viernes, 24 de julio de 2020

Felis silvestris catus, Gustavo Di Pace





Comúnmente llamado “gato”, aquel descendiente de Bastet sigue generándonos, desde su estampa y su actuar, un cúmulo de sentimientos y preguntas. Por ejemplo: ¿Cuál es el vínculo que une a los escritores con los gatos? El misterio es salud, nos dice Chesterton. Por lo tanto, las líneas que siguen no explican ni argumentan el quid de la cuestión, son apenas una humilde celebración de este vínculo. Me gusta pensar en los libros de Osvaldo Soriano escribiéndose mientras un felino ronda su escritorio. Adoro imaginar a los duros de Hemingway y Bukowski teclear sus Underwood con un maullido o ronroneo cómplices. Me maravillo ante los mininos testigos de las frondosas imaginaciones de Ray Bradbury y Philip Dick. Ahí están las fotos de Jean Paul Sartre abrazando a su amigo peludo, ahí Hermann Hesse alza feliz al suyo o Truman Capote mira orgulloso a la cámara con el propio. Y ahí están Cortázar, Kerouac, Borges, Highsmith, Chandler, María Elena Walsh y tantos otros con sus adorados amigos de cuatro patas.
En mis recuerdos más remotos también hay gatos, muchísimos gatos. En mi casa de Wilde hay uno naranja que firuleteó su cola durante mi infancia y se llamaba Mausi. Cuando mi viejo murió en un accidente automovilístico (aún recuerdo la última vez que lo vi, la noche anterior, con su piyama celeste) Michi, mi gato atigrado gris, vino a dormir a mi cama durante muchas noches (las muchas en las que no supe de mi viejo porque me ocultaron lo sucedido). Cuando me venía a buscar el micro del colegio, todas las mañanas a las siete y diez, Chiquitita, una tricolor muy glotona, venía a frotarse a mis piernas. Después ella dio a luz a cinco gatitos, mi vieja le armó un refugio en el habitáculo para los tubos de gas y yo los miraba, cada día, con asombro y devoción. Cuando escuchaba mis discos de Deep Purple y Led Zeppelin, Pelito, mi gato negro y eterno, estaba conmigo. Siempre que abría un libro, venía un gato a acompañarme, siempre que terminaba de ensayar con la banda, se inmiscuía alguno entre la batería, las guitarras o los amplificadores. Décadas más tarde, cuando estrené mi paternidad, Sofía, una siamesa de ojos muy azules, acompañó fielmente a mi hija en sus años iniciales. Podríamos decir que “gateaban” juntas.
Animal de simbolismo ambivalente, mala suerte en el Japón de ayer, asociado a la serpiente para la Cábala y el budismo, deidad para el hombre de las pirámides y de fama precaria en el Medioevo, el gato continúa alimentando el numen de los escritores y construye, día a día, su propio mito.
Ellos, los gatos, seres sensuales, armoniosos, poseedores del don, pequeños dioses.
Concuerdo con la arbitraria y amorosa idea de Albert Schweitzer, el teólogo, filósofo y humanista alemán cuando dice: “Hay dos medios de huir de las desdichas de la vida: la música y los gatos”. Me permito agregar un tercer medio, también arbitrario y amoroso: la literatura.
En la foto, y fuera de ella, en estos días de encierro e incertidumbre, me acompaña Heidi, una carey que, es justo decirlo, de Heidi no tiene nada.
¡Salud por nuestros amigos felinos!

Gustavo Di Pace

domingo, 12 de julio de 2020

El Grito Primitivo de Black Sabbath, Gustavo Di Pace





Las obras surgen en un contexto cultural preciso. Ellas son testimonio y símbolo de su época. A su vez, con el paso de los años, mientras algunas pierden brillo, otras parecen avivar su fuego. ¿Quién o qué es lo que atiza la llama? Probablemente el tiempo, pero también algo llamado “autenticidad”. Una aptitud que, por supuesto, siempre es deudora de algo y/o de alguien. Black Sabbath es claro ejemplo. Aquel fragmento de Borges que dice “Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valéry, que engendró a Edmund Teste”, de Pierre Menard autor del Quijote, confirma esta idea. Así, el cine de terror, el ocultismo, el blues y el rock, entre otros, “engendraron” esa música densa y tenebrosa de Ozzy Osbourne, Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward.
Se sabe que el característico sonido de la banda se debe acaso al accidente que tuvo el guitarrista a los diecisiete años, cuando en su trabajo como operario en una fábrica, una guillotina de metal le cercenó dos dedos de la mano derecha.  “No podía tocar los acordes de manera convencional, así que tuve que idearme algo diferente para generar un sonido más fuerte", explica Tony Iommi. Este hecho azaroso fue un hecho capital para que germine “lo nuevo”. Aquella idea de Hölderlin “donde está el peligro crece lo que salva” toma real dimensión en la historia de los cuatro de Birmingham.
         Así, si a los riffs hipnóticos de Iommi, el afinado en una tonalidad más baja y el uso del tritono o intervalo del diablo, se le suman el machacante bajo de Butler, la inimitable voz de Ozzy cantando la melodía de la guitarra y la poderosa batería de Ward, el resultado es sin dudas un combo explosivo.
Frente al flower power y el hippismo, Black Sabbath propone cruces invertidas y letras de tono sobrenatural y simbología ocultista: Una gran sombra negra con ojos de fuego, revelando a la gente sus deseos / Satanás está ahí sentado, sonriendo / Mirando cómo las llamas se elevan más y más”, y eleva también su voz contra la guerra y los políticos de turno (War pigs), la alienación (Paraonoid) e, incluso, coquetea con la ciencia ficción (Iron Man y Planet Caravan).
El sonido rústico que parece mitificar el hecho estético como sucede con las viejas fotografías (a propósito ¿cómo olvidar el arte de tapa del primer álbum?), queda inmortalizado en discos de enorme ruptura como Black Sabbath, Paranoid, Master of Reality y Volumen 4. La originalidad de las composiciones (varios temas son rapsodias contemporáneas, no es casualidad que Iommi haya trabajado con Rick Wakeman y el primer Jethro Tull), y la inusitada intensidad del grupo, firman el acta de defunción de otras corrientes artísticas de su tiempo. Y no sólo eso, funda también junto a Sabbath Bloody Sabbath, Sabotage y los álbumes con Ronnie James Dio, el género que hoy se da en llamar “heavy metal”. Sin dudas, fue un sumergirse en la incertidumbre del agua abisal, un salto al vacío como lo es todo hecho artístico. Es cierto que álbumes como Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band de Los Beatles, entre otros, también lo fueron. Pero cada salto, cada sumergirse, es único e irrepetible, nace y muere en el hombre mismo (en la banda misma).
Hasta aquí los datos biográficos y de obra que más o menos conocemos: la música perturbadora y revolucionaria, las noches de alcohol y drogas, el éxito casi inmediato, los recitales con poca iluminación, las constantes sospechas de satanismo.
Sin embargo, hay algo subterráneo, inquietante. Late profundo al escuchar su música y excede lo racional. No se sale indemne después de escuchar a Black Sabbath. ¿Cómo llamarlo? Me parece que aquello tan difícil de definir puede vincularse con el concepto de “esencia”. La música de los ingleses es profunda, sus atmósferas lovecraftianas despiertan algo interior que estaba dormido. De algún modo es una plegaria, una invocación, un llamado a lo primordial. ¿Se lo propusieron los originarios de Aston? Quién sabe. Como sea, en su música se esculpe un enigma, un “Secreto” que se vislumbra a la par del aquelarre de sonidos y climas que constituye su obra. Black Sabbath entiende el arte como una evocación del Grito Primitivo, aquel que dimos al nacer y nos hace ser los que somos. En cada súplica o aullido de Ozzy: Oh, no, no. Por favor, Dios, ayúdame”, en los solos de emoción oscura e inquietante de Iommi, en el bajo de Butler, maestro y pionero en el uso de pedales de efecto en las cuatro cuerdas, en los imaginativos parches de Ward con sus influencias jazzeras, su velocidad y su groove, se cifra, me parece, una música que evoca y homenajea aquel grito potente y primero.  Este es mi agradecimiento, ésta, mi oración.

      Grito primitivo
      manifiéstate en la música
      que la fuerza del origen
      dé vida a cada sonido
      que se respire ese primer aliento
      y las notas trasciendan la partitura
      que tu resonancia 
      temblorosa a veces
      indómita a veces
     sea

Gustavo Di Pace

La sabiduría de Hermann Hesse, siempre.




"Parece ser que todo sufrimiento tiene un límite. A partir del límite, o desaparece o se transforma, asume el color de la vida; acaso aún duele, pero ya el dolor es esperanza y vida. Así me ocurrió a mí con la soledad. Ahora no estoy menos solo que en mi peor época. Pero la soledad es un brebaje que ni me ha narcotizado ni puede ya dolerme; he bebido de esta copa lo bastante para haberme inmunizado contra su veneno. Pero en realidad no es veneno… lo fue, pero se ha transmutado. Veneno es todo aquello que no aceptamos, no amamos, no somos capaces de saborear con gratitud. Y todo lo que amamos, todo lo que nos sirve para extraer y sorber vida, es vida y es valor" 

                                                                                                                                       
                                                                                                                                         Hermann Hesse

lunes, 8 de junio de 2020

Megadeth, Megadeth, aguante Megadeth, Gustavo Di Pace






Hay una soledad que excede las circunstancias, es de índole metafísica. Quizás sea una manifestación de la “falta” de la que habla Lacan o esa “angustia” a la que refiere Kierkegaard. Por si fuera poco, la muerte… El hombre, entonces, re significa su vida: construye sueños, busca la trascendencia, visualiza proyectos, crea religiones, practica la ciencia, el arte e intenta el amor. Modos de encontrar un sentido, maneras de ser “también” junto a los otros. Si el sentimiento resultante tiene algún valor para las imponderables leyes de la naturaleza, no importa demasiado. Ese sentimiento de comunión siempre es para celebrar. Y puede llegar en momentos inesperados. Por ejemplo, en un recital de Megadeth. Porque esta banda, con la altura artística que la caracteriza, ha logrado lo que muy pocos: en primera instancia el recibo emocional, la intensidad de su trabajo encuentra el “hechizo” que Nietzsche atribuye a la música. Pero la banda del Colorado también consigue un impacto que es de índole ritual y sagrada. Se sabe que “esa magia” comenzó en Argentina, innumerables músicos lo han testificado: nuestro país sería dueño de los fanáticos más calientes del mundo. En el caso de Megadeth, todos los que hemos asistido a sus conciertos adoramos el repertorio que constituyen obras como Rust in peace, Countdown to extintion o Youthanasia, por mencionar sólo parte de su discografía. Los más chicos, los más grandes, el pibe al que no le falta nada y el que juntó moneda por moneda para estar, todos coreamos y vitoreamos sus canciones. Y creo sinceramente que cada uno, por lo menos desde hace unos cuantos años, esperamos “ese” momento, ese tiempo en el cual las diferencias se difuminan, se rompen. Porque durante esos compases, acordes y melodía, al menos por un rato, experimentamos el hecho de ser “uno”. La gente se pregunta cuándo será, si después de tal canción o de tal otra. ¿Alguien conoce el setlist? Así, luego de varios temas, de repente, como viniendo de lejos, de un lugar no definido más allá del escenario y de los reflectores, se escuchan unas cuerdas de orquesta y un canto gregoriano, la introducción de “Symphony of Destruction”. Y entonces…
Megadeth, Megadeth, aguante Megadeth

Y comenzamos a saltar, cantamos, nos abrazamos, nos reímos y hasta nos miramos con los que hasta ese momento ni habíamos registrado.

Megadeth, Megadeth, aguante Megadeth

Bajo el poder de un fervoroso mantra, somos transportados  a otro espacio del sentimiento, a cada acorde, a cada nota.

Megadeth, Megadeth, aguante Megadeth

¿Qué sucede? Me pregunto en un instante, y enseguida trato de no racionalizar, de permitirme esta feliz comunión.

Megadeth, Megadeth, aguante Megadeth

Mustaine nos canta, despectivo y rabioso, casi escupiendo las palabras, que afuera algunos se convierten en dioses y hacen rodar cabezas, que afuera bailamos como marionetas, que la tierra retumba. Y sigue gritando verdades, las verdades profundas que los medios tergiversan, pervierten y disfrazan. Ahí está el Colorado recordándonos que afuera el mundo es cruel y que la justicia acaso muy pocas veces sea merecedora de llamarse así.
Los puentes se han tendido y no hay más que una sola voz, la nuestra, la del Colorado y sus músicos que buscamos un cambio de paradigma, de conciencia, para ser una civilización mejor, más humana. Luego viene el solo deslumbrante y otra vez el…

Megadeth, Megadeth, aguante Megadeth

A pesar de todo, el tema nos deja una esperanza, claro, porque algún día, quizás algún día… por ahora dentro de la canción “el poder del mundo cae / un hombre pacífico se mantiene en alto”.

Un acorde abrupto y certero proclama el final, la felicidad nos toca y nos hace uno. La música lo hizo otra vez.

Julio Cortázar dijo que en su obra (y estoy seguro que fuera de ella también) trató de “salir del yo para llegar al tú y luego al nosotros”. Décadas de recitales a cuestas me permiten asegurar que Megadeth, en esos cuatro minutos de concierto, logra aquello que intentaba nuestro querido cronopio. Ese canto es un agradecimiento del público a su obra que, después, según tengo entendido, se extendió a lo largo y ancho de cada país en el que tocan.
Rito, magia, mantra, nombremos de la manera que nombremos a ese maravilloso momento, sin dudas la palabra que elijamos tratará de reflejar, a veces con mayor o menor suerte, un  sentimiento que es único, está tocado por la fraternidad y es siempre conmovedor.

Megadeth, Megadeth, aguante Megadeth.


Gustavo Di Pace







Sobre la "antibiblioteca" de Umberto Eco


Hola amigos 
Nassim Taleb, conocido por su teoría del cisne negro, nos regala también el concepto de “antibiblioteca”. Aplica dicho término al referirse a la obra de Umberto Eco, que contaba con más de 30.000 volúmenes. Se sabe que el escritor italiano dividía a quienes lo visitaban entre los que le preguntaban si los había leído todos y los que entendían que el tamaño de una biblioteca no tiene que ver con el ego de su dueño sino con un espacio de consulta (y placer, si me permiten el agregado). Cuantos más sean los “no leídos” de nuestra biblioteca, más posibilidades tendremos de seguir creciendo como lectores y comprender el mundo. Por lo tanto, no desesperen por los libros que aún no han leído porque de eso se trata, de tenerlos al alcance de la mano. De hecho, les enviaré uno precioso que establece puentes entre la filosofía y el cine de David Lynch (creador de películas como Mullholand Drive, Blue Velvet, El hombre elefante o la famosa Twin Peaks, entre otras obras). 
Saludos para todos y que la literatura sea.

Oda a Eddie Van Halen, Gustavo Di Pace



Con el solo que Eddie Van Halen toca en el tema “Beat it” de Michael Jackson, allá por los años ochenta, se instala definitivamente y a nivel masivo una nueva era en la forma de tocar la guitarra eléctrica. Ya había “renacido” en el instrumental “Eruption” del primer disco de la banda que lleva su nombre. Y digo renacido porque la técnica del tapping ya era conocida y practicada por otros intérpretes (el italiano Vittorio Camardese, por ejemplo, y Jimmy Page, que la había aplicado tímidamente en alguna canción de Led Zeppelin). En este modo de tocar no radicaría entonces la originalidad del músico holandés, si es que se puede hablar de originalidad a estas alturas. Lo que hace único a Eddie Van Halen, su impronta y su sello en el mundo del rock, es la combinación de dicha técnica con al uso inédito de la palanca o vibrato, los arreglos que desarrolla en cada tema y ese fraseo impredecible, rutilante, que hace de la melodía una sucesión de notas veloces y siempre sorprendentes. Este combo explosivo en la composición (porque también es un eximio compositor) y en la interpretación del instrumento, suena como un juego de artificio en apoteósico esplendor. Se sabe que las crónicas musicales de la época hablan de la incredulidad del público y de varios colegas ante ese joven desfachatado que corría y saltaba por el escenario, mientras, de su guitarra, manaba aquel “sonido deslumbrante”.
Cabe recordar que Miles Davis afirma en un reportaje que un músico proveniente del rock, un tal Jimmy Hendrix, negro y revolucionario, es el que despierta en él una nueva manera de ver, de tocar, de sentir. Hay más ejemplos, claro: artistas como Vivaldi, Bach o Paganinni tendrán hijos futuros como Yngwie Malmsteen o el mismísimo Ritchie Blackmore, de Deep Purple y Rainbow. Así, todos los géneros y estilos se influencian. El arte crece, evoluciona, se supera a sí mismo, muta y se transforma.
Eddie Van Halen bebe de la tradición e inicia sus búsquedas a partir de ella, logrando una personalidad distintiva y renovadora. De esa mixtura entre el conocimiento cabal del oficio, el trabajo entusiasta y aquello que los griegos llaman “musa” y casi todos convenimos en llamar “inspiración”, surge entonces el arte.
¡Salud por siempre, Eddie!

Gustavo Di Pace