LA BACINILLA
De El chico del ataúd, Alción Editora,
Córdoba, 2014
Una América toda
asilo
de los dioses
todos,
con
lengua, tierra y
ríos
libres para
todos.
del epitafio de Domingo
Faustino Sarmiento
El Hotel Cancha Sociedad se ha
llenado de gente, y el aroma de los caldos artísticos del chef se cuela en las
narices, hace olvidar el calor sofocante. Allí están los guaraníes mansos que
soportaron sus pensamientos y, por último, su gratitud. La inminencia de la
muerte los ha unido. A ellos y a él: el viejo, el loco. En medio de la
muchedumbre, un fotógrafo lamenta su última fotografía. La del difunto. Es ya
anécdota que la cama de hierro no era digna de eternidad. Por esta razón, la
última foto se hizo con el sillón de lectura que, con esmero, el ex presidente
argentino acondicionó para su venida al Paraguay.
El fotógrafo está nervioso. La placa de vidrio le pesa, pero no se
atrevió a dejarla en la habitación. Ya volverá por el resto de sus cosas cuando
el bullicio se calme. Entre tanto, se pierde entre las habladurías de la plebe.
En muy pocos hay dolor. Luego, el fotógrafo, que se llama Manuel San Martín,
trata de salir del hotel. Se hace paso entre curiosos de varias latitudes y recuerda
las cartas que la hija del muerto le ha mostrado. Cartas a los amigos Adolfo
Saldías y José Posse. Cartas muy distintas a las que en su momento, el viejo le
había dirigido a Mitre. Recuerda en especial una:
“Aquí he encontrado unos preciosos
pajaritos bolivianos que cantan admirablemente, visten de caña y negro y
duermen en cama tendida, que exigen limpia, y se tapan con la cubierta, bien
tapados de manera que no se les ve sino la cabeza”.
Y sigue recordando, él, Manuel San Martín, el fotógrafo que… ¿cómo pudo
olvidarlo? Sí, era bromista el viejo. Mejor evocar sus chanzas. Ya en las
afueras del Cancha Sociedad, sentado a la sombra de un naranjo, con el murmullo
lejano teloneado por el canto de los pajaritos, el recuerdo le trae al
fotógrafo otra imagen. Menos digna que aquella que la posteridad podrá conocer.
Lo sabe y le duele, claro. En ella se ve a él mismo que ayuda, que hace fuerza
para trasladar el cuerpo del viejo al sillón. Y hacen fuerza todos en la
memoria. Ahí están García Merou, José Antonio Jurado, Sabino Morra y Narciso
Acuña García. Y Juan, claro, el sirviente vascuense, que no para de llorar,
pobrecito. También vuelve el sacerdote francés. El opaco ministro que el viejo
no pidió cuando se le venía la muerte. Pero el viejo ya no sabrá que alguno de
los suyos —¿quién habrá sido?— le desobedeció el deseo. Él quería una muerte
digna.
¿Pero qué dignidad? se pregunta en tono de maldición Manuel San Martín.
Hace horas que la muerte trajo otra cosa. Bajo ese naranjo, le pesa hasta el
apellido, demasiado importante. Hasta el canto de los pajaritos ahí arriba en
el cielo paraguayo le pesa. El gentío pasa, lo mira, pronto constatará su
error. Tanto estudio y trabajo, tanto ojo adiestrado para que, después de
esperar que aclarase para tener más luz y tomar la foto, se olvide de quitar la
bacinilla.
Sí, la muerte trajo otra cosa y no es dignidad. Cuando el proceso de
revelado se termine será aún peor. ¿Qué será de su carrera? ¿Y de sus
pretensiones con María Luisa, la nieta del muerto?
El murmullo crece con el pasar de los minutos. Los pajaritos deberían
cantar más fuerte. Y él debería buscar otro naranjo, más lejos, virgen de ciudad.
Piensa en tirar la placa de vidrio. Su maldestino podría astillarse en la
tierra seca, y a otra cosa, para que nadie vea la bacinilla, en el extremo
izquierdo, al lado del cadáver. Pero algo lo impide. No sabe bien qué es. Sólo
sabe que es mejor volver por sus cosas. Manuel San Martín regresa al hotel y
escucha de nuevo la inmensa unión de voces. Porque el Cancha Sociedad está más
lleno que antes. Y los pajaritos entonados son tal vez los mismos que el viejo
describía en su carta.
Algunos comentarios giran en torno al embalsamamiento del hombre: “Aquel
cuerpo de pecho un tanto hundido, el mentón prominente, el labio inferior
grueso que parecía volcarse con desprecio o con soberbia, los ojos oscuros,
vivísimos, encendidos a pesar de la senectud”, como lo describió alguna vez
Carlos Ibarguren.
Y él, Manuel San Martín, en una sucesión insoportable de imágenes
recientes, vuelve a verla a ella, a María Luisa, velando al abuelo con esa
altura de sentimientos, mientras constata que ha llegado la luz suficiente. Mientras
ya sabe que no solo el embalsamado tolerará el paso del tiempo.
Atrás, en algún lugar del mito que nace, quedarán la Filosofía sintética de Spencer, los viajes en bote por el río
Paraguay hasta la boca del Pilcomayo, el nutrido fuego a los caimanes tendidos
en las playas cenagosas, las interminables siestas, los pupitres donados, la
casa isotérmica, la estampa japonesa, Aurelia Vélez, el barril de vino de San
Juan y la presidencia de los argentinos.
Ahora, sólo quedará esa foto, la que él, Manuel San Martín, con el aval
de los deudos, tomó unas horas antes de que llegue la multitud. Y con esa foto
y ese olvido, dividirá otra vez las aguas. Volverán el amor, el odio, la
sospecha. Porque los taleros con que se castiga a los niños y se cuelgan detrás
de las puertas no son fotografiados. Ni las bacinillas.
Manuel San Martín ha violado el código. Él, que pretendía a María Luisa,
legará al futuro la humanidad que nadie quiere mostrar. Qué dignidad, eso tiene
que ver con la vida de algunos, no con la muerte, la exasperante demócrata. Si
tuviera el coraje cobarde de dejar caer la placa de vidrio... Simular un
accidente... ahí, en medio de la muchedumbre. Pero resuelve que es inútil, no
quiere sumar otro error.
La bacinilla no debió estar allí, mucho menos en la placa de vidrio, se
dice Manuel San Martín.
Quizás, él tampoco.
© Gustavo Di Pace