Aquella frase de John
Keats “La poesía debe ser natural como las hojas, pero como toda hoja es una
lenta y minuciosa creación del árbol“, toma real dimensión cuando leemos Alimento para la fe del cuerpo. Su
autora, Eleonora Diez, ejerce una pluma cuidada que se abre, pétalo a pétalo, al mundo. En su
universo textual la naturaleza toma protagonismo y se postula sutilmente un
regreso a lo esencial, al Paraíso Perdido, ese lugar y momento de carácter
mítico en el cual Cielo y Tierra no estaban lejos. El suyo es un canto a lo
primordial, una apoteosis donde el hombre no es exclusivo protagonista sino que
comparte su derecho a vivir con el resto de los seres vivos.
Víctor Hugo reflexiona
que el poeta es un profeta, Novalis lo llama médico trascendental, Whitman asegura
que es el primer hombre. En el caso de la autora, que en 2017 arrojó al mundo
su volumen Aguas negras, confluyen
estas aproximaciones y, cabría agregar, se transluce el concepto del poeta como
un “recuperador”. Así, Diez rescata lo sagrado, homenajea lo profundo en los
tiempos de la tecnología todopoderosa. Es claro que no es menor una apuesta de
estas características, porque escribir bajo este precepto es afirmar una forma
del coraje, una mirada propia, una visión artística sin concesiones.
En cuanto a lo formal,
el libro abunda en formas breves que asombran por su contundencia e intensidad a
cada palabra, a cada verso, a cada estrofa. Se mixturan los recursos del
trabajador incansable con la disposición contemplativa del oriental que
practica el tradicional haiku. Paradójicamente,
la obra subraya su ferviente contemporaneidad. “Leer como si se tratara de
mirar el mar”, recomienda Hugo Mujica, dejarlo ser y abrirse a la totalidad. En
efecto, Alimento para la fe del cuerpo
es también una gratificante puesta en acto de tales ideas, una lúcida
resonancia que permite, como dice otra vez Mujica “abrirse a ella, y en ella, abrirse en el espacio que ella misma convoca
con su propia voz”.
Una apostilla: al concepto
general de la obra escapan unos pocos poemas que, más que como licencia poética,
se vislumbran como una ineludible necesidad de nacimiento: son los que crean o
recrean la emoción del amor. Dichos versos asoman como pequeñas epifanías que dan
matiz al conjunto, con imágenes tiernas y novísimas, según se lee en el poema "Grillos" o de ardiente y pudorosa
sensualidad, en el poema "Punta de lengua".
Para cerrar esta separata, anotamos
también algunos versos de tinte social como "Visión
del Mal" (así, con mayúsculas) e, incluso, una distopía poética como "Pájaros rotos" (y que la ciencia ficción
bufe).
A la variedad de
recursos formales y temáticos, la poetisa suma una de las formas más dificultosas
del hecho artístico: aquella que respira un tono de celebración antes que de
incomodidad o paradoja. "A Ñuke Mapu" subraya
esta apreciación, con su estado de ánimo que es un todo de agradecimiento.
Por todo esto, Alimento para la fe del cuerpo es, y
permítaseme el lugar común, un bichito de
luz en la oscuridad, un trabajo literario que conmueve por el inédito punto
de vista, su clara desmitificación del yo y el alumbramiento sinuoso de poemas como crímenes perfectos.
La autora teje la
palabra, la acuna y le da calor, homenajea a su admirado Juanele, a quien
dedica uno de sus poemas más bellos, y le escribe también al río, que rememora y
honra el vínculo con el padre, para llegar
a un altar de hojas y que las
estrellas caigan imperfectas y dulces y temibles.
Para el final, y con
mi sugerencia de que nos dejemos habitar por esta obra que es raíz, tronco,
ramas y árbol, me permito parafrasear
las frases que dan la bienvenida al libro: una es la de Matsuo Basho, cuando
dice que de lo que vemos no hay nada que no sea flor y de lo que nos conmueve
no hay nada que no sea luna. Acaso podríamos decir que de lo que leemos en Alimento para la fe del cuerpo, no hay
nada que no sea la voz personal de la autora y de lo que nos conmueve no hay
nada que no sea su poesía sincera, cruda, metafísica. La otra frase que me animo
a reescribir es la de Leopoldo Castilla, cuando dice que el mar no sabe morir,
quizás… la poesía de Eleonora Diez, tampoco.
Gustavo Di Pace
Gustavo Di Pace