miércoles, 15 de abril de 2020
100 libros / 100
lectores
/ 100 historias, es un proyecto por el cual honramos la literatura y
difundimos la
lectura. La propuesta consiste en tomarse una fotografía con un libro
querido, revivir un afecto, un momento importante, y corroborar que
siempre, detrás, hay
una historia. Si querés sumarte o saber más, no dudes en consultarnos.
viernes, 31 de enero de 2020
Fragmento de La escritura del Grito Primitivo, Gustavo Di Pace (Alción Editora, 2018)
Postulación
de la escritura del Grito Primitivo
Al instante inicial no se llega.
desde allí, cada
vez, se parte
ese partir es nuestro estar:
es el crear
Hugo Mujica
Una escritura que
invoque el Grito Primitivo, escribir con la fuerza de ese alarido que damos al
nacer. Aspirar a lo esencial, a esa voz primera y su potencia, el desgarro ante
el mundo protector que se pierde y el mundo que asoma. El pequeño cuerpo morado
y virgen al aire y al afuera, que acepta el desafío de ese primer llamado de la
vida de este lado, llamado de otro del que fuimos (o no) íntimo deseo.
Vislumbrar esa
luz primera a la que nacemos, respirar a pesar del corte del cordón amoroso. ¿Y
cómo se honra ese momento capital? Con el trabajo con la Palabra. A esa forma,
a ese modo de agradecimiento, responde la escritura del Grito Primitivo. En
sonante paradoja se da un lenguaje a esa voz que no lo tiene.
Porque ese niño
que grita ante la primera bocanada de aire, que despierta del gran sueño
literario que es el útero, es arrojado a otra literatura posible, para ser él mismo
un creador, el padre de un devenir de palabras. Y en ese devenir las palabras
nacen y mueren y vuelven a nacer: sabia repetición y ciclo infinito.
Pero… este es
sólo el comienzo. Porque esa palabra-latido que podría respirar en el papel, en
una sístole-diástole del texto, necesita constituirse en sí misma. Hay que
perfeccionar lo esencial para que el grito cale en el lector, tallar la palabra
como un escultor lo hace en la piedra. Esto permitirá que nazca la identidad
artística, la voz personal del escritor. La construcción de un templo en la
roca. Porque ese encuentro con el mundo de afuera debe respirarse en todo su
“siendo” para que la palabra-latido se escriba.
Una literatura
de esta clase conjura ese momento del origen (el in utero que muere para nacer) al que desde luego jamás llegará, un
intento imposible pero que, en su deseo de aproximación, residirá su valor, el
coraje del artista. Honrar el sagrado pasaje del agua protectora a la tierra y
de allí a la incertidumbre del cielo, pero para invertir los términos: de la
incertidumbre de la placenta al cielo protector que es la literatura, donde el
yo se “descristaliza”.
Ante este mundo
donde todo parece ser liviano y efímero, se proponen innumerables universos,
multiplicadas voces únicas que constituyan, en su diferencia, una literatura
nueva y llena de matices, renovadora. La escritura del Grito Primitivo es una
pluma sólida que se ve, se toca, se huele, se oye y se saborea, excede con
creces la recepción intelectual, la trasciende, la vuelve Espíritu.
lunes, 2 de diciembre de 2019
Fragmentos de La hermana menor, de Raymond Chandler
“Se entra por una puerta doble, vaivén.
Adentro hay una combinación de seccional y oficina de informes en la que se
sienta una de esas mujeres sin edad que uno puede ver en las oficinas
municipales de cualquier ciudad del planeta. Nunca fueron jóvenes y nunca serán
viejas. No tienen belleza, ni encanto, ni estilo. No tienen que agradar a
nadie. Están seguras. Son corteses sin llegar nunca a ser amables, e
inteligentes e informadas sin tener ningún verdadero interés en nada. Son eso
en lo que se transforman los seres humanos cuando cambian la vida por la
existencia, y la ambición por la seguridad.”
“Tomé hacia el oeste por Sunset
Boulevard, pero no fui a casa. En La
Brea doblé hacia el norte y seguí hacia Highland, subí por
Cahuenga Pass y bajé por el Ventura Boulevard; pasé por Studio City, Sherman
Oaks y Encino. No hubo nada de solitario en la excursión. Nunca se está solo en
ese camino. Chicos amantes de la velocidad pasaban en Fords sin capota por
arriba y por debajo siguiendo las corrientes del tránsito, escurriéndose a un
décimo de centímetro de los paragolpes ajenos pero, no sé cómo, sin estrellarse
nunca. Hombres cansados en cupés y sedanes polvorientos entrecerraban los ojos
y apretaban las manos sobre los volantes y se deslizaban hacia el norte o el
oeste, hacia sus casas y sus cenas, la página deportiva del diario de la tarde,
el ruido de la radio, los gemidos de sus hijos malcriados y el parloteo de sus
esposas tontas. Pasé frente a las luces de neón y las falsas fachadas que
tenían debajo, frente a los grasientos puestos de hamburguesas que parecían
palacios bajo el colorinche, los restaurantes circulares para automovilistas
que no querían apearse, alegres como circos con sus mostradores brillantes y
atrás las cocinas sudorosas donde se preparaban cosas que habrían envenenado a
un sapo”
jueves, 12 de septiembre de 2019
Una lectura de Alimento para la fe del cuerpo, de Eleonora Diez
Aquella frase de John
Keats “La poesía debe ser natural como las hojas, pero como toda hoja es una
lenta y minuciosa creación del árbol“, toma real dimensión cuando leemos Alimento para la fe del cuerpo. Su
autora, Eleonora Diez, ejerce una pluma cuidada que se abre, pétalo a pétalo, al mundo. En su
universo textual la naturaleza toma protagonismo y se postula sutilmente un
regreso a lo esencial, al Paraíso Perdido, ese lugar y momento de carácter
mítico en el cual Cielo y Tierra no estaban lejos. El suyo es un canto a lo
primordial, una apoteosis donde el hombre no es exclusivo protagonista sino que
comparte su derecho a vivir con el resto de los seres vivos.
Víctor Hugo reflexiona
que el poeta es un profeta, Novalis lo llama médico trascendental, Whitman asegura
que es el primer hombre. En el caso de la autora, que en 2017 arrojó al mundo
su volumen Aguas negras, confluyen
estas aproximaciones y, cabría agregar, se transluce el concepto del poeta como
un “recuperador”. Así, Diez rescata lo sagrado, homenajea lo profundo en los
tiempos de la tecnología todopoderosa. Es claro que no es menor una apuesta de
estas características, porque escribir bajo este precepto es afirmar una forma
del coraje, una mirada propia, una visión artística sin concesiones.
En cuanto a lo formal,
el libro abunda en formas breves que asombran por su contundencia e intensidad a
cada palabra, a cada verso, a cada estrofa. Se mixturan los recursos del
trabajador incansable con la disposición contemplativa del oriental que
practica el tradicional haiku. Paradójicamente,
la obra subraya su ferviente contemporaneidad. “Leer como si se tratara de
mirar el mar”, recomienda Hugo Mujica, dejarlo ser y abrirse a la totalidad. En
efecto, Alimento para la fe del cuerpo
es también una gratificante puesta en acto de tales ideas, una lúcida
resonancia que permite, como dice otra vez Mujica “abrirse a ella, y en ella, abrirse en el espacio que ella misma convoca
con su propia voz”.
Una apostilla: al concepto
general de la obra escapan unos pocos poemas que, más que como licencia poética,
se vislumbran como una ineludible necesidad de nacimiento: son los que crean o
recrean la emoción del amor. Dichos versos asoman como pequeñas epifanías que dan
matiz al conjunto, con imágenes tiernas y novísimas, según se lee en el poema "Grillos" o de ardiente y pudorosa
sensualidad, en el poema "Punta de lengua".
Para cerrar esta separata, anotamos
también algunos versos de tinte social como "Visión
del Mal" (así, con mayúsculas) e, incluso, una distopía poética como "Pájaros rotos" (y que la ciencia ficción
bufe).
A la variedad de
recursos formales y temáticos, la poetisa suma una de las formas más dificultosas
del hecho artístico: aquella que respira un tono de celebración antes que de
incomodidad o paradoja. "A Ñuke Mapu" subraya
esta apreciación, con su estado de ánimo que es un todo de agradecimiento.
Por todo esto, Alimento para la fe del cuerpo es, y
permítaseme el lugar común, un bichito de
luz en la oscuridad, un trabajo literario que conmueve por el inédito punto
de vista, su clara desmitificación del yo y el alumbramiento sinuoso de poemas como crímenes perfectos.
La autora teje la
palabra, la acuna y le da calor, homenajea a su admirado Juanele, a quien
dedica uno de sus poemas más bellos, y le escribe también al río, que rememora y
honra el vínculo con el padre, para llegar
a un altar de hojas y que las
estrellas caigan imperfectas y dulces y temibles.
Para el final, y con
mi sugerencia de que nos dejemos habitar por esta obra que es raíz, tronco,
ramas y árbol, me permito parafrasear
las frases que dan la bienvenida al libro: una es la de Matsuo Basho, cuando
dice que de lo que vemos no hay nada que no sea flor y de lo que nos conmueve
no hay nada que no sea luna. Acaso podríamos decir que de lo que leemos en Alimento para la fe del cuerpo, no hay
nada que no sea la voz personal de la autora y de lo que nos conmueve no hay
nada que no sea su poesía sincera, cruda, metafísica. La otra frase que me animo
a reescribir es la de Leopoldo Castilla, cuando dice que el mar no sabe morir,
quizás… la poesía de Eleonora Diez, tampoco.
Gustavo Di Pace
Gustavo Di Pace
miércoles, 14 de agosto de 2019
Valéry como símbolo, Jorge Luis Borges
Aproximar el nombre de Whitman al de Paul Valéry es a primera vista una
operación arbitraria y (lo que es peor) inepta. Valéry es símbolo de
infinitas destrezas pero asimismo de infinitos escrúpulos; Whitman, de
una casi incoherente pero titánica vocación de felicidad; Valéry
ilustremente personifica los laberintos del espíritu; Whitman, las
interjecciones del cuerpo. Valéry es símbolo de Europa y de su delicado
crepúsculo; Whitman, de la mañana de América. El orbe entero de la
literatura parece no admitir dos aplicaciones más antagónicas de la
palabra poeta. Un hecho, sin embargo, los une: la obra de los dos es
menos preciosa como poesía que como signo de un poeta ejemplar, creado
por esa obra. Así, el poeta inglés Lascelles Abercrombie pudo alabar a
Whitman por haber creado «de la riqueza de su noble experiencia, esa
figura vívida y personal que es una de las pocas cosas realmente grandes
de la poesía de nuestro tiempo: la figura de él mismo». El dictamen es
vago y superlativo, pero tiene la singular virtud de no identificar a
Whitman, hombre de letras y devoto de Tennyson, con Whitman, héroe
semidivino de Leaves of Grass. La distinción es válida; Whitman
redactó sus rapsodias en función de un yo imaginario, formado
parcialmente de él mismo parcialmente de cada uno de sus lectores. De
ahí las divergencias que han exasperado a la crítica; de ahí la
costumbre de fechar sus poemas en territorios que jamás conoció; de ahí
que, en tal página de su obra, naciera en los estados del sur, y en tal
otra (también en la realidad) en Long Island.
Uno de los propósitos de las composiciones de Whitman es definir a un
hombre posible —Walt Whitman— de ilimitada y negligente felicidad; no
menos hiperbólico, no menos ilusorio, es el hombre que definen las
composiciones de Valéry. Éste no magnifica, como aquél, las capacidades
humanas de filantropía, de fervor y de dicha; magnifica las virtudes
mentales. Valéry ha creado a Edmond Teste; ese personaje sería uno de
los mitos de nuestro siglo si todos, íntimamente, no lo juzgáramos un
mero Doppelgänger de Valéry. Para nosotros, Valéry es Edmond
Teste. Es decir; Valéry es una derivación del Chevalier Dupin de Edgar
Allan Poe y del inconcebible Dios de los teólogos. Lo cual,
verosímilmente, no es cierto.
Yeats, Rilke y Eliot han escrito versos más memorables que los de
Valéry; Joyce y Stefan George han ejecutado modificaciones más profundas
en su instrumento (quizá el francés es menos modificable que el inglés y
que el alemán); pero detrás de la obra de esos eminentes artífices no
hay una personalidad comparable a la de Valéry. La circunstancia de que
esa personalidad sea de algún modo, una proyección de la obra, no
disminuye el hecho. Proponer a los hombres la lucidez en una era
bajamente romántica, en la era melancólica del nazismo y del
materialismo dialéctico, de los augures de la secta de Freud y de los
comerciantes del surréalisme, tal es la benemérita misión que desempeñó (que sigue desempeñando) Valéry.
Paul Valéry nos deja, al morir, el símbolo de un hombre infinitamente
sensible a todo hecho y para el cual todo hecho es un estímulo que puede
suscitar una infinita serie de pensamientos. De un hombre que
trasciende los rasgos diferenciales del yo y de quien podemos decir,
como William Hazlitt de Shakespeare: He is nothing in himself. De
un hombre cuyos admirables textos no agotan, ni siquiera definen, sus
omnímodas posibilidades. De un hombre que en un siglo que adora los
caóticos ídolos de la sangre, de la tierra y de la pasión, prefirió
siempre los lúcidos placeres del pensamiento y las secretas aventuras
del orden.
Buenos Aires, 1945
de Otras inquisiciones, 1952
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