miércoles, 22 de mayo de 2019

La bacinilla, Gustavo Di Pace


 

 

 LA BACINILLA


De El chico del ataúd, Alción Editora, Córdoba, 2014


                                                                                                          Una América toda
                                                                                                                      asilo 
  de los dioses 
                                                                                                                    todos,
                                                                                                                      con
                                                                                                            lengua, tierra y
                                                                                                                      ríos
                                                                                                           libres para todos.

                                                               del epitafio de Domingo Faustino Sarmiento

El Hotel Cancha Sociedad se ha llenado de gente, y el aroma de los caldos artísticos del chef se cuela en las narices, hace olvidar el calor sofocante. Allí están los guaraníes mansos que soportaron sus pensamientos y, por último, su gratitud. La inminencia de la muerte los ha unido. A ellos y a él: el viejo, el loco. En medio de la muchedumbre, un fotógrafo lamenta su última fotografía. La del difunto. Es ya anécdota que la cama de hierro no era digna de eternidad. Por esta razón, la última foto se hizo con el sillón de lectura que, con esmero, el ex presidente argentino acondicionó para su venida al Paraguay.
El fotógrafo está nervioso. La placa de vidrio le pesa, pero no se atrevió a dejarla en la habitación. Ya volverá por el resto de sus cosas cuando el bullicio se calme. Entre tanto, se pierde entre las habladurías de la plebe. En muy pocos hay dolor. Luego, el fotógrafo, que se llama Manuel San Martín, trata de salir del hotel. Se hace paso entre curiosos de varias latitudes y recuerda las cartas que la hija del muerto le ha mostrado. Cartas a los amigos Adolfo Saldías y José Posse. Cartas muy distintas a las que en su momento, el viejo le había dirigido a Mitre. Recuerda en especial una:

“Aquí he encontrado unos preciosos pajaritos bolivianos que cantan admirablemente, visten de caña y negro y duermen en cama tendida, que exigen limpia, y se tapan con la cubierta, bien tapados de manera que no se les ve sino la cabeza”.

Y sigue recordando, él, Manuel San Martín, el fotógrafo que… ¿cómo pudo olvidarlo? Sí, era bromista el viejo. Mejor evocar sus chanzas. Ya en las afueras del Cancha Sociedad, sentado a la sombra de un naranjo, con el murmullo lejano teloneado por el canto de los pajaritos, el recuerdo le trae al fotógrafo otra imagen. Menos digna que aquella que la posteridad podrá conocer. Lo sabe y le duele, claro. En ella se ve a él mismo que ayuda, que hace fuerza para trasladar el cuerpo del viejo al sillón. Y hacen fuerza todos en la memoria. Ahí están García Merou, José Antonio Jurado, Sabino Morra y Narciso Acuña García. Y Juan, claro, el sirviente vascuense, que no para de llorar, pobrecito. También vuelve el sacerdote francés. El opaco ministro que el viejo no pidió cuando se le venía la muerte. Pero el viejo ya no sabrá que alguno de los suyos —¿quién habrá sido?— le desobedeció el deseo. Él quería una muerte digna.
¿Pero qué dignidad? se pregunta en tono de maldición Manuel San Martín. Hace horas que la muerte trajo otra cosa. Bajo ese naranjo, le pesa hasta el apellido, demasiado importante. Hasta el canto de los pajaritos ahí arriba en el cielo paraguayo le pesa. El gentío pasa, lo mira, pronto constatará su error. Tanto estudio y trabajo, tanto ojo adiestrado para que, después de esperar que aclarase para tener más luz y tomar la foto, se olvide de quitar la bacinilla.
Sí, la muerte trajo otra cosa y no es dignidad. Cuando el proceso de revelado se termine será aún peor. ¿Qué será de su carrera? ¿Y de sus pretensiones con María Luisa, la nieta del muerto?
El murmullo crece con el pasar de los minutos. Los pajaritos deberían cantar más fuerte. Y él debería buscar otro naranjo, más lejos, virgen de ciudad. Piensa en tirar la placa de vidrio. Su maldestino podría astillarse en la tierra seca, y a otra cosa, para que nadie vea la bacinilla, en el extremo izquierdo, al lado del cadáver. Pero algo lo impide. No sabe bien qué es. Sólo sabe que es mejor volver por sus cosas. Manuel San Martín regresa al hotel y escucha de nuevo la inmensa unión de voces. Porque el Cancha Sociedad está más lleno que antes. Y los pajaritos entonados son tal vez los mismos que el viejo describía en su carta.
Algunos comentarios giran en torno al embalsamamiento del hombre: “Aquel cuerpo de pecho un tanto hundido, el mentón prominente, el labio inferior grueso que parecía volcarse con desprecio o con soberbia, los ojos oscuros, vivísimos, encendidos a pesar de la senectud”, como lo describió alguna vez Carlos Ibarguren.
Y él, Manuel San Martín, en una sucesión insoportable de imágenes recientes, vuelve a verla a ella, a María Luisa, velando al abuelo con esa altura de sentimientos, mientras constata que ha llegado la luz suficiente. Mientras ya sabe que no solo el embalsamado tolerará el paso del tiempo.
Atrás, en algún lugar del mito que nace, quedarán la Filosofía sintética de Spencer, los viajes en bote por el río Paraguay hasta la boca del Pilcomayo, el nutrido fuego a los caimanes tendidos en las playas cenagosas, las interminables siestas, los pupitres donados, la casa isotérmica, la estampa japonesa, Aurelia Vélez, el barril de vino de San Juan y la presidencia de los argentinos.
Ahora, sólo quedará esa foto, la que él, Manuel San Martín, con el aval de los deudos, tomó unas horas antes de que llegue la multitud. Y con esa foto y ese olvido, dividirá otra vez las aguas. Volverán el amor, el odio, la sospecha. Porque los taleros con que se castiga a los niños y se cuelgan detrás de las puertas no son fotografiados. Ni las bacinillas.
Manuel San Martín ha violado el código. Él, que pretendía a María Luisa, legará al futuro la humanidad que nadie quiere mostrar. Qué dignidad, eso tiene que ver con la vida de algunos, no con la muerte, la exasperante demócrata. Si tuviera el coraje cobarde de dejar caer la placa de vidrio... Simular un accidente... ahí, en medio de la muchedumbre. Pero resuelve que es inútil, no quiere sumar otro error.
La bacinilla no debió estar allí, mucho menos en la placa de vidrio, se dice Manuel San Martín.
Quizás, él tampoco.

                                                                                                        © Gustavo Di Pace

viernes, 10 de mayo de 2019

Un lugar limpio y bien iluminado, Ernest Hemingway








Era tarde y todos habían salido del café con excepción de un anciano que estaba sentado a la sombra que hacían las hojas del árbol, iluminado por la luz eléctrica. De día la calle estaba polvorienta, pero por la noche el rocío asentaba el polvo y al viejo le gustaba sentarse allí, tarde, porque aunque era sordo y por la noche reinaba la quietud, él notaba la diferencia. Los dos camareros del café notaban que el anciano estaba un poco ebrio; aunque era un buen cliente sabían que si tomaba demasiado se iría sin pagar, de modo que lo vigilaban.
-La semana pasada trató de suicidarse -dijo uno de ellos.
-¿Por qué?
-Estaba desesperado.
-¿Por qué?
-Por nada.
-¿Cómo sabes que era por nada?
-Porque tiene muchísimo dinero.
Estaban sentados uno al lado del otro en una mesa próxima a la pared, cerca de la puerta del café, y miraban hacia la terraza donde las mesas estaban vacías, excepto la del viejo sentado a la sombra de las hojas, que el viento movía ligeramente. Una muchacha y un soldado pasaron por la calle. La luz del farol brilló sobre el número de cobre que llevaba el hombre en el cuello de la chaqueta. La muchacha iba descubierta y caminaba apresuradamente a su lado.
-Los guardias civiles lo recogerán -dijo uno de los camareros.
-¿Y qué importa si consigue lo que busca?
-Sería mejor que se fuera ahora. Los guardias han pasado hace cinco minutos y volverán.
El viejo sentado a la sombra golpeó su platillo con el vaso. El camarero joven se le acercó.
-¿Qué desea?
El viejo lo miró.
-Otro coñac -dijo.
-Se emborrachará usted -dijo el camarero. El viejo lo miró. El camarero se fue.
-Se quedará toda la noche -dijo a su colega-. Tengo sueño y nunca puedo irme a la cama antes de las tres de la mañana. Debería haberse suicidado la semana pasada.
El camarero tomó la botella de coñac y otro platillo del mostrador que se hallaba en la parte interior del café y se encaminó a la mesa del viejo. Puso el platillo sobre la mesa y llenó la copa de coñac.
-Debía haberse suicidado usted la semana pasada -dijo al viejo sordo. El anciano hizo un movimiento con el dedo.
-Un poco más -murmuró.
El camarero terminó de llenar la copa hasta que el coñac desbordó y se deslizó por el pie de la copa hasta llegar al primer platillo.
-Gracias -dijo el viejo.
El camarero volvió con la botella al interior del café y se sentó nuevamente a la mesa con su colega.
-Ya está borracho -dijo.
-Se emborracha todas las noches.
-¿Por qué quería suicidarse?
-¿Cómo puedo saberlo?
-¿Cómo lo hizo?
-Se colgó de una cuerda.
-¿Quién lo bajó?
-Su sobrina.
-¿Por qué lo hizo?
-Por temor de que se condenara su alma.
-¿Cuánto dinero tiene?
-Muchísimo.
-Debe tener ochenta años.
-Sí, yo también diría que tiene ochenta.
-Me gustaría que se fuera a su casa. Nunca puedo acostarme antes de las tres. ¿Qué hora es esa para irse a la cama?
-Se queda porque le gusta.
-Él está solo. Yo no. Tengo una mujer que me espera en la cama.
-Él también tuvo una mujer.
-Ahora una mujer no le serviría de nada.
-No puedes asegurarlo. Podría estar mejor si tuviera una mujer.
-Su sobrina lo cuida.
-Lo sé. Dijiste que le había cortado la soga.
-No me gustaría ser tan viejo. Un viejo es una cosa asquerosa.
-No siempre. Este hombre es limpio. Bebe sin derramarse el líquido encima. Aun ahora que está borracho, míralo.
-No quiero mirarlo. Quisiera que se fuera a su casa. No tiene ninguna consideración con los que trabajan.
El viejo miró desde su copa hacia la calle y luego a los camareros.
-Otro coñac -dijo, señalando su copa. Se le acercó el camarero que tenía prisa por irse.
-¡Terminó! -dijo, hablando con esa omisión de la sintaxis que la gente estúpida emplea al hablar con los beodos o los extranjeros-. No más esta noche. Cerramos.
-Otro -dijo el viejo.
-¡No! ¡Terminó! -limpió el borde de la mesa con su servilleta y movió la cabeza de lado a lado.
El viejo se puso de pie, contó lentamente los platillos, sacó del bolsillo un monedero de cuero y pagó las bebidas, dejando media peseta de propina.
El camarero lo miraba mientras salía a la calle. El viejo caminaba un poco tambaleante, aunque con dignidad.
-¿Por qué no lo dejaste que se quedara a beber? -preguntó el camarero que no tenía prisa. Estaban bajando las puertas metálicas-. Todavía no son las dos y media.
-Quiero irme a casa.
-¿Qué significa una hora?
-Mucho más para mí que para él.
-Una hora no tiene importancia.
-Hablas como un viejo. Bien puede comprar una botella y bebérsela en su casa.
-No es lo mismo.
-No; no lo es -admitió el camarero que tenía esposa-. No quería ser injusto. Sólo tenía prisa.
-¿Y tú? ¿No tienes miedo de llegar a tu casa antes de la hora de costumbre?
-¿Estás tratando de insultarme?
-No, hombre, sólo quería hacerte una broma.
-No -el camarero que tenía prisa se irguió después de haber asegurado la puerta metálica-. Tengo confianza. Soy todo confianza.
-Tienes juventud, confianza y un trabajo -dijo el camarero de más edad-. Lo tienes todo.
-¿Y a ti, qué te falta?
-Todo; menos el trabajo.
-Tienes todo lo que tengo yo.
-No. Nunca he tenido confianza y ya no soy joven.
-Vamos. Deja de decir tonterías y cierra.
-Soy de aquellos a quienes les gusta quedarse hasta tarde en el café -dijo el camarero de más edad-, con todos aquellos que no desean irse a la cama; con todos los que necesitan luz por la noche.
-Yo quiero irme a casa y a la cama.
-Somos muy diferentes -dijo el camarero de más edad. Se estaba vistiendo para irse a su casa-. No es sólo una cuestión de juventud y confianza, aunque esas cosas son muy hermosas. Todas las noches me resisto a cerrar porque puede haber alguien que necesite el café.
Hombre! Hay bodegas abiertas toda la noche.
-No entiendes. Este es un café limpio y agradable. Está bien iluminado. La luz es muy buena y también, ahora, las hojas hacen sombra.
-Buenas noches -dijo el camarero más joven.
-Buenas noches -dijo el otro. Continuó la conversación consigo mismo mientras apagaba las luces. Es la luz, por supuesto, pero es necesario que el lugar esté limpio y sea agradable. No quieres música. Definitivamente no quieres música. Tampoco puedes estar frente a una barra con dignidad aunque eso sea todo lo que proveemos a estas horas. ¿Qué temía? No era temor, no era miedo. Era una nada que conocía demasiado bien. Era una completa nada y un hombre también era nada. Era sólo eso y todo lo que se necesitaba era luz y una cierta limpieza y orden. Algunos vivieron en eso y nunca lo sintieron pero él sabía que todo eso era nada y pues nada y nada y pues nada. Nada nuestra que estás en nada, nada sea tu nombre nada tu reino nada tu voluntad así en nada como en nada. Danos este nada nuestro pan de cada nada y nada nuestros nada como también nosotros nada a nuestros nada y no nos nada en la nada mas líbranos de nada; pues nada. Ave nada llena de nada, nada está contigo. Sonrió y estaba frente a una barra con una cafetera a presión brillante.
-¿Qué le sirvo?- preguntó el cantinero.
Nada.
Otro loco más -dijo el cantinero y le dio la espalda.
-Una copita -dijo el camarero.
El cantinero se la sirvió.
-La luz es bien brillante y agradable pero la barra está opaca -dijo el camarero.
El cantinero lo miró fijamente pero no respondió. Era demasiado tarde para comenzar una conversación.
-¿Quiere otra copita? -preguntó el cantinero.
-No, gracias -dijo el camarero, y salió. Le disgustaban los bares y las bodegas. Un café limpio, bien iluminado, era algo muy distinto. Ahora, sin pensar más, volvería a su cuarto. Yacería en la cama y, finalmente, con la luz del día, se dormiría. Después de todo, se dijo, probablemente sólo sea insomnio. Muchos deben sufrir de lo mismo.

domingo, 24 de marzo de 2019

El corazón de una historia quebrada, de J. D. Salinger








TODOS LOS DÍAS Justin Horgenschlag, auxiliar de imprenta con un sueldo de treinta dólares semanales, veía muy de cerca a aproximadamente sesenta mujeres a las que nunca había visto antes. Así, en los cuatro años que llevaba viviendo en Nueva York, Horgenschlag había visto muy de cerca a unas 75.120 mujeres distintas. De estas 75.120 mujeres, así como 25.000 tenían menos de treinta años de edad y más de quince. De las 25.000 sólo 5.000 pesaban entre cuarenta y siete y cincuenta y siete kilos. De estas 5.000, sólo 1.000 no eran feas. Sólo 500 eran razonablemente atractivas; sólo 100 eran realmente atractivas; sólo 25 podrían haber inspirado un largo, despacioso silbido. Y de sólo 1 se enamoró Horgenschlag a primera vista.
Bien, existen dos clases de femme fatale. Existe la femme fatale que es una femme fatale en todos los sentidos de la palabra, y existe la femme fatale que no es una femme fatale en todos los sentidos de la palabra.
Se llamaba Shirley Lester. Tenía veinte años (once menos que Horgenschlag), medía un metro y sesenta y tres centímetros (lo cual le dejaba la cabeza a la altura de los ojos de Horgenschlag), pesaba 53 kilos (ligera como una pluma para llevarla en brazos). Shirley era taquígrafa, vivía con su madre, Agnes Lester, una vieja entusiasta de Nelson Eddy, a la cual mantenía. Respecto a la belleza de Shirley, la gente a menudo la describía así: «Shirley es tan mona que parece un retrato».
Y en el autobús de la Tercera Avenida, una mañana temprano, Horgenschlag controló a Shirley Lester, y se sintió un guiñapo. Todo porque la boca de Shirley estaba abierta de un modo curioso. Shirley estaba leyendo un anuncio de cosméticos en el tablero de la pared del autobús: y cuando Shirley leía, a Shirley se le aflojaba ligeramente la mandíbula. Y en ese breve instante en el que la boca de Shirley estuvo abierta y los labios estuvieron separados, Shirley fue probablemente la más fatal de todo Manhattan. Horgenschlag vio en ella un seguro curalotodo contra el gigantesco monstruo de soledad que le había estado rondando el corazón desde que había llegado a Nueva York. ¡Oh, aquella agonía! La agonía de estar controlando a Shirley Lester y no poder inclinarse y besar, los labios separados de Shirley. ¡Aquella inefable agonía!
Ese era el comienzo del cuento que empecé a escribir para Collier’s. Iba a escribir una tierna y encantadora historia del tipo chico-conoce-chica. Qué podría ser mejor, pensé. El mundo necesita historias del tipo chico-conoce-chica. Pero para escribir una, por desgracia, el escritor debe ponerse a la tarea de hacer que el chico conozca a la chica. Yo no pude lograrlo con ésta. No y lograr que tuviera sentido. No pude juntar a Horgenschlag y a Shirley como es debido. Y he aquí las razones:
Desde luego, era imposible que Horgenschlag se inclinara y dijera con toda sinceridad:
-Disculpe. La amo mucho. Estoy chiflado por usted. Lo sé. Podría amarla toda la vida. Soy auxiliar de imprenta y gano treinta dólares semanales. Dios, cómo la amo. ¿Tiene algo que hacer esta noche?
Este Horgenschlag puede ser un chorras, pero no tamaño chorras. Puede haber nacido ayer, pero no hoy. Uno no puede esperar que los lectores de Collier’s se traguen esa clase de majadería. Después de todo, cinco centavos son cinco centavos.
Por supuesto, no podía darle de pronto a Horgenschlag un suero de la suavidad, mezcla de la vieja pitillera de William Powell y el viejo sombrero de copa de Fred Astaire.
-Por favor, no me interprete mal, señorita. Soy ilustrador de revistas. Mi tarjeta. Me gustaría dibujarla más de lo que nunca he querido dibujar a nadie en mi vida. Tal vez semejante empresa sería para nuestro mutuo provecho. ¿Me permite que la telefonee esta tarde, o en un futuro muy cercano? (Breve risa desenfadada.) Espero no sonar demasiado desesperado. (Otra risa.) En realidad supongo que lo estoy.
Caray, muchacho. Esas líneas soltadas con una sonrisa cansada y sin embargo jovial, y sin embargo despreocupada. Ojalá Horgenschlag las hubiera soltado. Shirley, por supuesto, era también una vieja entusiasta de Nelson Eddy, y miembro activo de la Biblioteca Circulante Keystone.
Tal vez estén ustedes empezando a ver a qué me enfrentaba.
Cierto, Horgenschlag podría haber dicho lo siguiente:
-Perdone, pero ¿no es usted Wilma Pritchard?
A lo que Shirley habría respondido fríamente, y buscando un punto neutro al otro extremo del autobús:
-No.
-Tiene gracia -podría haber proseguido Horgenschlag-, estaba dispuesto a jurar que era usted Wilma Pritchard. Ah. ¿No será usted por casualidad de Seattle?
-No. -Aquel no era de un sitio con más hielo.
-Seattle es mi ciudad natal.
Punto neutro.
-Gran pequeña ciudad, Seattle. Quiero decir que realmente es una gran pequeña ciudad. Yo sólo llevo aquí (quiero decir en Nueva York) cuatro años. Soy auxiliar de imprenta. Me llamo Justin Horgenschlag.
-Realmente no me inte-resa.
Oh, Horgenschlag no habría llegado a ninguna parte en esa línea. No tenía el físico, la personalidad ni la ropa buena para ganarse el interés de Shirley en esas circunstancias. No tenía ninguna posibilidad. Y, como dije antes, para escribir una historia realmente buena del tipo chico-conoce-chica es aconsejable hacer que el chico conozca a la chica.
Quizá Horgenschlag podría haberse desmayado, y al hacerlo haberse agarrado a algo en busca de apoyo: siendo el apoyo el tobillo de Shirley. De ese modo podía haberle rasgado la media, o conseguido adornársela con una estupenda y larga carrera. La gente se habría hecho a un lado para dejarle sitio al fulminado Horgenschlag, y él se habría puesto en pie, mascullando:
-Ya estoy bien, gracias. -Y luego-: ¡Oh, vaya! Lo siento muchísimo, señorita. Le he rasgado la media. Tiene que dejarme que se la pague. Ahora mismo no llevo bastante en efectivo, pero deme su dirección.
Shirley no le habría dado su dirección. Se habría limitado a ponerse violenta y a estar torpe de palabra.
-No importa, déjelo -habría dicho, deseando que Horgenschlag no hubiera nacido. Y además, la idea entera carece de lógica. A Horgenschlag, un muchacho de Seattle, no se le habría ocurrido agarrarse al tobillo de Shirley. No en el autobús de la Tercera Avenida.
Pero lo que sí es más lógico es la posibilidad de que Horgenschlag se hubiera desesperado. Todavía quedan unos cuantos hombres que aman desesperadamente. Quizá Horgenschlag era uno. Podría haberle arrebatado el bolso a Shirley y haber corrido con él hacia la puerta trasera de salida. Shirley habría gritado. Los hombres la habrían oído, y se habrían acordado del Álamo o algo por el estilo. La huida de Horgenschlag, digamos, es ahora detenida. El autobús es parado. El agente Wilson, que no ha hecho una buena detención en mucho tiempo, entra en escena. ¿Qué está pasando aquí Guardia, este hombre ha intentado robarme el bolso.
Horgenschlag es arrastrado ante el tribunal. Shirley, por supuesto, debe asistir a la vista. Ambos dan sus direcciones; con ello Horgenschlag queda informado del lugar de la divina morada de Shirley.
El juez Perkins, que en su propia casa ni siquiera puede conseguir una buena, realmente buena taza de café, condena a Horgenschlag a un año de prisión. Shirley se muerde el labio, pero a Horgenschlag se lo llevan.
En la cárcel, Horgenschlag escribe la siguiente carta a Shirley Lester:
Querida Miss Lester:
No tenía verdadera intención de robarle el bolso. Se lo cogí sólo porque la amo. Ya ve, solamente quería conocerla. Por favor, ¿me escribirá usted una carta alguna vez cuando tenga tiempo? Aquí se está bastante solitario y yo la amo mucho y quizá hasta vendría usted a verme alguna vez si tiene tiempo.
Su amigo,
JUSTIN HORGENSCHLAG
Shirley enseña la carta a todas sus amigas. Éstas dicen: «Ah, es una monada de carta, Shirley». Shirley reconoce que en cierto sentido sí es mona. Quizá la conteste. «¡Sí! Contéstala. Dale una oportunidad. ¿Qué tienes que perder?» Así que Shirley contesta a la carta de Horgenschlag.

Querido Mr. Horgenschlag:
Recibí su carta y realmente siento mucho lo que ha ocurrido. Por desgracia poco podemos hacer al respecto a estas alturas, pero me siento abominable tal como se han desarrollado los acontecimientos. Sin embargo, su condena es corta y pronto estará fuera. Le deseo la mayor suerte.
Le saluda atentamente,
SHIRLEY LESTER

Querida Miss Lester:
Nunca sabrá lo mucho que me animó recibir su carta. No debería sentirse abominable en absoluto. Fue todo culpa mía por ser tan loco, así que no se sienta de ese modo en absoluto. Aquí nos ponen películas una vez a la semana y en realidad no está tan mal. Tengo treinta y un años de edad y soy de Seattle. Llevo cuatro años en Nueva York y creo que es una gran ciudad, sólo que de vez en cuando se siente uno bastante solo. Usted es la chica más guapa que he visto nunca, incluso en Seattle. Me gustaría que me viniera a ver algún sábado por la tarde durante las horas de visita, de 2 a 4, y yo le pagaré el billete de tren.
Su amigo,
JUSTIN HORGENSCHLAG

Shirley habría enseñado también esta carta a todas sus amigas. Pero ésta no la contestaría. Cualquiera podía ver que este Horgenschlag era un chorras. y después de todo, ella había contestado a la primera carta. Si contestaba a esta carta idiota la cosa podría eternizarse durante meses y todo eso. Había hecho por el hombre cuanto había podido. Y vaya nombre. Horgenschlag.
Mientras tanto, Horgenschlag lo está pasando fatal en la cárcel, aun cuando les pasan películas una vez a la semana. Sus compañeros de celda son Snipe Morgan y Slicer Burke, dos chicos de los bajos fondos, que ven en la cara de Horgenschlag cierto parecido con un tipo de Chicago que una vez se chivó de ellos. Están convencidos de que Cararrata Ferrero y Justin Horgenschlag son una y la misma persona.
-Pero yo no soy Cararrata Ferrero -les dice Horgenschlag.
-No me vengas con eso -dice Slicer, tirando al suelo las escasas raciones de comida de Horgenschlag.
-Zúmbale en la cabeza -dice Snipe.
-Os digo que sólo estoy aquí por haberle robado el bolso a una chica en el autobús de la Tercera Avenida -alega Horgenschlag-. Sólo que en realidad no se lo robé. Me enamoré de ella, y ésa era la única manera de poder conocerla.
-No me vengas con eso -dice Slicer.
-Zúmbale en la cabeza -dice Snipe.
Llega entonces el día en el que diecisiete presos intentan llevar a cabo una fuga. Durante el periodo de juegos en el patio de recreo, Slicer Burke, con artimañas hace caer a la sobrina del alcaide, Lisbeth Sue, de ocho años, en sus garras. Rodea el talle de la niña con sus manos de veinte por treinta centímetros y la sostiene en alto para que la vea el alcaide.
-¡Eh, alcaide! -grita Slicer- iAbra esas puertas o hay telón para la cría!
-¡Tío Bert, no tengo miedo! -grita Lisbeth Sue.
-iSuelta a esa niña, Slicer! -ordena el alcaide, con toda la impotencia de su orden.
Pero Slicer sabe que tiene al alcaide justo allí donde lo quiere. Diecisiete hombres y una niña pequeña y rubia salen por las puertas. Dieciséis hombres y una niña pequeña y rubia salen sanos y salvos. Un guardia de la torre alta cree ver una maravillosa oportunidad para pegarle un tiro en la cabeza a Slicer, y con ello destruir la unidad del grupo fugitivo. Pero falla, y sólo logra pegarle un tiro al hombrecillo que camina nerviosamente detrás de Slicer, matándolo en el acto.
¿Adivinan de quién se trata?
Y así, mi proyecto de escribir para Collier’s un cuento del tipo chico-conoce-chica, una tierna, memorable historia de amor, se va al traste por la muerte de mi héroe.
Ahora bien, Horgenschlag no habría estado nunca entre esos diecisiete hombres desesperados si la falta de respuesta de Shirley a su segunda carta no lo hubiera desesperado y llenado de pánico. Pero el hecho es que ella no contestó a su segunda carta. Nunca la habría contestado, ni en cien años que hubieran pasado. Yo no puedo alterar los hechos.
Y qué pena. Qué lástima que Horgenschlag, en la cárcel, no fuera capaz de escribirle a Shirley Lester la siguiente carta:

Querida Miss Lester:
Espero que unas pocas líneas no la enojen ni molesten. Le escribo, Miss Lester, porque me gustaría que supiera que no soy un vulgar ladrón. Quiero que sepa que le robé el bolso porque me enamoré de usted en cuanto la vi en el autobús. No se me ocurría ninguna manera de llegar a conocerla salvo obrar precipitadamente -alocadamente, para ser exacto-. Pero claro, uno es un loco cuando está enamorado.
Me enamoró el modo en que sus labios estaban tan ligeramente separados. Usted representaba para mí la respuesta a todo. Desde que llegué a Nueva York hace cuatro años no he sido infeliz, pero tampoco he sido feliz. Más bien, la mejor manera de describirme es decir que he sido uno de los millares de jóvenes de Nueva York que se limitan a existir.
Vine a Nueva York desde Seattle. Iba a hacerme rico y famoso y a ir bien vestido ya tener suaves maneras. Pero en cuatro años he sabido que no voy a hacerme rico ni famoso ni a ir bien vestido ni a tener suaves maneras. Soy un buen auxiliar de imprenta, pero no soy más que eso. Un día el impresor se puso enfermo, y yo tuve que ocupar su puesto. Vaya lío que organicé, Miss Lester. Nadie acataba mis órdenes. A los cajistas poco menos que se les escapaba la risa cuando les decía que se pusieran a trabajar. y no los culpo. Soy un idiota dando órdenes. Supongo que simplemente soy uno de los muchos millones que no nacieron para dar nunca órdenes. Pero ya no me importa. Hay un chico de veintitrés años que acaba de contratar mi jefe. No tiene más que veintitrés años, y yo tengo treinta y uno y llevo cuatro trabajando en el mismo sitio. Pero sé que un día él llegará a ser impresor jefe, y yo seré su auxiliar. Pero ya no me importa saber esto.
Lo importante es amarla, Miss Lester. Hay alguna gente que cree que el amor es sexo y matrimonio y besos a las seis y niños, y tal vez sea así, Miss Lester. Pero ¿sabe lo que creo yo? Creo que el amor es un chispazo y sin embargo no es un chispazo.
Supongo que para una mujer es importante que los demás piensen en ella como en la mujer de un hombre que es rico, apuesto, ingenioso o que cae bien. Yo ni siquiera caigo bien. Ni siquiera soy odiado. Sólo soy… sólo soy… Justin Horgenschlag. Yo nunca pongo a la gente alegre, triste, la enfado o ni siquiera le repugno. Creo que la gente me considera un buen tipo, pero eso es todo.
Cuando era niño nadie me señalaba por ser mono ni listo ni guapo. Si tenían que decir algo decían que tenía unas piernecitas muy robustas.
No espero una contestación a esta carta, Miss Lester. Nada en el mundo me gustaría más que una contestación, pero en verdad no la espero. Simplemente quería que supiera usted la verdad. Si mi amor por usted me ha llevado a un nuevo y gran pesar, yo soy el único culpable.
Tal vez un día comprenda y perdone a su torpe admirador,
JUSTIN HORGENSCHLAG

Tal carta no sería más improbable que la siguiente:

Querido Mr. Horgenschlag:
Recibí su carta, que me encantó. Me siento culpable y lamento muchísimo que los acontecimientos se hayan desarrollado como lo han hecho. iOjalá me hubiera usted hablado en vez de cogerme el bolso! Pero claro, supongo que entonces yo le habría respondido con la típica frialdad.
Es la hora del almuerzo, y estoy aquí sola en la oficina escribiéndole. Sentí que hoy quería estar sola a la hora del almuerzo. Sentí que si tenía que ir a almorzar con las chicas en el Autoservicio y se pasaban la comida charloteando como de costumbre, me iba a poner a gritar de pronto.
No me importa que no sea usted un triunfador, ni que no sea apuesto, ni rico, ni famoso, ni que no tenga maneras suaves. Hubo un tiempo en el que sí me habría importado. Los últimos años de colegio estaba siempre enamorada del Don Fascinante de turno. Donald Nicolson, el chico que caminaba bajo la lluvia y se sabía del revés todos los sonetos de Shakespeare. Bob Lacey, el guaperas que era capaz de hacer canasta desde la mitad de la pista, con el marcador en empate y el tiempo casi acabado. Harry Miller, que era tan tímido y tenía aquellos ojos tan bonitos color castaño perenne.
Pero esa parte loca de mi vida ha acabado.
La gente de su oficina a la que se le escapa la risa cuando usted les daba órdenes está ya en mi lista negra. Los odio como nunca he odiado a nadie.
Usted me vio cuando iba toda maquillada. Sin el maquillaje, créame, no soy ninguna belleza arrebatadora. Por favor, dígame cuándo le está permitido tener visitas. Quisiera que me mirara una segunda vez. Quisiera estar segura de que no me pilló en mi mejor falso momento.
iOh, ojalá le hubiera usted dicho al juez por qué me robó el bolso! Podríamos estar juntos y hablar de tantísimas cosas como me parece que tenemos en común.
Por favor, hágame saber cuándo puedo ir a verlo.
Le saluda atentamente,
SHIRLEY LESTER

Pero Justin Horgenschlag nunca llegó a conocer a Shirley Lester. Ella se bajó en la calle 56, y él se bajó en la calle 32. Aquella noche Shirley Lester fue al cine con Howard Lawrence, de quien estaba enamorada. Howard pensaba que Shirley era estupenda para salir por ahí con ella, pero la cosa no pasaba de ahí. Y Justin Horgenschlag aquella noche se quedó en casa y escuchó la emisión dramática del jabón de baño Lux. Pensó en Shirley toda la noche, todo el día siguiente, y muy a menudo durante aquel mes. Luego, de repente, le presentaron a Doris Hillman, que estaba empezando a temer que no iba a encontrar marido. Y entonces, antes de que Justin Horgenschlag se diera cuenta, Doris Hillman y otras cosas estaban archivando a Shirley Lester en el fondo de su memoria. Y Shirley Lester, la idea de ella, dejó de ser asequible.
Y esa es la razón por la que nunca escribí para Collier’s un cuento del tipo chico-conoce-chica. En una historia del tipo chico-conoce-chica el chico debería conocer siempre a la chica.

(1941)

Traducción de Javier Marías