo tanto, reinicio la lucha de inmediato. Me releo. Entre mis frases, veo palabras, expresiones, una ocurrencia que se creyó graciosa, una arrogancia de cierto pedante que debió quedarse sentada en su sitio en lugar de venir a tocar el flautín en mi cuarteto de cuerdas y que, al mismo tiempo, representa una falta de gusto, de estilo e incluso de sintaxis. La lengua, por sí misma, parece dotada para descubrirme a los intrusos. Pocas faltas significan técnica pura. Casi todas son mis faltas. Y tacho, y corrijo, con la alegría que puede experimentar quien se corta del cuerpo un miembro gangrenado.
1941

viernes, 27 de octubre de 2017

Lorena, por Gustavo Di Pace, de Mi yo multiplicado, Alción Editora, Córdoba, 2011







LORENA

 

Todavía recordaba algunas de las instrucciones básicas. El hombre, como si leyera el manual del usuario de un electrodoméstico, las había dicho una a una. El comprador sabía que Caffaro, así se llamaba el tipo, no se las iba a dar en un papel. Quizás haya sido por eso que lo había dejado hablar. Pero pronto se sintió como un feligrés en una iglesia (es que el discurso del otro había adquirido una cadencia de sermón).
Por suerte, minutos más tarde, empezó la mejor parte de la experiencia. Javier sólo esperaba llegar, abrir la puerta y mirarse con ella frente al espejo. Porque esa tarde su compra no había sido la de un gato egipcio, ni un chimpancé de Magadascar o un par de iguanas.
Esta vez, Lorena (fue bautizada así desde que se enroscó por primera vez en su cuello) sería la nueva habitante de la casa. Era una boa. El dueño, fascinado, presentía, al minuto siguiente de partir hacia su casa, la forma gris y ondulante del bicho merodeando cada rincón.
Recordaba además sus previsiones para entrar en el edificio, con ese sentimiento ambiguo de ocultarla a los ojos de los otros, cuando en realidad deseaba mostrarles a todos los vecinos su nueva mascota.
Los primeros meses fueron momentos de éxtasis para Javier. Cuidar a Lorena, conocer sus costumbres, fue un proceso lleno de entusiasmo que hasta le pareció ella también disfrutaba.
Al principio lo más difícil fue darle de comer. Caffaro se lo había advertido: Podés darle ratones muertos pero va a ser un período de adaptación largo, ya que las boas no reconocen a los animales sin vida, porque no irradian calor.
Pero Lorena no se merecía ese sacrificio, pensó Javier, por lo cual no dudó en darle los ratones vivos. La dieta consistió entonces en un ratón por semana. Y era tanto el amor por ella, era de tal magnitud lo que crecía al acariciar las pequeñas escamas de su cabeza triangular, que casi en la boca se los daba.
Así, Lorena cerraba sus fauces sobre el roedor de turno y Javier la veía transformarse, como si sus ojos miopes fortaleciesen el brillo, magnificando de cruel belleza el proceso de deglución. Y Javier guardaba para sí esas imágenes de patitas rosadas desapareciendo, esos grititos de espanto, si es que de este modo puede llamarse a la última expresión de la víctima.
Pronto, la boa adquirió mayor tamaño y él dispuso que era hora de presentársela a algunos de sus amigos.
Pero… ¿a quién? Hacía mucho que no veía a nadie, y de sus clientes (él era programador) ninguno había llegado a tal grado de confianza como para conocer la existencia de Lorena.
Por otro lado, Javier notó que de todas sus enseñanzas hubo una que ella no había comprendido: el hecho de dormir en el terrario del patio. Este fue acondicionado para las necesidades de Lorena, pero quedaba claro que ella no estaba de acuerdo. Era habitual que al despertarse la encontrara enroscada sobre un lugar siempre distinto, a veces, encima del escritorio de la computadora; otras, en el sillón.
Y al hidratarla (esta era una de las pocas instrucciones que lograba recordar), se daba cuenta de que lo divertía descubrir el nuevo sitio donde Lorena posaría su cuerpo. Sin embargo, y asustado por un eventual accidente (no sabía qué podría suceder si la boa se metiera entre los cables de la computadora, saliera por el balcón o algunas de las ventanas) una noche, y excitado con la idea, la llevó a la cama.
—Ya no estoy solo—le confesó acariciándola.
Ella parecía aceptar tal muestra de cariño, y se hacía una espiral a su costado, rozándolo. Y a él le gustaba ese roce.
Javier fue abandonándose a esa reflexión que hacen los que adoran a las mascotas hasta humanizarlas, creer que cuanto más se conoce a los hombres más se ama a los animales. Será por eso que su vida social se fue anulando, hasta dejarlo relegado a un todo de silencio que lo hacía más feliz, junto a la sombra zigzagueante de Lorena.
Ella, desde algún lugar de la casa, siempre llegaba hasta él, elevando su cabeza triangular, enmarcando los muebles con movimientos ondulantes. Lo acompañaba cuando miraba la televisión, comía o trabajaba, asistiendo con esa presencia ausente, sutil, carnívora.
Cada madrugada, cuando el sonido de los otros departamentos se extinguía y sólo se escuchaba el crepitar de los muebles, el misterio de las altas horas, el vínculo con ella se fortalecía. En ese contacto entre su piel y la suya ocurría algo nuevo, como si hubiese algo más que camaradería entre el dueño y su mascota. Javier escuchaba su sibilante sonido, el roce reptil, su dormir anfibio, y entraba en un mundo extraño, diferente.
Por supuesto, la existencia de la boa en el edificio ya no era novedad, y del revuelo inicial había recibido certeras esquirlas de desconfianza y asco, reflejadas en los ojos de los otros cuando se los cruzaba en el ascensor o en la entrada.
El mundo se achicaba para Javier. Nadie parecía estar del otro lado. La soledad lo aplastaba y se aferraba a Lorena con desesperación. Tenía especial cuidado de que no se escapara, y nunca dejaba la puerta abierta más de lo necesario, tanto al salir como al recibir a alguien.
El tiempo siguió su transcurso hasta que una mujer del 5º piso vino a avisarle sobre una reunión de consorcio, y él advirtió que la cara se le transfiguraba. Era la misma cara que ponen las actrices en las películas de terror, antes de que el monstruo o el asesino las ataque. Aunque allí, no había monstruo ni asesino, sólo Lorena viboreando por el living, elegante, majestuosa, motivo de ese silencio y esa inmovilidad que provocan el verdadero horror.
La anécdota no pasó a mayores, pero Javier comenzó a temer por Lorena, ya que era factible que alguien hiciera una denuncia. Sería muy difícil defender la razonabilidad de tener como mascota semejante espécimen. Es que en unos cuantos meses, Lorena ya había superado el metro y medio.
Javier, casi hipnotizado, se sacaba fotos con ella a cada rato, por lo que decenas de imágenes adornaban ya los estantes y el escritorio de la computadora. Incluso había mandado a enmarcar una.
Él y Lorena eran uno, reflexionaba. No existían como seres independientes; las fronteras entre el ser humano y el animal habían sido derribadas por la experiencia de la vida en común, juntos en un día a día alucinante.
Pero una vez, en la cama, sucedió algo distinto. Javier se sentía inquieto, como si hiciese mucho calor, o como si alguien lo estuviese escrutando mientras intentaba conciliar el sueño. Abrió los ojos. Una milésima de segundo le llevó asociar las ideas entre la realidad exterior y su mente. Comprobó que la cabeza triangular de Lorena estaba frente a la suya. Vigilante, lo miraba. Javier se quedó inmovilizado, como la vecina del 5º cuando la vio reptar por el living. Ahí estaba Lorena, magnífica, observándolo con esa mirada serpiente, inhumana. Confundido, Javier sostuvo la mirada de Lorena y sonrió, con un motor de fuerza instigado por el miedo o el deseo de ir más allá de ese instante de vacilación. Entonces, Lorena bajó la tensión aparente de su cuello enarbolado y giró sobre sí misma, como una amante que se rinde al descanso luego de haber amado. Javier dejó de sentir la estrangulación a la que la sorpresa lo había sometido. Dio un primer suspiro, seguido de otro al cerrar los ojos. Fatigado, abrumado de tantos sentimientos encontrados, absorto ante esa hembra que velaba por él, pudo al fin dormirse.
La noche siguiente, Lorena fue más allá: apareció en sus sueños. Y si él hubiese intentado hablar acerca de ellos, cualquiera habría asegurado que se estaba volviendo loco. ¿Debía buscar una ayuda profesional, como le sugirieron cuando Lorena ni siquiera se había cruzado por su vida? (Ustedes, los programadores, son todos iguales, le tiró en la cara una vez un cliente, unos trastornados). En esos sueños, el inconsciente le regalaba imágenes eróticas entre Lorena y él. Fotografías que ni el más imaginativo podría figurar. Quizá, era necesario el mundo onírico para restablecer cierto orden, cierta cordura, pensó Javier.
Después de aquel episodio, Javier notó que durante el día, al regresar de las visitas a los clientes, Lorena ya no se le acercaba. Ni recibía los ratones con la serenidad habitual. Ahora, simplemente engullía a sus víctimas y, sin más, clavaba la mirada en su dueño, casi desafiante.
Con el correr de los días, a él le costaba cada vez más dormirse, aunque Lorena (exceptuando aquella noche) mantuvo su lugar, acurrucada junto a él, en su costado.
En otra ocasión, y escabulléndose a las horas de hastío a las que el insomnio lo sometía, durmió de nuevo con esa sensación incómoda y, cuando abrió los ojos, vio a Lorena estirada en toda su longitud, a su lado, casi rozándole el bajo vientre.
Comprobó con asombro que tenía una erección, como si durante el sueño el instinto hubiese respondido ante el contacto.
Sospechó que debía llamar a Caffaro pero… ¿qué le diría? Oíme, imaginó como respuesta, vos sos es el que necesita ayuda, ¿por qué le echás la culpa a la boa?
Poco a poco, los crepúsculos fueron convirtiéndose en la entrada a un mundo complejo, distorsionado o de curvaturas tan flexibles que la vida podía tomarse licencias inusitadas.
El insomnio comenzó a ser un aliado: temía dormirse y temía despertar.
Una vez, descubrió rastros de piel muerta de Lorena sobre la sábana. La primera reacción fue acariciarla, comprender a su compañera ante la situación, pero antes de que la mano se posase sobre ella, recordó que Caffaro le había aconsejado que no debía acercársele, porque “cuando el reptil muda la piel, si se siente molestado, puede atacar”.
La pregunta surgió inevitable: ¿Le haría daño Lorena?
Cuando las cosas parecieron volver a la normalidad, cuando la mirada después de la comida ya no fue una mirada ansiosa (había sido reemplazada por una agridulce indiferencia) y el descanso regresó para ambos, una mañana, y otra, y otra, comprobó que Lorena otra vez dormía extendida, ahora, casi boca arriba.
Preocupado, y luego de soñar otra vez con ella (los sueños con la boa no habían cedido terreno ni en cantidad ni en sus ambiguos significados) Javier decidió llamar a Caffaro.
—Hola, soy Javier, el dueño de Lorena.
— ¿Quién habla? ¿Qué Lorena?
— Javier, el que le compró a Lorena, la boa, disculpe, es que no le dije que…
—Ah, ¿cómo te va? ¿Cómo anda… la nena?
—Bien, pero… tengo un problema con… Lorena, y quería ver si usted…
Javier le contó al tipo lo que estaba sucediendo y esa misma tarde, llevó la boa a lo de Caffaro. El hombre la revisaría junto con un amigo “especialista” y le harían estudios a ver qué ocurría con su salud. Como preveía, esa semana fue dura para él, la extrañaba. Se había acabado la compra de ratones, se habían terminado esas noches infinitas.
Javier temió por ella. ¿Qué le estaba pasando? ¿Ese medio tan distinto del que la naturaleza la había asignado la estaba deprimiendo? ¿Su amor no era el suficiente para superar la barrera del instinto? Sí, era la parte fea del asunto, cuando las mascotas enfermaban o se morían, cuando de nuevo se quedaba solo, en ese otro silencio que no se parecía al silencio de la mirada de un dueño y su gato egipcio, de un dueño y su chimpancé de Magadascar, de un dueño y sus iguanas, de un dueño y una boa velando por él, el respirar sibilante sobre los párpados cerrados.
Finalmente, llamó para averiguar qué estaba pasando con la salud de Lorena.
—No tiene nada, había comenzado Caffaro, digamos que… podés quedarte tranquilo.
—¡Qué bueno! —exclamó Javier—, ¿y cuándo la paso a buscar?
Ante la pregunta, se escuchó un suspiro del otro lado del teléfono.
—Hola…
—Flaco, lo que pasa es que no te la podés llevar…
Javier escuchó con incredulidad las palabras del otro. “¡Pero si está bien, Caffaro!”, se dijo a sí mismo. Por las dudas, lo confirmó con su voz.
— ¡Pero si está bien, Caffaro!
Su interlocutor volvió a hacer silencio. ¿Qué estaba ocurriendo? El afuera lo sofocaba, y además, ¡hacía más de una semana que dormía solo!
—Escúcheme Caffaro, usted me dice que no tiene nada pero… ¿no la puedo ir a buscar?
—No.
Javier estaba fuera de sí. Intentó la mesura, pero igual dijo eso:
—Bueno, voy a pasar a otras instancias, Caffaro —replicó, tratando de que la amenaza sonase lo más fría posible.
Del otro lado se oyó otro suspiro, a lo que se agregó una risa fugaz.
—Flaco, no estás entendiendo...
— ¿Y qué tengo que entender, Caffaro? —gritó Javier—. Entiendo que esa es mi boa, que me salió unos buenos mangos y que tengo derecho a que me la entregues porque es mía, mía, mía. ¡Eso entiendo, Caffaro!
El otro se tomó unos segundos.
—Pibe, tengo que decirte algo, no te asustes, pero…
—¡Uy, pero mirá qué miedo tengo! —interrumpió Javier burlándose—. ¿Duermo con una boa todas las noches y vos creés que te tengo miedo a vos?
—Es que no entendés, la boa te estaba midiendo…
Javier se quedó mudo, no respondió.
Del otro lado, esta vez no se oyó ningún suspiro, tampoco esa risa fugaz. Crecía, en cambio, un silencio que llegaba hasta Javier y se unía a ese otro silencio que sentía desde que no dormía con Lorena.
—Pe… pero ¿qué decís, Caffaro?
—Que te estaba midiendo, nene, te salvaste por muy poco. Es una constrictor, con un ratón o dos ya no alcanzaba, el especialista me lo dijo.
Javier, entonces, sólo atinó a cortar. Un dolor de esos que no se pueden describir lo abrumó, algunos lo llamarían traición; otros, lógica del instinto. Pero él no sabía qué nombre darle. Quizás era importante la escucha de esas instrucciones que Caffaro le había dado al principio, tan obnubilado estaba ante la belleza de Lorena. Tan encantado… Pero no, esa sería la explicación más fácil, pensó, la explicación a la que acuden los que no traspasaron las barreras de las especies, como él y Lorena lo habían hecho.
Javier se quedó ahí, en medio del living, tratando de reaccionar, pero una imagen espantosa lo paralizó. Vio a Lorena enroscarse en su cuello para evitar que el aire le pasara por la tráquea, vio a Lorena transformarse, como si sus ojos miopes fortaleciesen el brillo, magnificando de cruel belleza el proceso de deglución, de su deglución. Porque Lorena… se lo estaba tragando. Y Javier, en los últimos estertores, pegó un grito. El mundo cedía ante una oscuridad nueva, de secreciones gástricas quemantes y pegajosas que lo aprisionaban, como si un rastro de vida fuese posible dentro de las paredes cilíndricas del cuerpo de Lorena. Después, ante una vacilación del bicho, y casi devuelto al exterior, Javier hizo lo único que se le ocurrió hacer: se zafó y comenzó a deshacerse de cada pertenencia de la boa: el terrario, las fotos.
Y trató de salirse de aquella imagen intermitente, brutal, que lo hostigaba y lo había hecho llorar hasta casi ahogarse. Y al hacerlo, Javier supo, con el mismo dolor del desengaño, que jamás iría por ella, que no le importaba el destino de Lorena, y que tampoco iría, claro, a buscar la fotografía que había encargado enmarcar.     


© Gustavo Di Pace